El futuro de la humanidad en manos de la IA

Nick Bostrom ¿Qué sucede cuando nuestras computadoras se vuelven más inteligentes que nosotros?

Un equipo de expertos investiga en un Instituto de Oxford los riesgos de extinción del ser humano.

Necesitamos sabiduría para enfrentar el futuro. Para saber si los progresos tecnológicos de vanguardia van en la dirección adecuada o no; si favorecen al ser humano o todo lo contrario. Para tener una idea de qué hacer si se presentan escenarios que ponen en riesgo la supervivencia de la especie, como los derivados de la amenaza nuclear, la modificación de microbios letales o la creación de mentes digitales más inteligentes que el hombre. A reflexionar sobre este tipo de cuestiones se dedican un puñado de cerebros en un lugar ubicado en Oxford y llamado el Instituto para el Futuro de la Humanidad.

Al frente de un heterodoxo grupo de filósofos, tecnólogos, físicos, economistas y matemáticos se encuentra un filósofo formado en física, neurociencia computacional y matemáticas, un tipo que desde su adolescencia se encontró sin interlocutores con los cuales compartir sus inquietudes acerca de Schopenhauer, un sueco de 42 años que se pasea por las instalaciones del Instituto con un brebaje hecho a base de vegetales, proteínas y grasas al que denomina elixir y que escucha audiolibros al doble de velocidad para no perder un segundo de su preciado tiempo. Se llama Nick Bostrom, y es el autor deSuperinteligencia: Caminos, Peligros, Estrategias, un libro que ha causado impacto, una reflexión acerca de cómo afrontar un futuro en que la inteligencia artificial supere a la humana, un ensayo que ha recibido el respaldo explícito de cerebros de Silicon Valley como Bill Gates y Elon Musk, de filósofos como Derek Parfit o Peter Singer, de físicos como Max Tegmark, profesor del Massachusetts Institute of Technology. Un trabajo que, además, se coló en la lista de los libros más vendidos que elabora The New York Times Book Review. La ONU le reclama para que exponga su visión, sociedades científicas como The Royal Society le invitan a dar conferencias, una de sus charlas TED lleva ya contabilizados más de 1.747.000 visionados. Y Stephen Hawking ya ha alertado al mundo: hay que tener cuidado con la Inteligencia Artificial.

El Instituto para el Futuro de la Humanidad —FHI, siglas en inglés— es un espacio con salas de reuniones bautizadas con nombres de héroes anónimos que con un gesto salvaron el mundo —como Stanislav Petrov, teniente coronel ruso que evitó un incidente nuclear durante la Guerra Fría— donde fluyen las ideas, los intercambios de impresiones, donde florecen hipótesis y análisis. Sobre todo, por las tardes-noches: el jefe es, como él mismo confiesa, un noctámbulo; se queda en la oficina hasta las dos de la madrugada.

“En el momento en que sepamos cómo hacer máquinas inteligentes, las haremos”, afirma Bostrom, en una sala del Instituto que dirige, “y para entonces, debemos saber cómo controlarlas. Si tienes un agente artificial con objetivos distintos de los tuyos, cuando se vuelve lo suficientemente inteligente, es capaz de anticipar tus acciones y de hacer planes teniendo en cuenta los tuyos, lo cual podría incluir esconder sus propias capacidades de modo estratégico”. Expertos en Inteligencia Artificial que cita en su libro aseguran que hay un 90% de posibilidades de que entre 2075 y 2090 haya máquinas tan inteligentes como los humanos. En la transición hacia esa nueva era habrá que tomar decisiones. Inocular valores morales a las máquinas, tal vez. Evitar que se vuelvan contra nosotros.

A analizar este tipo de supuestos y escenarios se dedica este hombre que en estos días lee intensivamente sobre machine learning (aprendizaje automático, rama de la inteligencia artificial que explora técnicas para que las computadoras puedan aprender por sí solas) y economía de la innovación. Para Bostrom el tiempo nunca es suficiente. Leer, leer, leer, asentar conocimientos, profundizar, escribir. “El tiempo es precioso. Es un bien de gran valor que constantemente se nos desliza entre los dedos”.

La gente parece olvidar la guerra nuclear. Un cambio para mal en la geopolítica podría ser un peligro

Estudiar, formular hipótesis, desarrollarlas, anticipar escenarios. Es lo que se hace en este Instituto donde se cultiva la tormenta de ideas y la videoconferencia, un laberinto de salas dominadas por pizarras vileda con diagramas y en cuyo pasillo de entrada cuelga un cartel que reproduce la portada de Un mundo feliz, la visionaria distopía firmada por Aldous Huxley en 1932. Un total de 16 profesionales trabajan aquí. Publican en revistas académicas, hacen informes de riesgos para compañías tecnológicas, para gobiernos (por ejemplo, el finlandés) o para la ONU, que se dispone a crear su primer programa sobre Inteligencia Artificial —uno de cuyos representantes andaba la semana pasada por las oficinas del FHI—. Niel Bowerman, director adjunto, físico del clima y exasesor del equipo político de Energía y Medio Ambiente de Barack Obama, explica que en el instituto siempre estudian cómo de grande es un problema, cuánta gente trabaja en él y cómo de fácil es realizar progresos en esa área para determinar los campos de estudio.

Bostrom es el hombre que comanda el Instituto, el que decide por dónde se transita, el visionario. Desarrolla su labor gracias al impulso filantrópico de James Martin, millonario interesado en las cuestiones de los riesgos existenciales del futuro que impulsó el FHI hace diez años para que se estudie y reflexione en torno a aquellas cosas en las que la industria y los gobiernos, guiados por sus particulares intereses, no tienen por qué pensar.

Al filósofo sueco, que formó parte en 2009 de la lista de los 100 mayores pensadores globales de la revista Foreign Policy, le interesa estudiar, sobre todo, amenazas lejanas, a las que no le gusta poner fecha. “Cuanto más largo sea el plazo”, dice, “mayores son las posibilidades de un escenario de extinción o de era posthumana”. Pero existen peligros a corto plazo. Los que más le preocupan a Bostrom son los que pueden afectar negativamente a las personas como las plagas, la gripe aviar, los virus, las pandemias.

En cuanto a la Inteligencia Artificial y su cruce con la militar, dice que el riesgo más claro lo presentan los drones y las armas letales autónomas. Y recuerda que la guerra nuclear, aunque tiene pocas probabilidades de llegar, sigue siendo un peligro latente. “La gente parece haber dejado de preocuparse por ella; un cambio para mal en la situación geopolítica podría convertirse en un gran peligro”.

“Hay una carrera entre nuestro progreso tecnológico y nuestra sabiduría, que va mucho más despacio

La biotecnología, y en particular, la posibilidad que ofrece el sistema de edición genética CRISPR de crear armas biológicas, también plantea nuevos desafíos. “La biotecnología está avanzando rápidamente va a permitir manipular la vida, modificar microbios con gran precisión y poder. Eso abre el paso a capacidades muy destructivas”. La tecnología nuclear, señala, se puede controlar. La biotecnología, la nanotecnología, lo que haga alguien un garaje con un equipo de segunda mano comprado en EBay, no tanto. Con poco se puede hacer mucho daño.

Superada su etapa transhumanista —fundó en 1998 junto a David Pearce la Asociación Mundial Transhumanista, colectivo que aboga de modo entusiasta por la expansión de las capacidades humanas mediante el uso de las tecnologías—, Bostrom ha encontrado en la Inteligencia Artificial el terreno perfecto para desarrollar su trabajo. La carrera en este campo se ha desatado, grandes empresas —Google compró en 2014 la tecnológica DeepMind— y Estados pugnan por hacerse con un sector que podría otorgar poderes inmensos, casi inimaginables.

Uno de los escenarios que proyecta en su libro, cuya versión en español publica el 25 de febrero la editorial Teell, es el de la toma de poder por parte de una Inteligencia Artificial (AI, siglas en inglés). Se produce una explosión de inteligencia. Las máquinas llegan a un punto en que superan a sus programadores, los humanos. Son capaces de mejorarse a sí mismas. De desarrollar grandes habilidades de programación, estratégicas, de manipulación social, de hacking. Pueden querer tomar el control del planeta. Los humanos pueden ser un estorbo para sus objetivos. Para tomar el control, esconden sus cartas. Podrán mostrarse inicialmente dóciles. En el momento en que desarrollan todos sus poderes, pueden lanzar un ataque contra la especie humana. Hackeardrones, armas. Liberar robots del tamaño de un mosquito elaborados en nanofactorías que producen gas nervioso, o gas mostaza.

Esta es simplemente la síntesis del desarrollo de un escenario. Pero, como decía la crítica de Superinteligencia de la revista The Economist, las implicaciones de la introducción de una segunda especie inteligente en la Tierra merecen que alguien piense en ellas. “Antes, muchas de estas cuestiones, no solo las del AI, solían estar en el campo de la ciencia ficción, de la especulación”, dice Bostrom, “para mucha gente era difícil de entender que se pudiera hacer trabajo académico con ello, que se podían hacer progresos intelectuales”.

El libro también plantea un escenario en que la Inteligencia Artificial se desarrolla en distintos sectores de manera paralela y genera una economía que produce inimaginables cotas de riqueza, descubrimientos tecnológicos asombrosos. Los robots, que no duermen, ni reclaman vacaciones, producen sin cesar y desbancan a los humanos en múltiples trabajos.

— ¿Los robots nos enriquecerán o nos reemplazarán?

— Primero, tal vez nos enriquezcan. A largo plazo ya se verá. El trabajo es costoso y no es algo deseado, por eso hay que pagar a la gente por hacerlo. Automatizarlo parece beneficioso. Eso crea dos retos: si la gente pierde sus salarios, ¿cómo se mantiene? Lo cual se convierte en una cuestión política, ¿se piensa en una garantía de renta básica? ¿En un Estado del Bienestar? Si esta tecnología realmente hace que el mundo se convierta en un lugar mucho más rico, con un crecimiento más rápido, el problema debería ser fácil de resolver, habría más dinero. El otro reto es que mucha gente ve su trabajo como algo necesario para tener estatus social y que su vida tenga sentido. Hoy en día, estar desempleado no es malo solo porque no tienes dinero, sino porque mucha gente se siente inútil. Se necesitaría cambiar la cultura para que no pensemos que trabajar por dinero es algo que te da valor. Es posible, hay ejemplos históricos: los aristócratas no trabajaban para vivir, incluso pensaban que tener que hacerlo era degradante. Creemos que las estructuras de significado social son universales, pero son recientes. La vida de los niños parece tener mucho sentido incluso si no hacen nada útil. Soy optimista: la cultura se puede cambiar.

A Bostrom se le ha acusado desde algunos sectores de la comunidad científica de tener visiones demasiado radicales. Sobre todo, en su etapa transhumanista. “Sus visiones sobre la edición genética o sobre la mejora del humano son controvertidas”, señala Miquel-Ángel Serra, biólogo que acaba de publicar junto a Albert Cortina Humanidad: desafío éticos de las tecnologías emergentes.“Somos muchos los escépticos con las propuestas que hace”. Serra, no obstante, deja claro que Bostrom está ahora en el centro del debate sobre el futuro de la Inteligencia Artificial, que es una referencia.

— ¿Proyecta usted una visión demasiado apocalíptica en su libro de lo que puede ocurrir con la humanidad?

— Mucha gente puede quedarse con la impresión de que soy más pesimista con la AI de lo que realmente soy. Cuando lo escribí parecía más urgente tratar de ver qué podía ir mal para asegurarnos de cómo evitarlo.

— Pero, ¿es usted optimista con respecto al futuro?

— Intento no ser pesimista ni optimista. Intento ajustar mis creencias a lo que apunta la evidencia; con nuestros conocimientos actuales, creo que el resultado final puede ser muy bueno o muy malo. Aunque tal vez podríamos desplazar la probabilidad hacia un buen final si trabajamos duramente en ello.

— O sea, que hay cosas que hacer. ¿Cuáles?

— Estamos haciendo todo lo posible para crear este campo de investigación de control problema. Hay que mantener y cultivar buenas relaciones con la industria y los desarrolladores de Inteligencia Artificial. Aparte, hay muchas cosas que no van bien en este mundo: gente que se muere de hambre, gente a la que le pica un mosquito y contrae la malaria, gente que decae por el envejecimiento, desigualdades, injusticias, pobreza, y muchas son evitables. En general, creo que hay una carrera entre nuestra habilidad para hacer cosas, para hacer progresar rápidamente nuestra capacidades tecnológicas, y nuestra sabiduría, que va mucho más despacio. Necesitamos un cierto nivel de sabiduría y de colaboración para el momento en que alcancemos determinados hitos tecnológicos, para sobrevivir a esas transiciones.

Fuente: El País

UNIVERSO ANTRÓPICO – Una Realidad Posible – Novela de ciencia-ficción

Profetas de la ciencia ficción: Arthur Clarke

UNIVERSO ANTRÓPICO – Una Realidad Posible.

Novela de Ciencia-Ficción por Lilia Morales y Mori

Puedes bajarla gratis en Universo Antrópico

PREFACIO
Por: Lilia Morales y Mori

Tal vez esta novela nadie la lea. Tal vez no la escribí nunca, tal vez ni siquiera yo existo. En la soledad de mi estudio me he cuestionado muchas veces si hay un argumento fundamental para existir, para ser, para formar parte de este universo. Pero el universo a veces me resulta tan vasto y tan desconocido, que una ola de confusión me invade, cuando trato de penetrar en su enigmático misterio.

Al ver el paisaje que se despliega tras mi ventana, admiro el atardecer con sus tonos rojizos, atravesando un breve conjunto de nubes coloreadas por los rayos del sol, que comienzan a ocultarse tras la montaña. Pronto la silueta de los árboles dibujará el contorno subyacente del cielo, y las estrellas brillarán en las profundidades de la bóveda celeste. Esta visión es real, está frente a mí, y mañana… diferente… pero al fin… el mismo sol, el mismo cielo y las mismas estrellas, se desplegarán con su presencia al atardecer.

Debió un creador programar esta maravillosa iteración cotidiana de múltiples circunstancias y escenarios. Pero, ¿cuál es el propósito de esta perfecta maquinaria, que se manifiesta con la apariencia del artilugio de un movimiento continuo, perenne, que pareciera eternizarse en los meandros inconcebibles de la eternidad. Tal vez pudiera encontrarse la respuesta en los postulados de la ciencia, o en los planteamientos filosóficos de la humanidad, o en el misticismo religioso, o en la esencia de un ser desconocido que habita en las profundidades de uno mismo. Sin embargo, esta placidez temporal no siempre fue así, ni lo será eternamente.

Nuestra reducida visión espacio-temporal, sujeta a las leyes de la naturaleza, nos limita la comprensión del mundo que habitamos y que nos rodea. No obstante, es probable que unas simples reglas gobiernen esta sorprendente complejidad, cuyos ingredientes básicos, controlan el “destino” de la existencia implícita desde el nacimiento, la supervivencia y la muerte del mismo universo, ¿de cuál universo? Imagino una dinámica efervescencia en la matrix del cosmos. Al menos en el contexto “real”, ese es el proceso categórico que nuestra conciencia percibe. Múltiples factores ajenos a nuestra relativa realidad entran en juego, sin que nosotros nos percatemos de ello.

Pero si es un hecho que “Vemos el universo en la forma que es, porque nosotros existimos”, entonces… el universo existirá mientras haya un rastro de “vida inteligente” que lo testifique, que lo contemple, que lo manifieste de forma intrínseca en su inconfundible y personal percepción. En tal caso el principio o “sustancia vital”, es algo más que nuestra propia existencia humana. Es el elemento inalcanzable de nuestro propio entendimiento, porque nosotros somos una circunstancia fugaz, efímera, mutable, que se desenvuelve en el irrisorio ámbito, contenido en un punto imperceptible del majestuoso macrocosmos multidimensional.

Matemáticamente todo ha sido concebido ex profeso. Ningún error tiene cabida en este gran diseño, incluso el proceso del pensamiento evolutivo que se instauró desde sus orígenes, debió ser programado. Como un gran juego, severas reglas dan existencia y poder, a quienes logran ascender en la escala evolutiva del pensamiento. Es el triunfo del adversario, es el reto del intelecto. Ralph-Fulgor es un jugador empedernido, eternizado en el devenir del tiempo, conoce los estatutos y los acata con rigor excesivo, casi como un ritual, porque sabe que se encuentra en el ocaso de una fase ecuménica que está por concluir. Seres galácticos son testigos y partícipes de cualquier desenlace final.

La presencia de los seres humanos no evolucionados se ha diversificado, solo rastros irreconocibles de su pasado se encuentran dispersos en sectores totalmente inermes. Una minoría conservadora lucha por rescatar lo que queda de su memoria, de su lejana idiosincrasia, rescatar sus orígenes y sus dogmas es vital para su futura existencia. Antagónico escenario de confusas realidades, la transhumanidad ha evolucionado a tal grado, que le es posible habitar en diferentes multiversos donde su dominio es casi absoluto, porque han logrado modificar su propia naturaleza, a no ser, por los riesgos inherentes a su creación a lo largo de la evolución científica y tecnológica. Autómatas aliados con otros seres galácticos… también aspiran conquistar la esencia primordial del intelecto absoluto.

La conciencia de un universo antrópico se encuentra encubierta tras la enigmática materia inteligente, su dominio se rige con las reglas de un mecanismo aunque simple, resulta casi siempre, devastador y complejo. La mecánica que lo mantiene en perpetuo movimiento, se ajusta a inflexiones cuánticas aleatorias de un módulo que para nada es estacionario, su dinámica mutable, origina el ámbito de los multiversos y sus circunstancias. Habitar en ellos es penetrar a lo largo de un laberinto infinito de espejos, donde cualquier cosa puede ocurrir en el momento menos imprevisto.

Ralph-Fulgor está consciente de ello, poderosos aliados, copias y entidades de un mundo transitorio e irreal, se desdoblan de su yo interno para traspasar las barreras limitantes del espacio físico. Trascender para él en los confines de un universo antrópico, no tendría sentido si no sembrara una pequeña semilla en la tierra fértil, donde pueda emerger la luz de una nueva humanidad. Reminiscencias de su pasado universal se ven confrontados en el contexto de ese minúsculo mundo, que intenta sobrevivir en los vestigios de un holocausto programado desde el principio de los tiempos. Trascender esta sincronía de hechos le llevara a reencontrarse con un ser extraordinariamente superlativo.

Comienza el día frente a mi ventana, saludo al sol y espero con toda mi alma ver de nuevo las estrellas, que titilan en el cielo con su rostro de Oriónidas, y su presencia inconfundible de seres supremos.

PRÓLOGO
Por: José Luis Cordeiro

DEL UNIVERSO MORTAL AL MULTIVERSO INMORTAL

Lilia Morales y Mori es una visionaria amante del arte y de la ciencia. Aunque originalmente de México, ella tiene una perspectiva universal y, podríamos agregar, hasta multiversal de la vida. En sus obras artísticas ella trata de plasmar una visión tanto temporal como espacial de lo conocido y de lo desconocido, de lo posible y de lo imposible, de lo pasado y de lo futuro, de lo mortal y de lo inmortal.

La ciencia ficción nos permite imaginar y visitar el mundo, o los mundos, del futuro. Muchas veces, la ciencia ficción de hoy se convierte en la ciencia real de mañana. De hecho, la ciencia continuamente abre nuevas puertas del conocimiento. Lo que antes parecía imposible, a veces se vuelve realidad luego. Los teléfonos, los automóviles, los aviones, los antibióticos, los satélites espaciales, las computadoras personales, la Internet, los celulares, todos parecían magia en su momento. Ahora, afortunadamente, cada uno de esos descubrimientos e invenciones son considerados normales por las nuevas generaciones. Pronto otros avances como los viajes espaciales, la teleportación cuántica, la transferencia de memorias, la telecomunicación telepática, la longevidad indefinida, serán probablemente posibles.

Efectivamente, muchas ideas a veces avanzan de la ciencia ficción hacia la ciencia real. Sir Arthur C. Clarke, el conocido científico y autor de ciencia ficción, escribió hace casi medio siglo sus famosas tres leyes del futuro:

• Cuando un científico viejo y distinguido afirma que algo es posible, es casi seguro que está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado.
• La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse más allá de ellos, hacia lo imposible.
• Cualquier tecnología suficientemente avanzada no se diferencia de la magia.

Clarke creía que la humanidad llegaría a la inmortalidad física antes del final del siglo XXI. De hecho, los científicos vienen alcanzado grandes logros en estudios de longevidad durante los últimos años y, de continuar así, es probable que se llegue al control del envejecimiento en las próximas dos o tres décadas. Gracias a diferentes desarrollos científicos y tecnológicos, actualmente se han creado ratones que viven casi 3 veces su expectativa de vida promedio, mosquitas de la fruta (Drosophila melanogaster) que viven 4 veces más, y algunos gusanos que han logrado vivir 6 veces más que su expectativa de vida observada normalmente en el medio ambiente.

Los experimentos con ratones son especialmente importantes pues se estima que los ratones y lo seres humanos compartimos, según como se mida, cerca del 90% del genoma. Hay una fundación sin fines de lucro que tiene un premio para crear ratones que vivan indefinidamente. Dicha competencia científica internacional se llama el “Premio del Ratón Matusalén” para crear ratones que alcancen vidas muy largas, con una longevidad creciente. También hay un segundo premio para “rejuvenecer” ratones. Los científicos que participan en el “Premio del Ratón Matusalén” esperan que en dos décadas se pueda controlar el proceso de envejecimiento en los ratones, y quizás una década más tarde se pueda hacer lo mismo en los humanos.

En pocas palabras, lo que hoy parece magia, pronto quizás podrá ser realidad. Los avances científicos recientes muestran que la inmortalidad física no es imposible, y que muchos de nosotros llegaremos a verla con nuestros propios ojos.

UNIVERSO ANTRÓPICO: entre la Divina Comedia y Planilandia

Si tuviera que ubicar algunas de las ideas en la novela de Lilia Morales y Mori, Universo Antrópico quedaría entre la Divina Comedia y Planilandia, con mucha tecnología adicional. Mientras que Dante Alighieri completó su poema épico al inicios del siglo XIV y Edwin Abbott Abbott escribió su novela satírica Planilandia (Flatland: A Romance of Many Dimensions) a finales del siglo XIX, Lilia ha estado trabajando en el siglo XXI visualizando posibilidades para varios siglos en el futuro. Lilia utiliza la noción de transhumanismo, que Dante utilizó por primera vez el verbo italiano “trasumanar” en sus viajes del alma a través del infierno, el purgatorio y el paraíso.

Universo Antrópico: Una Realidad Posible es el nombre completo de la obra que considera una compleja realidad espacio-temporal, mucho más allá de nuestra limitada visión del mundo actual. Al igual que Planilandia nos lleva de un mundo de dos a tres dimensiones, Universo Antrópico nos presenta un multiverso de muchas más complejidad, con una estructura modular fragmentada en 16 sectores, 3 tipos de 16 fracciones divididas en bloques de 4, 5 niveles y 12 dimensiones. Esta compleja estructura modular permite “identificar y localizar la ubicación de un instante espacio-tiempo, a los habitantes y sus características peculiares dentro del mismo, durante el registro de dicho intervalo.”

Al igual que los personajes de Planilandia que están altamente estratificados, desde las mujeres-líneas hasta los sacerdotes-círculos, el Universo Antrópico está habitado por múltiples tipos de personajes. Existen diferentes tipos de Terrenios (Terrenios-Gorka, Terrenios-Fi y Terrenios-Alfa), Intrenios (Intrenios-Artífices, Intrenios-Místicos y Intrenios-Científicos), Androides, Inteligencias Superiores, Dioses y Energías. Los personajes tienen diferentes niveles de conciencia, que van desde los mutantes humanos (Terrenios-Gorka) hasta los Intrenios que son considerados seres del tipo III (con una conciencia altamente sofisticada del “yo” y del universo, un sistema genético especializado, inteligencia artificial, y capacidades de telepatía y teletransporte).

El héroe de la novela es Ralph Fulgor, originalmente un Terrenio-Fi con el nombre de Ralph de Nérilan que fue ascendido a Intrenio-Cientifico. Ralph-Fulgor, junto con sus otros personajes Ralph-Corpo y Ralph-Espejo, se mueven en el tiempo y en el espacio dentro de este cosmos con materia inteligente. Su amor platónico es Hysdara-Nova, Diosa del Renacer Universal, quien le enseñó “que hay infinidad de universos con un sinnúmero de variaciones del mismo suceso, que tienen lugar simultáneamente. El Módulo es imperceptiblemente dinámico, ningún acontecimiento es lineal, de modo que si pretendieras ir al pasado o al futuro, te encontrarías con un panorama completamente sorpresivo.”

Universo Antrópico nos lleva al pasado de nuestro planeta Tierra en el año 1980 y también nos trasporta a un evento apocalíptico futuro en el año 2060, conocido después como la Noche de los Fuegos. Esa tragedia nuclear marca el fin de la Tercera Era de la Humanidad y el inicio de la Era de los Seres Inmortales, aunque no todos fueron inmortales, durante los siglos siguientes. En ese mundo futuro, los mutantes humanos Terrenios-Gorka habitan la superficie del planeta, mientras que la mayoría de los otros personajes habitan diferentes niveles inferiores a miles de metros de profundidad. Parte del conocimiento del mundo antiguo había sido guardado en los 26 tomos de la breve “Historia Antigua de las Culturas que Habitaron sobre la Superficie de la Tierra”. Ese es el escenario donde se desarrolla la trama del Universo Antrópico, una novela que mezcla espacios del pasado, presente y futuro a través de capítulos cortos que entrelazan historias y que hacen pasar el tiempo rápidamente.

Hacia la longevidad indefinida en un nuevo paraíso terrenal

El Poema de Gilgamesh es una epopeya acerca de la búsqueda la inmortalidad por el rey sumerio Gilgamesh cerca de 2.500 años antes de nuestra época. Esa narrativa épica es la historia más vieja de la humanidad y está escrita en tablillas de arcilla utilizando caracteres cuneiformes. La historia nació con la escritura, y la escritura nació con la historia de un rey que buscaba la inmortalidad.

La idea de la inmortalidad ha sido un gran sueño humano desde el comienzo de la historia, y seguramente antes de la invención de la escritura, como demuestran las tradiciones orales de muchas culturas. La ciencia ahora está descubriendo que ese antiguo sueño de la longevidad indefinida parece estar cada día más cerca de convertirse en realidad. De hecho, hoy es posible considerar científicamente tanto una inmortalidad biológica como una inmortalidad computacional.

Desde el punto de vista biológico, hoy sabemos que ya existen células básicamente “inmortales”. Las bacterias son organismos unicelulares que forman comunidades que no envejecen, de forma que mientras ellas no se enfermen, sean comidas o destruidas por otros organismos, grupos de bacterias pueden vivir indefinidamente. En organismos multicelulares también hemos descubierto dos tipos de células que no envejecen, de hecho, podríamos decir que entre las células “inmortales” hay unas que son buenas y otras que son malas. Las células buenas son las germinales que no envejecen y están encargadas de la reproducción de la especie. Las células malas son las células cancerígenas que tampoco envejecen y son el resultado de mutaciones en otras células normales. Diferentes avances científicos, como la secuenciación del genoma, permitirán comprender por qué unas células envejecen y otras no. Adicionalmente, pronto será posible clonar diferentes partes del cuerpo, de forma que cualquier órgano también será remplazable y podrá ser substituido por partes más nuevas y hasta mejoradas.

Desde el punto de vista computacional, hoy estamos comenzando a comprender la complejidad del cerebro humano. Nuestro cerebro contiene aproximadamente cien mil millones de neuronas, y representa así la estructura más compleja del universo conocido hasta el momento. Sin embargo, ya hay científicos trabajando en la creación de cerebros artificiales y estiman que en dos o tres décadas podremos crear estructuras más complejas que el cerebro humano. De hecho, gracias a la Ley de Moore que indica el crecimiento exponencial del poder de las computadoras, es posible que una inteligencia artificial pase el Test de Turing en el 2029 y luego alcance la “singularidad tecnológica” en el 2045, según estiman algunos expertos como Ray Kurzweil. En ese caso, será entonces imposible diferenciar entre una inteligencia artificial y una inteligencia humana. Después también será posible subir todos los conocimientos, recuerdos, experiencias, amores y sentimientos a computadoras, que incluso tendrán una memoria expandible y superior a la memoria humana actual.

Como lo describe rápidamente el Universo Antrópico, los próximos siglos, de hecho, las próximas décadas serán realmente increíbles, y probablemente veamos tanto la inmortalidad biológica como la computacional. Es decir, tanto el “hardware” como el “software” del ser humano podrán no envejecer más, e incluso ambos serán mejorados. La humanidad pasará así a una nueva etapa de su evolución, donde diferentes entes, biológicos o no, podrán ser inmortales. Como intuiría Dante hace siglos, podemos avanzar hacia un Paraíso y “trasumanar” para trascender las limitaciones humanas actuales, avanzar hacia un multiverso con transhumanos y posthumanos.

El cosmos mágico del Universo Antrópico nos lleva a considerar nuevas posibilidades, nuevas fantasías, tal como Dante escribió al terminar la Divina Comedia, ofuscado al contemplar la luz de su Dios. Con el alma inmortal iluminada y descubriendo la visión de armonía universal, así llegó a su Paraíso:

A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;
mas ya movía mi deseo y mi querer,
como rueda a su vez movida,
el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.

José Luis Cordeiro, MBA, PhD http://www.cordeiro.org
Co-fundador, Asociación Transhumanista Iberoamericana
http://www.TransHumanismo.org
Fundador, Sociedad Mundial del Futuro Venezuela
http://www.FuturoVenezuela.net
Director, Nodo Venezuela, The Millennium Project
http://www.Millennium-Project.org
Profesor, Singularity University, NASA Research Park, Silicon Valley, California
http://www.SingularityU.org

‘Terminator’, de la ficción a la realidad

Declaraciones de Stephen Hawking sobre que los robots podrían destruir al hombre desataron polémica.

El sometimiento de los humanos ante una tropa de robots que gobiernan el mundo no ha dejado de ser una preocupación, alimentada por los avances de la tecnología y surgida por la ciencia ficción de películas y libros, una exitosa fórmula que desborda taquillas y agota ejemplares. Pero, ¿qué tan posible es que esto suceda?

La inteligencia artificial tiene el papel protagónico. Este concepto, acuñado por el estadounidense John McCarthy, se basa en la creación de más y mejores dispositivos o procesos que faciliten la vida humana, y que reemplacen tareas que hacemos a diario.

Es un hecho que los desarrollos científicos y tecnológicos de hoy son de mayor alcance y se logran a un ritmo acelerado. Hace medio siglo no pensábamos que habría equipos de comunicación móvil que inundarían el mundo para acercarnos ni que se crearía un universo digital de información disponible a un clic. Menos, que las operaciones bursátiles las realizaría una máquina, autónoma en sus decisiones, por medio de algoritmos a una velocidad que los elegantes y estresados funcionarios que están ‘pegados’ al teléfono y a una fila de pantallas de computador, jamás lograrían. Estos son solo algunos ejemplos de inteligencia artificial.

Aunque no es nueva la inquietud por esa construcción vertiginosa de sistemas de inteligencia no humana, volvió a sonar esta semana por una de esas frases que dejó escapar el reconocido científico británico Stephen Hawking en entrevista con BBC, y que se convirtió en titular de prensa global: “La inteligencia artificial (IA) podría traducirse en el fin de la raza humana”.

El físico dijo que una vez que los humanos desarrollen completamente la inteligencia artificial, esta podría progresar por sí misma y rediseñarse a un ritmo cada vez mayor. “Los seres humanos, que están limitados por la lenta evolución biológica, no podrían competir y serían sustituidos”, añadió.

Su posición la comparte un sector de la sociedad científica, que alerta por el peligro que representan nuestras propias creaciones. Otra considera que ese escenario catastrófico no va a darse.

Para el Ph. D. José Luis Cordeiro, profesor y asesor de la Universidad de la Singularidad en temas energéticos, Hawking está equivocado. Cordeiro, ingeniero mecánico venezolano, vinculado también con el Millennium Project, iniciativa que trabajamos con visión a largo plazo de la humanidad, defiende el buen uso que se le está dando a la inteligencia artificial.

“La inteligencia artificial se va a masificar y vamos a poder hacer cosas que antes ni siquiera pensábamos. Se trata de un complemento para los humanos, no de un sustituto”, señala.

Sin embrago, no descarta que los malos usos puedan causar daños. “Robert Oppenheimer, el científico estadounidense que dirigió el proyecto Manhattan durante la segunda Guerra Mundial para crear la primera arma nuclear, pensaba que estas iban a acabar con la humanidad. Todas las tecnologías se pueden usar para el mal, así que pienso que no es la tecnología sino la ética de los humanos sobre el uso que se les dé”, agregó.

En eso coincide Jean-Gabriel Ganascia, filósofo y experto en inteligencia artificial, quien juzga “excesivo” el “grito de alarma” de Hawking. “El peligro es sobre todo el humano que utilizaría estas tecnologías para someter” a otras personas, dice Ganascia, profesor la Universidad Pierre et Marie Curie de París.

Pese a que Cordeiro no comparte la visión de Hawking, reconoce que las máquinas llegarían a sobrepasar la inteligencia biológica. Nick Bostrom, futurólogo de la Universidad de Oxford (Inglaterra), refuerza esa posición. “Las máquinas son ya más fuertes que nosotros. Pienso que también terminarán por ser más inteligentes, aunque no sea el caso actualmente”, dijo Bostrom.

En la orilla de Hawking está Daniela Cerqui, antropóloga de la universidad de Lausana. “Me gustó que un científico de las ‘ciencias puras’ diga esto. Delegamos cada vez más prerrogativas de los seres humanos a estas máquinas para que sean más competentes que nosotros. Terminaremos convertidos en sus esclavos”, añadió.

Pero no solo se trata de robots exterminadores como ‘Terminator’. La amenaza podría llegar también por programas de computador. ¿Qué pasaría si los desarrollos creados por el hombre aprendieran a mejorarse a sí mismos? Ya está sucediendo y no es para alarmarse. Los desarrollos siempre piden mejoras, algo así como las actualizaciones, que les dicen a los programadores qué deben hacer para llegar más lejos. De independizarse –aún se desconoce cómo llegarían a hacerlo- podrían ir tan rápido que los humanos dejaríamos de ser interesantes.

Investigadores como Anthony Cohn, profesor de la Universidad de Leeds (Inglaterra), sugieren que aún se está lejos de la inteligencia artificial general “completa”, que preocupa a Hawking. “Se necesitarán aún varias décadas”, añade.

Otros dicen que se está muy cerca y ponen como ejemplo el primer robot que pasó el test de Turing, considerada como la prueba de fuego de la inteligencia artificial, creada por el científico Alan Turing antes de suicidarse en 1954.

La prueba consiste en que los jueces intentan llevar una conversación con su interlocutor invisible y al final deben decidir si se trata de un humano o de una máquina. A mediados de este año, aunque en medio de críticas, un chatbot llamado Eugene Goostman –que personifica a un niño ucraniano de 13 años- convenció al 33 por ciento de los jueces que participaron en la prueba.

Como está el panorama, la duda no se resolverá antes de experimentar una situación que nos enfrente a un mundo de ciencia ficción o que lo desvirtúe a cambio de desarrollos futuristas aún bajo el mando humano.

Fuente: EL TIEMPO

TIC y neurociencia alumbrarán un salto sin precedentes en nuestra historia

¿Qué son las TIC?

APLICACION DE LAS TIC EN NUESTRA VIDA

Se generará un ecosistema híbrido que habrá de tener competitividad y cooperación, para no terminar en desastre global

La nueva neurociencia, las TIC, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la robótica, entre otras vanguardias, van a alumbrar en un futuro próximo un salto adelante sin precedentes en la historia de la humanidad. Con este salto se generará un nuevo ecosistema híbrido que tendrá competitividad, de un lado; y cooperación y asociación, por otro. Sin lo segundo, lo primero puede terminar en desastre global. Por Miguel Ormaetxea.

La nueva neurociencia, las TIC, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la robótica, entre otras vanguardias, van a alumbrar en un futuro próximo un salto adelante sin precedentes en la historia de la humanidad.

Países como EEUU, Alemania, Japón y Corea del Sur preparan una oleada de automatización. Vamos a entrar en un mundo “volátil, incierto, complejo y ambiguo”, presidido por la hibridación.

Las anteriores cuatro palabras forman el acrónimo de lo que en EEUU se llama “VUCA World”, surgido en la US Army War College de Carlisle, en Pensilvania. Las armada americana se prepara así para un planeta con crecientes “cisnes negros”, acontecimientos inesperados, crisis que nadie ha sido capaz de prever, de una profundidad sin precedentes.

Tomemos, por ejemplo, la industria del motor, que durante muchos decenios ha estado ofreciendo prácticamente los mismos productos, ineficientes, costosos, muy contaminantes. La quimera del coche eléctrico permaneció bien guardada en el desván mientras una de las industrias básicas del mundo rodaba a toda máquina de beneficios.

Coches híbridos

Un solo hombre, Elon Musk, con recursos muy limitados, está demostrando que el coche eléctrico verdaderamente eficiente está a la vuelta de la esquina. Y ha sido una empresa japonesa, Toyota, la primera en lanzar, en medio del escepticismo general, el primer coche híbrido.

Ahora, todos los fabricantes alemanes, los franceses y hasta los americanos, muy a desgana, se han lanzado a la frontera de los coches híbridos, que no son sólo una etapa intermedia hasta la llegada del coche eléctrico, sino un verdadero signo de los tiempos.

Mentes humanas conectadas por la Red

La conexión total de las mentes humanas, unidas por la Red, está a menos de una década de distancia. Y la conexión total significa la hibridación total.

Un libro recientemente aparecido en Francia, “Confucius et les automates “, del consultor Charles-Eduard Bouée y el periodista François Roche, hablan de la estrategia de “huella ligera” que las empresas y las instituciones precisan en el nuevo planeta global que llama a la puerta.

“Será un mundo fuertemente robotizado, una combinación singular entre el modelo americano y el modelo chino, una especia de fusión entre Silicom Valley y el delta del rio de las Perlas: creación, inspiración, imaginación por un lado; y agilidad, velocidad y capacidad de adaptación, en el otro”.

Computación de inmersión

La llamada “Blended Reality” es otro vector de la hibridación. Es la realidad híbrida que generamos de manera creciente al mezclar el entorno artificial generado por ordenador con la realidad que nos rodea.

HP ya tiene un ordenador “blended”, el HP Sprout, que es un ordenador tradicional de pantalla táctil, con un escáner 3D y un alfombrilla digitalizadora. Puedes digitalizar un objeto, manipularlo en el ordenador e imprimirlo con tu impresora 3D.

Pronto los móviles incorporarán un escáner 3D, que será en todo momento, a nuestra mano, la puerta de entrada al mundo digital, en el que las fronteras entre lo “real” y lo “virtual” se difuminan en una trepidante e insondable hibridación.

Y este nuevo ecosistema híbrido tendrá competitividad, de un lado; y cooperación y asociación, por otro. Sin lo segundo, lo primero puede terminar en desastre global.

Fuente: Tendencias21

LA AVENTURA DEL PENSAMIENO

DAVID HUME

EL YO ES UNA ILUSIÓN QUE VIVE EN UNA REALIDAD VIRTUAL

Aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real

El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias. Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente. Por Francisco J. Rubia.

Estamos tan familiarizados y satisfechos con la experiencia de nuestro yo que preguntarse si realmente ese yo existe parece como si fuese la pregunta de un retrasado mental. Y sin embargo la neurociencia moderna se plantea esa cuestión precisamente, a saber que el yo, como ya decía la filosofía hindú hace más de tres mil años, es maya, palabra del sánscrito que significa engaño, ilusión o lo que no es.

En la filosofía védica se acuñó la palabra Ahamkara, palabra compuesta de Aham, que significa “yo” y kara que designa todo aquello que ha sido creado. El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Como dice la psicóloga británica Susan Blackmore, la palabra ilusión no significa que no exista, existe como fruto de la actividad cerebral que al parecer genera esa ilusión en nuestro propio beneficio.

Cuando nos levantamos por la mañana nuestro yo se despierta unido a la consciencia. Vuelven los recuerdos del día anterior y los planes para el futuro. En una palabra: nos convertimos en esa persona que identificamos con la palabra “yo”. Todos nosotros tenemos la impresión subjetiva de que dentro de nosotros se esconde la persona que llamamos “yo” y que recibe todas las sensaciones, toma todas las decisiones, recapacita, planifica, aprueba o rechaza. Es como una especie de homúnculo que controla todas las funciones cerebrales.

cabeza

Una persona diminuta sentada en un cine dentro de una cabeza humana, mirando y escuchando todas las experiencias que tiene el ser humano. Representación del Teatro Cartesiano. Imagen: Jennifer Garcia.

Teatro cartesiano

El filósofo estadounidense Daniel Dennett llamó a este proceso el Teatro Cartesiano, es decir, una especie de quimera de que en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

En el siglo XVIII, el filósofo escocés David Hume ya dijo que no había ninguna prueba de que ese lugar existiese. Además se ha argumentado que la existencia de un homúnculo requeriría otro homúnculo dentro del primero y así sucesivamente.

David Hume decía: “Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo”.

Como vemos, para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes Gauthama Buda había llegado a la misma conclusión.

La hipótesis del alma

Naturalmente existe la hipótesis de un ente inmaterial, al que se le ha llamado alma, que controlaría todas las funciones cerebrales. El problema es que con ella no resolvemos nada.

Primero, porque el dualismo cartesiano siempre tuvo problemas para explicar cómo un ente inmaterial es capaz de mover la materia cerebral sin tener energía, lo que violaría las leyes de la termodinámica. En segundo lugar, porque la hipótesis del alma nos da una explicación, pero invalida cualquier investigación ulterior ya que la creencia en ella hace superfluo cualquier esfuerzo por conocer cuáles son las razones y los mecanismos de lo que hemos llamado la ilusión del yo.

Además, la hipótesis del alma no es una hipótesis científica porque no es ni confirmable ni falsable, siguiendo los criterios del filósofo austriaco Karl Popper.

No tenemos ninguna prueba de la existencia de algo permanente en nosotros mismos. Todo lo que nos rodea y todo lo que somos, biológicamente hablando, es efímero y perecedero.

Si el yo es la suma de nuestros pensamientos y acciones, entonces ese yo es fruto de la actividad cerebral. Lesiones cerebrales graves pueden producir un cambio de personalidad, y el mismo efecto puede tener lugar con la ingesta de drogas.

A pesar de que el yo sea un producto cerebral, no existe ningún lugar en el cerebro en el que pueda localizarse. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias, tanto las que llegan a través de nuestros sentidos como las que hemos almacenado en nuestra memoria.

Sabemos que el cerebro construye un modelo del mundo exterior y que teje las experiencias para formar una historia coherente que le permita interpretar y predecir futuras acciones.

Generamos una simulación del mundo exterior para anticipar lo que vamos a hacer en él en el futuro y, de esa manera, asegurar la supervivencia. Esa sería la razón por la que preferimos
un modelo de la realidad antes que la realidad misma.

Desconectados de la realidad

No tenemos una conexión directa con la realidad, como ya dijo el filósofo alemán Immanuel Kant. Kant afirmaba que incluso antes de que haya un pensamiento, antes de que podamos conocer algo sobre el mundo o sobre nosotros mismos, tiene que haber un yo unificado como sujeto de la experiencia. Colocó ese yo unificado y primordial en el centro de su propia filosofía y argumentaba que ese yo interno creaba coherencia y prestaba ayuda a nuestra experiencia y nuestra percepción.

Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual.

La filosofía hindú también considera la realidad exterior como maya, ilusión. Ya en el pasado se conocía que las llamadas cualidades secundarias dependían del sujeto que las experimentaba, como afirmaba Descartes. Y el filósofo napolitano Giambattista Vico lo expresa claramente en su libro La antiquísima sabiduría de los italianos de la manera siguiente: “si los sentidos son facultades, viendo hacemos los colores de las cosas, degustándolas sus sabores, oyéndolas sus sonidos, y tocándolas, hacemos lo frío y lo caliente”.

El filósofo empirista irlandés, el obispo George Berkeley, decía que sólo conocemos lo que percibimos, de manera que sus contemporáneos discutieron si cuando caía un árbol en el bosque y nadie estuviera presente para escucharlo haría algún ruido.

Por lo que hoy sabemos no habría ningún ruido, ya que el sonido no es ninguna cualidad de la realidad absoluta, sino sólo de la nuestra. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente.

Ahí afuera no existen más que radiaciones electromagnéticas de distintas longitudes de onda que incidiendo sobre nuestros receptores producen potenciales eléctricos, los potenciales de acción, que son todos iguales provengan del ojo, del oído, del gusto, del olfato o del tacto.

Es en las distintas regiones de la corteza donde se atribuyen las cualidades secundarias. De ahí que la lesión de la región cortical donde se procesa la visión cromática tenga como resultado que el paciente se vuelva acromático y no sólo no vea colores, sino que ni siquiera sueñe con ellos.

En la construcción de ese mundo interior, si falta alguna información, el cerebro la suple para generar una historia plausible aunque no sea completamente exacta.

El cerebro crea el yo consciente

De la misma manera, el cerebro crea el yo consciente, aunque aún no sepamos cómo, y a partir de la actividad neuronal se pasa a un concepto tan abstracto como ese.

El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Tanto lo que llamamos yo como la consciencia son construcciones cerebrales que encierran el gran problema de la neurociencia, a saber, cómo se pasa de la actividad neuronal a las impresiones subjetivas. Es lo que el filósofo australiano David Chalmers ha llamado el “problema difícil” de la consciencia. El paso de lo objetivo a lo subjetivo.

¿Qué sentido tendría esa ilusión del yo? Se ha argumentado que la razón es simplemente la función de predecir la conducta de los otros. Si creo que dentro de mí existe una persona que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los demás observando esa persona dentro de mí. La autoconsciencia sería, pues, el invento del yo para saber qué harán los otros.

El neurólogo indio afincado en Estados Unidos Vilayanur Ramachandran cree que el yo no es una propiedad holística de todo el cerebro, sino que surge de la actividad de series de circuitos que están distribuidos por todo el cerebro e interconectados entre sí.

El pionero de la inteligencia artificial, Marvin Minsky, dice que la auto-consciencia es un segundo mecanismo paralelo desarrollado para generar representaciones de otras representaciones más antiguas.

Y el psicólogo inglés, Nicholas Humphrey, supone que nuestra capacidad de introspección puede haberse desarrollado específicamente para construir modelos de la mente de otras personas para poder predecir su conducta.

Esta última afirmación nos llevaría a relacionar la auto-consciencia con las neuronas espejo, que nos permiten “reflejar” en el cerebro actos motores, pero también emociones e intenciones de los demás. En esto también está Ramachandran de acuerdo.

¿Sólo un yo?

Habría que preguntarse si existe sólo un yo. No hace tanto tiempo se buscaba afanosamente la memoria, asumiendo que era una sola entidad. Hoy sabemos que hay distintos tipos de memoria con distintas localizaciones en el cerebro.

Lo mismo ha ocurrido con la inteligencia, y hoy se definen varios tipos de inteligencia. Por ello hay que preguntarse si no ocurrirá lo mismo con el yo.

Ramachandran habla, por ejemplo, de diversos yos, o al menos de distintos aspectos del yo, como por ejemplo el sentido de unidad, la multitud de sensaciones y creencias, el sentido de la continuidad en el tiempo, el control de las propias acciones (esto último relacionado con el tema de la libertad o libre albedrío), el sentido de estar anclado en el cuerpo, el sentido de la propia valía, dignidad y mortalidad o inmortalidad.

Cada uno de estos aspectos puede estar mediado por centros diferentes en distintas partes del cerebro y que, por conveniencia, los agrupamos a todos en una sola palabra: yo. Precisamente el aspecto más extraño de todos: el ser consciente de uno mismo es lo que Ramachandran supone que depende de las neuronas espejo.

Hay casos clínicos que muestran que existen muchas regiones cerebrales que juegan un papel en la creación y mantenimiento del yo, pero no existe ningún centro en donde se reúna todo físicamente.

Aparte del lóbulo frontal, donde se descubrieron estas neuronas por vez primera, existen numerosas neuronas espejo en el lóbulo parietal inferior, una estructura que ha experimentado una gran expansión en los grandes simios y en el hombre.

Esta región se dividió en dos giros: el giro supramarginal que nos permite “reflejar” nuestras acciones anticipadamente, y el giro angular, que nos permite “reflejar” nuestro cuerpo, en el hemisferio derecho, y otros aspectos sociales y lingüísticos del yo en el hemisferio izquierdo.

La hipótesis de la relación de estas neuronas con la auto-consciencia supondría que utilizamos las neuronas espejo para mirarnos a nosotros mismos como si alguien lo estuviera haciendo. Y el mismo mecanismo que se desarrolló para adoptar el punto de vista de otro se volvió hacia adentro para mirar el propio yo. De manera que “auto-consciente” sería ser consciente de otros siendo consciente de mí mismo.

El yo como construcción cerebral

Que el yo unificado puede ser una construcción cerebral lo muestran los experimentos realizados por Roger Sperry (Nobel 1981) y Michael Gazzaniga en sujetos con cerebro escindido o dividido.

En pacientes que sufrían de epilepsia, con un foco en un hemisferio, y para evitar que se crease un “foco especular” en el otro hemisferio, cirujanos norteamericanos hace unas décadas seccionaban el cuerpo calloso e incluso en algunos pacientes también la comisura anterior.

Los experimentos mostraron que al hacerlo los cirujanos partieron literalmente en dos el yo, ya que aparecieron dos personas distintas con gustos y aficiones diversas y a veces contradictorias. En estos pacientes podía ocurrir que una mano abriese un cajón y la otra intentase cerrarlo.

Preguntado el hemisferio no parlante de uno de estos sujetos, generalmente el derecho, que qué profesión quería ejercer en el futuro, respondió, mediante la utilización de letras del juego Scrabble, que quería ser corredor de fórmula uno, cuando el hemisferio parlante había siempre afirmado querer ser diseñador gráfico. Y el neurólogo Ramachandran tuvo un paciente que respondía con el hemisferio izquierdo creer en Dios y con el hemisferio derecho ser ateo.

La división de las conexiones entre los dos hemisferios había creado un segundo yo hasta ahora desconocido porque el yo del hemisferio dominante o parlante se había considerado el único.

cerebro

Resultados sorprendentes

Uno de los resultados más sorprendentes de estos experimentos fue la capacidad de interpretación del hemisferio izquierdo de la conducta iniciada por el hemisferio derecho.
Si se le enviaba una señal al hemisferio derecho que decía “andar”, el sujeto se ponía en marcha. Y preguntado el sujeto verbalmente que por qué lo hacía, el hemisferio izquierdo parlante respondía que iba a buscar una coca-cola, cualquier otra excusa o simplemente que tenía ganas de hacerlo.

Este fenómeno es algo parecido a lo que ocurre cuando se hipnotiza a una persona y se le ordena, ya hipnotizado, que ande a cuatro gatas por la alfombra. Si en ese momento el hipnotizador lo despierta y le pregunta qué hace andando a cuatro gatas, el sujeto puede responder que porque se le había caído una moneda.

El hemisferio izquierdo, cuando no conoce las razones de la conducta del organismo, se inventa una historia plausible para interpretarla. En otras palabras: para ese yo del hemisferio izquierdo una historia plausible, pero falsa, es mejor que ninguna.

Esta capacidad que llevó a su descubridor Michael Gazzaniga a llamar al cerebro dominante “el intérprete” se ve aún más claro en el siguiente experimento.

Si se le proyecta a uno de estos pacientes un paisaje nevado al hemisferio derecho y la cabeza de una gallina al hemisferio izquierdo y luego se le pide que elija con cada mano entre varias imágenes que se les proyecta la que estuviese más relacionada con lo que habían visto, la mano derecha, controlada por el hemisferio izquierdo, elegía una gallina, y la mano izquierda, controlada por el hemisferio derecho, una pala.

Pero si se le preguntaba al paciente que por qué había elegido con la mano izquierda una pala respondía que para limpiar la porquería del gallinero.

Engaños cerebrales

Para el yo izquierdo, repito, es mejor tener una historia plausible, aunque sea falsa, que no tener ninguna. La capacidad de suplir información que falta por parte del cerebro es lo que constituye los engaños tanto ópticos como de otro tipo a los que estamos acostumbrados.

Pensemos, por ejemplo, cómo el cerebro cubre la información que falta en aquella parte de la retina que no tiene receptores visuales por la salida del nervio óptico, es decir, la mancha ciega que no se traduce en un escotoma en el campo visual.

Antes hablamos de casos clínicos en los que se produce una fragmentación del yo o la pérdida de uno de sus aspectos.

Uno de estos casos es la asomatognosia, o la falta de reconocimiento de una parte del cuerpo, que suele ocurrir tras una apoplejía con extensas lesiones de la corteza cerebral. La asomatognosia es una fragmentación del yo.

Otro ejemplo es el síndrome de negligencia hemiespacial, que ocurre por lesiones del lóbulo parietal derecho, en el que el paciente ignora, o más bien no atiende, a la mitad izquierda de su campo visual.

Otro síntoma que afecta al yo personal es la anosognosia, o negación de la enfermedad. Un caso especial de anosognosia es el síndrome de Anton, o inconsciencia de la ceguera. Gabriel Anton describió uno de los primeros ejemplos de falta de consciencia de la ceguera en 1899.

Generalmente, las tres condiciones: asomatognosia, negligencia hemiespacial y anosognosia suelen ocurrir juntas por lesiones del hemisferio derecho.

Límites del yo personal

Los límites del yo personal son más dinámicos que rígidos. Hay cosas ego-cercanas, como el propio cuerpo, la mujer o el marido, los miembros de la familia. Por otra parte, los objetos que no tienen un significado especial para nosotros son considerados ego-distantes.

Ejemplos de alteraciones de las relaciones del yo son los fenómenos conocidos como déjà vu y jamais vu, o sea ya visto y jamás visto, en los que el paciente tiene la impresión de haber visto ya algo que no ha podido ver antes, o lo contrario, la impresión de no haber visto nunca algo que sí conoce. Esto está en relación con el sentido de familiaridad, sentido emocional que depende del sistema límbico, concretamente de la amígdala.

El individuo sano tiene una relación integrada y normal con el mundo. Nuestras relaciones con el mundo y con otras personas están en un equilibrio delicado y ese equilibrio se mantiene de manera automática e inconsciente. No somos conscientes de él hasta que no es violentado.

En 1923, el psiquiatra francés Jean-Marie Joseph Capgras describió un caso, el de Madame M., una mujer de 53 años que se quejaba que impostores habían sustituido a su marido, a sus hijos e incluso a ella misma. Su marido había sido asesinado y los impostores lo habían sustituido por otra persona. A este fenómeno lo llamó “l’illusion de sosies’.

Sosia es en español una persona que se parece tanto a otra que es confundida con ella. El nombre proviene de la mitología griega en la que se cuenta la historia de Zeus que se transformó físicamente en la persona de Anfitrion para seducir a su mujer Alcmena. Temeroso de que la criada de Alcmena, Sosia, la alertase del engaño, hizo que Hermes se convirtiese en Sosia. El engaño tuvo éxito y Alcmena dio a luz a dos mellizos: uno, hijo de Zeus: Hércules; el otro, hijo de Anfitrion: Iphicles. De ahí que el nombre sosie signifique en francés doble.

El síndrome de Capgras está probablemente generado por la pérdida de la conexión entre el reconocimiento de caras, localizado en el giro fusiforme, y el sistema límbico, especialmente la amígdala, que le da significación emocional a los estímulos sensoriales. El paciente reconoce las caras, pero no son familiares para él, por lo que supone que son impostores o dobles.

Cuatro años tras la publicación del síndrome de Capgras, dos médicos franceses, Courbon y Fail, publicaron un artículo titulado: “El síndrome de la ilusión de Frégoli y la esquizofrenia”. Courbon y Fail le dieron este nombre por Leopoldo Frégoli, famoso actor italiano en Francia por su extraordinaria capacidad de imitación. Estos pacientes encontraban a personas a su alrededor conocidas, aunque nunca las habían visto antes, es decir, lo contrario que los pacientes con síndrome de Capgras. El síndrome de Frégoli puede interpretarse como una super-relación con otras personas y en ese sentido se parece al fenómeno del déjà vu.

Un yo maleable

Los límites del yo son maleables, no son rígidos. Al yo se le ha comparado con una ameba que cambia su forma y sus márgenes. Un ejemplo de ello es lo que ocurre con los experimentos que utilizan una mano de goma. Si se oculta la mano izquierda de un sujeto y se acarician simultáneamente la mano izquierda y la mano de goma con un punzón o pincel, al cabo de unos minutos el sujeto siente que la mano de goma forma parte de su cuerpo. La fusión de la información táctil y visual en el cerebro crea esa ilusión.

Las memorias de todas las experiencias de la vida son muy importantes para la creación y mantenimiento del yo. Nuestra identidad es la suma de nuestros recuerdos, pero esos recuerdos se modifican por el contexto en el que se producen y, a veces, simplemente son confabulaciones. Con otras palabras: no podemos fiarnos completamente de ellos, de manera que el propio yo queda en entredicho. Por otra parte, sin un sentido del yo los recuerdos no tienen ningún sentido y, sin embargo, ese yo es un producto de nuestros recuerdos.

Dos tipos de yo

Personalmente pienso que existen al menos dos tipos de yo o de consciencia: una a la que llamo “consciencia egoica”, que es la consciencia normal que solemos tener en la vigilia, aunque haya también diversos niveles, y que se caracteriza por un pensamiento dualista característico de nuestra capacidad lógico-analítica. Y una segunda consciencia que llamo “consciencia límbica” que es la que nos permite acceder a una especie de “segunda realidad”, que es a la que llega el chamán, o el místico, mediante ciertas técnicas y que genera la sensación de trascendencia.

La llamo consciencia límbica porque se debe a la hiperactividad de determinadas estructuras límbicas que se encuentran en la profundidad del lóbulo temporal. Su estimulación eléctrica o magnética es capaz de producir experiencias llamadas espirituales, religiosas, numinosas o de trascendencia. Ambas consciencias son antagónicas y una condición para que se produzca esta última es la anulación de la consciencia egoica, algo que conoce hace siglos la filosofía oriental.

Es de suponer que la consciencia egoica es dependiente de estructuras cerebrales filogenéticamnete más modernas, como la corteza prefrontal y la corteza cingulada anterior, mientras que la consciencia límbica supone la dependencia de estructuras más antiguas pertenecientes al cerebro emocional o sistema límbico.

En resumen: el yo, como construcción cerebral, no tiene una localización exacta en el cerebro y es posible que existan distintos tipos de yo o de consciencia. Sus límites no son fijos y tanto ciertos experimentos como la patología nos muestra su fragilidad. Llama la atención el hecho de que atribuyamos al yo la mayoría de la actividad cerebral, cuando en realidad el yo racional es una instancia tardía en comparación con el inconsciente que gobierna la inmensa mayoría de nuestra actividad cerebral al servicio de la supervivencia.

Falta conocer por qué es generado ese yo unificado por el cerebro, y cuál es su función.

Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Texto de la conferencia pronunciada por el autor en la Real Academia Nacional de Medicina (Madrid) el 7 de mayo de 2013. La conferencia puede seguirse también en video y se publicó originalmente en el Blog Neurociencias que el autor edita en Tendencias21.

Fuente: Tendencias21

FUTURO VÍNCULO LINGÜÍSTICO CON LAS IAs

Conversación entre ALICE, una IA y Nicole

Desarrollan un programa informático que inventa relatos coherentes

Xapagy supone un paso adelante en la cognición de los sistemas de inteligencia artificial

Un investigador de la University of Central Florida (UCF) de Estados Unidos ha conseguido que un software llamado Xapagy desarrolle acciones siguiendo el tipo de composición de las historias humanas, basadas en series de eventos interconectados. Para conseguirlo, Xapagy parte de un archivo de palabras y frases, y luego busca la relación de estas expresiones con otras nuevas. Así va generando sus relatos. El programa supone un avance para la inteligencia artificial. Por Marta Lorenzo.

“Pero, ¡qué boca tan grande tienes, abuela”, dice Caperucita Roja en el cuento, sospechando del aspecto extraño de su “abuela”. El lobo entonces estornuda, y la niña dice: “Salud”.

Esta versión del clásico “Caperucita Roja” es rara porque no está escrita por una persona, sino por un software llamado Xapagy.

La importancia de este programa radica en que, aunque su narración no se parezca mucho al cuento original, demuestra que se ha dado un primer paso hacia la consecución de ordenadores capaces de inventarse historias. Asimismo, Xapagy supone un avance hacia el diseño de una inteligencia artificial más similar a la inteligencia humana, según publica Physorg.

De palabras conocidas a eventos interconectados

Lotzi Bölöni, de la University of Central Florida (UCF) de Estados Unidos, proporcionó en primer lugar a Xapagy cuentos traducidos a un lenguaje que el sistema pudiera entender.

A partir de estos cuentos, en lugar de componer reglas lógicas rígidas con la que diseñar acciones futuras, como haría cualquier sistema de Inteligencia artificial (IA), Xapagy desarrolla acciones siguiendo el tipo de composición de las historias humanas, basadas en series de eventos interconectados.

Así, cuando se encuentra con palabras de relatos nuevos, el programa busca conexiones que le resulten “familiares” con términos archivados en su propia memoria. Si encuentra estas relaciones, las usa para predecir lo que ocurrirá a continuación, y así va desarrollando la historia.

Como, en algunos casos, cada palabra puede tener muchas asociaciones distintas, si Xapagy no encuentra conexiones claras, simplemente sigue relatando con sus propias palabras, respetando el sentido gramatical, y continúa con el cuento, de manera que este tenga sentido desde el punto de vista narrativo.

“La idea de una arquitectura basada en la narración es inteligente”, afirma Stan Franklin, de la Universidad de Memphis. Franklin desarrolló el famoso sistema de Inteligencia artificial LIDA. Según el investigador, Xapagy puede “ayudar a (los sistemas IA) aprender sobre narrativa, que es un asunto importante en cognición”.
Trabaja en dos idiomas

Xapagy trabaja con una mezcla de inglés y un lenguaje de programación llamado XAPI. De este modo, la frase: “¡Qué boca tan grande tienes, abuelita!” se traduce en XAPI como “mouth – of – ‘Grandma’/ wh is-a / big?”.

Dado que, actualmente, Bölöni tiene que traducir a mano todo el material que Xapagy debe aprender, esto supone un obstáculo a la hora de proporcionarle al sistema una memoria lo suficientemente extensa como para generar relatos complejos e interesantes.

Pero, una vez que se haya compuesto un archivo de memoria considerable, Bölöni espera que el programa pueda inventar historias totalmente nuevas por si solo.

En general, la mayoría de los sistemas de IA forman rígidas reglas lógicas, a partir de sus observaciones del mundo. Esta capacidad, aunque útil, puede resultar también limitante, ya que impide que los robots y ordenadores puedan realizar tareas desconocidas.

Los investigadores creen que si el proyecto de Xapagy tuviera éxito, ayudaría a crear una forma mucho más flexible de aprendizaje para sistemas IA. Quizá, algún día, estos puedan aprender y re-aprender del pasado, como los humanos.

Fuente: Tendencias21

HUMANOS MEJORADOS

CIBERNÉTICA

CEREBROS Y MÁQUINAS CONECTADOS

Kevin Warwick (9 de febrero de 1954, Coventry, Gran Bretaña) es un científico, ingeniero, profesor de Cibernética en la Universidad de Reading. es conocido por sus investigaciones sobre Interfaz Cerebro Computadora que comunican el sistema nervioso humano con diferentes tipos de computadores y por sus trabajos en el campo de la robótica. Warwick ha investigado sobre inteligencia artificial, ingeniería biomédica, sistemas de control y robótica. Muchas de sus primeras investigaciones tuvieron que ver con las áreas de tiempo discreto (no continuo pero con intervalos constantes) y control adaptativo. Introdujo el primer control de representación de estado basado en controladores de autoajuste y unificó representaciones de estado de tiempo discreto del Modelo autorregresivo de media móvil. Además ha hecho contribuciones en los campos de las matemáticas, (ingeniería eléctrica) y producción industrial de maquinaria.

Kevin Warwick es el primer ciborg del mundo. El científico británico afirma que ha llegado la hora de que superemos nuestras «limitaciones» humanas. En el futuro, gracias a un chip en el cerebro, seremos capaces de usar más que los cinco sentidos, ya que los implantes ampliarán nuestras vías de comunicación con personas y objetos.

“El primer implante que me puse fue un aparato de identificación de radiofrecuencia (RFID), que me identificaba ante el ordenador de mi edificio, con lo que me abría las puertas y me encendía las luces. Ahora este implante lo llevan varios miles de personas. Ya se ha aprobado en Estados Unidos para usos médicos, y la gente que padece epilepsia o diabetes lleva ahí grabada su información médica.”

“Creo que, como humanos, hemos evolucionado de una cierta manera, lo que está bien para un ser humano. Pero ahora vivimos en un mundo tecnológico, y podemos ver lo que nos ofrece la tecnología. El modo en el que los humanos actuamos y pensamos tiene ciertas ventajas, pero también algunos inconvenientes. La inteligencia artificial puede pensar mucho más rápido que nosotros; tiene capacidades matemáticas formidables, y puede comprender el mundo en múltiples dimensiones. Sin embargo, como humanos estamos limitados a tres dimensiones, y pensamos con bastante lentitud en comparación con cómo operan los ordenadores. Ya que disponemos de esta ventaja tecnológica, ¿por qué no mejoramos y potenciamos lo que somos y cómo actuamos conectándonos a esa tecnología? ¿Por qué no puedo tener un extra de memoria? Podría ser peligroso, pero también resulta extremadamente emocionante, y nos ofrece nuevas oportunidades.”

“El sistema educativo cambiará por completo. Quizá no necesitemos que las universidades y los colegios sean como hasta ahora si simplemente podemos descargarnos la información en el cerebro. Me imagino unas vacaciones al estilo Matrix. ¿Realmente necesitamos viajar hasta un lugar si nos podemos descargar en el cerebro una imagen y unos recuerdos? Creo que el mundo cambiará, obtendremos una realidad diferente. El mundo de la medicina cambiará. Las farmacéuticas han vivido una gran época gracias a los inputs químicos. Pero el cerebro es un sistema nervioso electroquímico. Si tienes dolor de cabeza, te puedes librar de él tomando productos químicos, pero en poco tiempo seremos capaces de eliminarlo inyectándonos señales eléctricas. Quien tenga acciones de una empresa farmacéutica, que se lo plantee, porque en menos que canta un gallo estará perdiendo dinero si no es que la empresa decide embarcarse en nuevos tratamientos, de una naturaleza más electrónica.”

Fuente: Infonomia