HOLOGRAMAS CON ONDAS WIFI

Las ondas wifi sirven para crear hologramas

Permiten crear una imagen 3D de una persona usando únicamente la red doméstica

Investigadores alemanes han conseguido fabricar un holograma usando ondas wifi en vez de láser. El holograma refleja la imagen tridimensional de un objeto en un ordenador, a partir de las ondas wifi. En el futuro permitirá crear el holograma de una persona usando únicamente la red doméstica y localizarla en un edificio a través del wifi.

Innvestigadores alemanes han conseguido utilizar las ondas wifi que circulan en una habitación para crear un holograma de un objeto presente en esa sala. La tecnología permitiría en el futuro crear un holograma de una persona usando únicamente las ondas wifi de la red doméstica, sin necesidad de estar presente en la misma habitación o vivienda.

De momento la tecnología está en fase experimental, pero sus creadores piensan que en cinco o diez años se podrán usar las ondas wifi para localizar a una persona dentro de un edificio, más que para comunicarse con ella.

Wifi es la abreviatura de Wireless Fidelity, un conjunto de normas para redes inalámbricas que permiten la comunicación entre sus componentes mediante ondas electromagnéticas, que son las que han servido para la fabricación del holograma en esta investigación.

Las ondas wifi están separadas entre sí a una distancia menor que la de las ondas de radio y mayor que la distancia entre microondas, lo que les otorga una frecuencia única que no puede ser alterada por otras señales.

La comunicación mediante ondas wifi se consigue utilizando la cresta y la depresión de las ondas para enviar información, representando la cresta el 1 y la depresión del 0. De esta forma, las cadenas de 1 y 0 se pueden traducir a mensajes (letras, números y códigos) a través de los cuales se puede navegar por Internet.

Dimensión inesperada 

La nueva tecnología otorga a las ondas wifi una nueva dimensión inesperada, ya que podrían usarse para observar el interior de una habitación usando únicamente las ondas wifi y su incidencia sobre los objetos presentes en la sala.

La proeza se consigue creando un holograma de la habitación con ondas wifi. Los investigadores, Friedemann Reinhard y Philipp Holl, han sustituido el rayo láser que se usa para fabricar holografías por las ondas wifi. De esta forma, han construido un holograma de una delgada cruz de aluminio de un metro de ancho, según un artículoaceptado para publicación en Physical Review Letters.

La holografía es una técnica avanzada de fotografía que se basa en la creación de hologramas. Un holograma de un objeto o de una escena es un registro plano, realizado con un rayo láser sobre una película fotosensible, de la interferencia que se produce entre dos haces de luz coherentes cuando la luz de uno de los haces se refleja en el objeto. Cuando la película recibe la luz desde una perspectiva adecuada se proyecta una imagen tridimensional: el holograma.

Tal como se explica al respecto en la revista Science, el holograma de la cruz se basa en las características de las ondas wifi, a través de las cuales los investigadores alemanes pudieron construir el holograma de la cruz en un ordenador.

Un transmisor wifi fue colocado en una habitación, a 90 centímetros de la parte posterior de la cruz. Asimismo, un receptor wifi fue colocado a 1,4 metros de la parte delantera de la cruz, con la finalidad de que pudiera representar el papel de una placa fotográfica, capaz de capturar imágenes de la cruz. Un segundo receptor fijo fue colocado a una distancia mayor, a pocos metros, para tener una visión directa del emisor.

Nuevo tipo de holograma 

Lo que quedaba por hacer era relativamente sencillo: fabricar un holograma con las señales que llegaban a ambos receptores. No es un holograma tal como se consigue con un láser, ya que en realidad no están capturando fotográficamente la imagen, pero el resultado permite observar el objeto y sus formas. La cruz podía observarse en la pantalla del ordenador, sin ninguna cámara presente en la habitación.

Evidentemente, se tienen que dar determinados requisitos para que esta técnica holográfica basada en wifi funcione, pero esta investigación constituye un primer paso que puede aportar interesantes innovaciones en el campo de las ondas wifi.

También habría que ver si la técnica funciona estando los objetos situados en una habitación colindante al espacio donde está en emisor de ondas wifi, ya que estas ondas tienen un alcance de unos veinte metros en interiores.

Los investigadores señalan que ya existen algunas formas de utilizar señales wifi para rastrear el movimiento de personas dentro de un edificio, y que gracias a su experimento, estas técnicas evolucionarán rápidamente llevando a usar las ondas wifi más para localizar personas que para comunicarse con ellas. Dentro de 5 o 10 años.

Fuente: Tendencias21

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El futuro de la humanidad en manos de la IA

Nick Bostrom ¿Qué sucede cuando nuestras computadoras se vuelven más inteligentes que nosotros?

Un equipo de expertos investiga en un Instituto de Oxford los riesgos de extinción del ser humano.

Necesitamos sabiduría para enfrentar el futuro. Para saber si los progresos tecnológicos de vanguardia van en la dirección adecuada o no; si favorecen al ser humano o todo lo contrario. Para tener una idea de qué hacer si se presentan escenarios que ponen en riesgo la supervivencia de la especie, como los derivados de la amenaza nuclear, la modificación de microbios letales o la creación de mentes digitales más inteligentes que el hombre. A reflexionar sobre este tipo de cuestiones se dedican un puñado de cerebros en un lugar ubicado en Oxford y llamado el Instituto para el Futuro de la Humanidad.

Al frente de un heterodoxo grupo de filósofos, tecnólogos, físicos, economistas y matemáticos se encuentra un filósofo formado en física, neurociencia computacional y matemáticas, un tipo que desde su adolescencia se encontró sin interlocutores con los cuales compartir sus inquietudes acerca de Schopenhauer, un sueco de 42 años que se pasea por las instalaciones del Instituto con un brebaje hecho a base de vegetales, proteínas y grasas al que denomina elixir y que escucha audiolibros al doble de velocidad para no perder un segundo de su preciado tiempo. Se llama Nick Bostrom, y es el autor deSuperinteligencia: Caminos, Peligros, Estrategias, un libro que ha causado impacto, una reflexión acerca de cómo afrontar un futuro en que la inteligencia artificial supere a la humana, un ensayo que ha recibido el respaldo explícito de cerebros de Silicon Valley como Bill Gates y Elon Musk, de filósofos como Derek Parfit o Peter Singer, de físicos como Max Tegmark, profesor del Massachusetts Institute of Technology. Un trabajo que, además, se coló en la lista de los libros más vendidos que elabora The New York Times Book Review. La ONU le reclama para que exponga su visión, sociedades científicas como The Royal Society le invitan a dar conferencias, una de sus charlas TED lleva ya contabilizados más de 1.747.000 visionados. Y Stephen Hawking ya ha alertado al mundo: hay que tener cuidado con la Inteligencia Artificial.

El Instituto para el Futuro de la Humanidad —FHI, siglas en inglés— es un espacio con salas de reuniones bautizadas con nombres de héroes anónimos que con un gesto salvaron el mundo —como Stanislav Petrov, teniente coronel ruso que evitó un incidente nuclear durante la Guerra Fría— donde fluyen las ideas, los intercambios de impresiones, donde florecen hipótesis y análisis. Sobre todo, por las tardes-noches: el jefe es, como él mismo confiesa, un noctámbulo; se queda en la oficina hasta las dos de la madrugada.

“En el momento en que sepamos cómo hacer máquinas inteligentes, las haremos”, afirma Bostrom, en una sala del Instituto que dirige, “y para entonces, debemos saber cómo controlarlas. Si tienes un agente artificial con objetivos distintos de los tuyos, cuando se vuelve lo suficientemente inteligente, es capaz de anticipar tus acciones y de hacer planes teniendo en cuenta los tuyos, lo cual podría incluir esconder sus propias capacidades de modo estratégico”. Expertos en Inteligencia Artificial que cita en su libro aseguran que hay un 90% de posibilidades de que entre 2075 y 2090 haya máquinas tan inteligentes como los humanos. En la transición hacia esa nueva era habrá que tomar decisiones. Inocular valores morales a las máquinas, tal vez. Evitar que se vuelvan contra nosotros.

A analizar este tipo de supuestos y escenarios se dedica este hombre que en estos días lee intensivamente sobre machine learning (aprendizaje automático, rama de la inteligencia artificial que explora técnicas para que las computadoras puedan aprender por sí solas) y economía de la innovación. Para Bostrom el tiempo nunca es suficiente. Leer, leer, leer, asentar conocimientos, profundizar, escribir. “El tiempo es precioso. Es un bien de gran valor que constantemente se nos desliza entre los dedos”.

La gente parece olvidar la guerra nuclear. Un cambio para mal en la geopolítica podría ser un peligro

Estudiar, formular hipótesis, desarrollarlas, anticipar escenarios. Es lo que se hace en este Instituto donde se cultiva la tormenta de ideas y la videoconferencia, un laberinto de salas dominadas por pizarras vileda con diagramas y en cuyo pasillo de entrada cuelga un cartel que reproduce la portada de Un mundo feliz, la visionaria distopía firmada por Aldous Huxley en 1932. Un total de 16 profesionales trabajan aquí. Publican en revistas académicas, hacen informes de riesgos para compañías tecnológicas, para gobiernos (por ejemplo, el finlandés) o para la ONU, que se dispone a crear su primer programa sobre Inteligencia Artificial —uno de cuyos representantes andaba la semana pasada por las oficinas del FHI—. Niel Bowerman, director adjunto, físico del clima y exasesor del equipo político de Energía y Medio Ambiente de Barack Obama, explica que en el instituto siempre estudian cómo de grande es un problema, cuánta gente trabaja en él y cómo de fácil es realizar progresos en esa área para determinar los campos de estudio.

Bostrom es el hombre que comanda el Instituto, el que decide por dónde se transita, el visionario. Desarrolla su labor gracias al impulso filantrópico de James Martin, millonario interesado en las cuestiones de los riesgos existenciales del futuro que impulsó el FHI hace diez años para que se estudie y reflexione en torno a aquellas cosas en las que la industria y los gobiernos, guiados por sus particulares intereses, no tienen por qué pensar.

Al filósofo sueco, que formó parte en 2009 de la lista de los 100 mayores pensadores globales de la revista Foreign Policy, le interesa estudiar, sobre todo, amenazas lejanas, a las que no le gusta poner fecha. “Cuanto más largo sea el plazo”, dice, “mayores son las posibilidades de un escenario de extinción o de era posthumana”. Pero existen peligros a corto plazo. Los que más le preocupan a Bostrom son los que pueden afectar negativamente a las personas como las plagas, la gripe aviar, los virus, las pandemias.

En cuanto a la Inteligencia Artificial y su cruce con la militar, dice que el riesgo más claro lo presentan los drones y las armas letales autónomas. Y recuerda que la guerra nuclear, aunque tiene pocas probabilidades de llegar, sigue siendo un peligro latente. “La gente parece haber dejado de preocuparse por ella; un cambio para mal en la situación geopolítica podría convertirse en un gran peligro”.

“Hay una carrera entre nuestro progreso tecnológico y nuestra sabiduría, que va mucho más despacio

La biotecnología, y en particular, la posibilidad que ofrece el sistema de edición genética CRISPR de crear armas biológicas, también plantea nuevos desafíos. “La biotecnología está avanzando rápidamente va a permitir manipular la vida, modificar microbios con gran precisión y poder. Eso abre el paso a capacidades muy destructivas”. La tecnología nuclear, señala, se puede controlar. La biotecnología, la nanotecnología, lo que haga alguien un garaje con un equipo de segunda mano comprado en EBay, no tanto. Con poco se puede hacer mucho daño.

Superada su etapa transhumanista —fundó en 1998 junto a David Pearce la Asociación Mundial Transhumanista, colectivo que aboga de modo entusiasta por la expansión de las capacidades humanas mediante el uso de las tecnologías—, Bostrom ha encontrado en la Inteligencia Artificial el terreno perfecto para desarrollar su trabajo. La carrera en este campo se ha desatado, grandes empresas —Google compró en 2014 la tecnológica DeepMind— y Estados pugnan por hacerse con un sector que podría otorgar poderes inmensos, casi inimaginables.

Uno de los escenarios que proyecta en su libro, cuya versión en español publica el 25 de febrero la editorial Teell, es el de la toma de poder por parte de una Inteligencia Artificial (AI, siglas en inglés). Se produce una explosión de inteligencia. Las máquinas llegan a un punto en que superan a sus programadores, los humanos. Son capaces de mejorarse a sí mismas. De desarrollar grandes habilidades de programación, estratégicas, de manipulación social, de hacking. Pueden querer tomar el control del planeta. Los humanos pueden ser un estorbo para sus objetivos. Para tomar el control, esconden sus cartas. Podrán mostrarse inicialmente dóciles. En el momento en que desarrollan todos sus poderes, pueden lanzar un ataque contra la especie humana. Hackeardrones, armas. Liberar robots del tamaño de un mosquito elaborados en nanofactorías que producen gas nervioso, o gas mostaza.

Esta es simplemente la síntesis del desarrollo de un escenario. Pero, como decía la crítica de Superinteligencia de la revista The Economist, las implicaciones de la introducción de una segunda especie inteligente en la Tierra merecen que alguien piense en ellas. “Antes, muchas de estas cuestiones, no solo las del AI, solían estar en el campo de la ciencia ficción, de la especulación”, dice Bostrom, “para mucha gente era difícil de entender que se pudiera hacer trabajo académico con ello, que se podían hacer progresos intelectuales”.

El libro también plantea un escenario en que la Inteligencia Artificial se desarrolla en distintos sectores de manera paralela y genera una economía que produce inimaginables cotas de riqueza, descubrimientos tecnológicos asombrosos. Los robots, que no duermen, ni reclaman vacaciones, producen sin cesar y desbancan a los humanos en múltiples trabajos.

— ¿Los robots nos enriquecerán o nos reemplazarán?

— Primero, tal vez nos enriquezcan. A largo plazo ya se verá. El trabajo es costoso y no es algo deseado, por eso hay que pagar a la gente por hacerlo. Automatizarlo parece beneficioso. Eso crea dos retos: si la gente pierde sus salarios, ¿cómo se mantiene? Lo cual se convierte en una cuestión política, ¿se piensa en una garantía de renta básica? ¿En un Estado del Bienestar? Si esta tecnología realmente hace que el mundo se convierta en un lugar mucho más rico, con un crecimiento más rápido, el problema debería ser fácil de resolver, habría más dinero. El otro reto es que mucha gente ve su trabajo como algo necesario para tener estatus social y que su vida tenga sentido. Hoy en día, estar desempleado no es malo solo porque no tienes dinero, sino porque mucha gente se siente inútil. Se necesitaría cambiar la cultura para que no pensemos que trabajar por dinero es algo que te da valor. Es posible, hay ejemplos históricos: los aristócratas no trabajaban para vivir, incluso pensaban que tener que hacerlo era degradante. Creemos que las estructuras de significado social son universales, pero son recientes. La vida de los niños parece tener mucho sentido incluso si no hacen nada útil. Soy optimista: la cultura se puede cambiar.

A Bostrom se le ha acusado desde algunos sectores de la comunidad científica de tener visiones demasiado radicales. Sobre todo, en su etapa transhumanista. “Sus visiones sobre la edición genética o sobre la mejora del humano son controvertidas”, señala Miquel-Ángel Serra, biólogo que acaba de publicar junto a Albert Cortina Humanidad: desafío éticos de las tecnologías emergentes.“Somos muchos los escépticos con las propuestas que hace”. Serra, no obstante, deja claro que Bostrom está ahora en el centro del debate sobre el futuro de la Inteligencia Artificial, que es una referencia.

— ¿Proyecta usted una visión demasiado apocalíptica en su libro de lo que puede ocurrir con la humanidad?

— Mucha gente puede quedarse con la impresión de que soy más pesimista con la AI de lo que realmente soy. Cuando lo escribí parecía más urgente tratar de ver qué podía ir mal para asegurarnos de cómo evitarlo.

— Pero, ¿es usted optimista con respecto al futuro?

— Intento no ser pesimista ni optimista. Intento ajustar mis creencias a lo que apunta la evidencia; con nuestros conocimientos actuales, creo que el resultado final puede ser muy bueno o muy malo. Aunque tal vez podríamos desplazar la probabilidad hacia un buen final si trabajamos duramente en ello.

— O sea, que hay cosas que hacer. ¿Cuáles?

— Estamos haciendo todo lo posible para crear este campo de investigación de control problema. Hay que mantener y cultivar buenas relaciones con la industria y los desarrolladores de Inteligencia Artificial. Aparte, hay muchas cosas que no van bien en este mundo: gente que se muere de hambre, gente a la que le pica un mosquito y contrae la malaria, gente que decae por el envejecimiento, desigualdades, injusticias, pobreza, y muchas son evitables. En general, creo que hay una carrera entre nuestra habilidad para hacer cosas, para hacer progresar rápidamente nuestra capacidades tecnológicas, y nuestra sabiduría, que va mucho más despacio. Necesitamos un cierto nivel de sabiduría y de colaboración para el momento en que alcancemos determinados hitos tecnológicos, para sobrevivir a esas transiciones.

Fuente: El País

Después de la singularidad, ¿qué? 7 futuros hipotéticos entre la humanidad y la inteligencia artificial

¿LA CIVILIZACIÓN HUMANA TIENE FUTURO ANTE UNA ENTIDAD QUE FÁCILMENTE PODRÍA SOBREPASARNOS INTELECTUAL Y TECNOLÓGICAMENTE? ¿NUESTRA ESPECIE SERÁ VÍCTIMA DE SU PROPIA INVENCIÓN?

Ray Kurzweil El Futuro y la Singularidad Tecnológica

El ser humano es una especie sorprendente por la capacidad de ir más allá de sus propios recursos. Ese fue el recurso que aseguró la supervivencia del género y aun ahora nos mantiene en este planeta. El desarrollo intelectual de nuestra especie permitió que comprendiésemos los procesos del mundo para, poco a poco, utilizarlos a nuestro favor. En cierta forma eso es la tecnología: la manipulación del medio para asegurar nuestra supervivencia.

Esa, sin embargo, es una definición elemental. Con el tiempo nuestra tecnología llegó a un punto en el que parece encaminada a desprenderse del ser humano, a existir autónomamente e incluso continuar su existencia por medio de mejoras que puede implementar por sí misma.Grosso modo, esas son las cualidades de la inteligencia artificial, la cual podría alcanzar un grado de perfeccionamiento que en el dominio especializado se conoce como singularidad.

Recientemente, George Dvorsky elaboró en el sitio io9 una lista con escenarios hipotéticos, aunque inesperados, que podrían ocurrir una vez que la tecnología cobre conciencia de sí misma y tome decisiones al margen de los intereses de nuestra especie.

Después de todo, si la inteligencia artificial está hecha a nuestra imagen y semejanza, no sería extraño que hiciera lo que nosotros ya hacemos con otros seres vivos de este planeta.

¿Una humanidad interconectada por el placer?

Supongamos que un dispositivo de Superinteligencia Artificial que se mejora a sí mismo (SAI, por sus siglas en inglés) llega a la conclusión de que el propósito último de la existencia es el placer. De entrada no sería un razonamiento extraño, pues ya el ser humano en algún momento de su historia pensó algo parecido (el caso más célebre es el del filósofo griego Epicuro). Supongamos entonces que dicho dispositivo concluye no sólo que ese es el propósito de su existencia, sino también de la humanidad. En un escenario de tecnología extrema en el que pudiéramos recibir estimulación transcraneal, ¿podría una entidad robótica mantener conectada a toda la población en una fantasía de placer artificial continuo?

La huida

Otra conclusión factible: después de analizar posibilidades y escenarios hipotéticos, la entidad dotada con SAI concluye que la mejor alternativa es abandonar al ser humano y este planeta: “Hasta luego, y gracias por el pescado”.

La distopía del control único

Una entidad superinteligente, construida en el marco de los límites del razonamiento humano, podría llegar a la conclusión de que para cumplir con su razón de ser antes tiene que asegurar su supervivencia. ¿De qué manera? Eliminando cualquier situación o entidad que le represente una amenaza, lo cual implicaría vigilar, controlar y, en fin, convertirse en el punto focal de un régimen totalitario en donde todo sucedería bajo su mirada.

El hombre vs las máquinas y la regresión civilizatoria resultante

En varias fantasías de ciencia ficción la convivencia entre el hombre y la inteligencia artificial pronto deviene dependencia y, a partir de ahí, sometimiento: al ceder tantos aspectos de su vida y sus acciones cotidianas, la humanidad termina esclavizada por su propia invención. ¿Y no es este el antecedente de la rebeldía que, por otro lado, también ha caracterizado a nuestra especie? El resultado sin embargo sería que, si la humanidad resultara triunfante en esta lucha, tal vez tendría que comenzar a reconstruir su historia desde una etapa parcialmente primitiva.

Encuentros cercanos

Si la humanidad fuera capaz de desarrollar una entidad de Superinteligencia Artificial, es posible que ello implicaría también la consecución de la tecnología necesaria para entrar en contacto con civilizaciones extraterrestres. Quizá la singularidad es el punto indicado para demostrar el avance de nuestra especie, el logro necesario para que otras civilizaciones presten atención a lo que sucede en la Tierra.

Si es el caso, ¿esas civilizaciones permitirían que continuásemos con nuestro propio desarrollo?

¿Despertar del sueño?

 

La posibilidad de que vivamos en una simulación hecha por computadora podría tener en la singularidad su punto ciego. Tal vez esto que vivimos es la fantasía virtual de una civilización humana mucho más avanzada de lo que somos capaces de imaginar; quizá somos parte de un experimento que busca conocer el efecto de múltiples variables. Si este fuera el caso, tal vez conseguir la singularidad en IA equivaldría a alcanzar el límite de un sistema después del cual no habría nada.

El hack último

¿Una SAI podría descifrar los misterios del cosmos? ¿Podría encontrar la manera de detener la entropía? ¿Podría generar una especie de universo artificial alterno conectado con el que conocemos por medio de un agujero de gusano? Si su propósito es asegurar su supervivencia, ¿no llegaría hasta lo último para conseguirlo?

Fuente: pijamasurf

Un concurso enfrenta a hombre y máquina creando relatos, música y poesía

El jurado valora si el trabajo ha sido generado o no automáticamente y cuál prefiere 

Un equipo del Dartmouth College en Hanover, Estados Unidos, ha organizado una competición para inspirar a los investigadores de inteligencia artificial en un nuevo reto, ser capaces de crear relatos cortos, sonetos o una pieza de música de baile mediante un algoritmo que resulte imperceptible para el público o incluso preferible a lo que hace el hombre. Con ello aspiran a alcanzar una nueva dimensión de la inteligencia artificial, la inteligencia creativa. Los concursos se celebrarán durante el próximo curso académico. Por Patricia Pérez

Las áreas de aplicación de la inteligencia artificial han ido aumentado a medida que avanza la tecnología y su nivel de aceptación en campos tan dispares como la robótica, la medicina, la educación o el entretenimiento. Su incursión facilita ciertas tareas propias del hombre y reduce los costos, aunque todavía queda un escollo, la creatividad.

¿Puede un algoritmo pasar por un escritor, un poeta o un DJ? Una competición en el Dartmouth College en Hanover, Estados Unidos, está a punto de averiguarlo. La universidad está buscando algoritmos de inteligencia artificial capaces de crear relatos cortos, sonetos y piezas de música de baile de “calidad humana”, para enfrentarse a una selección de estas piezas creadas por el hombre.

Según recoge un artículo publicado en Idaho Statesman, ni público ni jueces sabrán cuál es cuál. El objetivo es determinar si se pueden distinguir con facilidad y si, llegado el caso, prefieren la creatividad generada por ordenador.

“Cuando demostramos avances en inteligencia artificial, siempre hay quien cuestiona que un ordenador no pueda pintar una puesta de sol o escribir un hermoso soneto de amor, pero ¿realmente podría?” Esa es la pregunta que se plantea Dan Rockmore, director del Neukom Institute para Informática en Dartmouth, lo que le impulsó para organizar esta competición.

Variante del Test de Turing

A Rockmore, profesor de matemáticas e informática, se le ocurrió la idea de los concursos mientras montaba en bicicleta estática. Cayó en la cuenta de que la música que se escuchaba durante su clase de spinning le ayudaba a pedalear siguiendo el ritmo, y se sorprendió cuando el instructor le dijo que seleccionaba las canciones sin ayuda de programas informáticos.

Esto le hizo plantearse si podría desarrollar un programa que desempeñara tal tarea, pues se trata de un acto creativo, y si un equipo o algoritmo podría crear algo cuyo resultado fuera imperceptible o incluso preferible a lo que hace el hombre. De esta forma, el objetivo final de las competiciones es “inspirar a los investigadores de inteligencia artificial para que asuman ese reto y sean capaces de crear otra dimensión de la IA, la inteligencia creativa”, explica Rockmore.

El resultado de estos planteamientos es una competición con variaciones del Test de Turing, llamado así por el informático británico Alan Turing, quien en 1950 propuso un experimento para determinar si un equipo podía tener inteligencia semejante a la humana. La prueba clásica de Turing consiste en programas informáticos inteligentes capaces de engañar a una persona con la que mantienen una conversación, en torno a la cual se han organizado muchas competiciones en los últimos años.

También se ha dirigido la investigación a crear programas informáticos para generar música o texto. The Associated Press, por ejemplo, comenzó a usar hace un año programas que generan automáticamente informes económicos sobre los resultados trimestrales de empresas, y planea sustituir asimismo a reporteros en temas deportivos universitarios.

Lo que diferencia a los concursos de Dartmouth es la evaluación por parte de jueces para determinar si el trabajo se ha generado por hombre o máquina, y si la gente prefiere el trabajo creado desde un ordenador. En este sentido, será interesante ver quién juzga, pues sería más significativo, por ejemplo, engañar a un editor con un relato generado por ordenador que a un lector medio. El nombre de los jueces se dará a conocer en septiembre.

Reglas del juego

Los concursos, a los que se ha llamado DigiLit, PoetiX and AlgoRhythms, tendrán lugar el próximo curso académico, con entrega de premios en abril. El primero de ellos pretende recompensar algoritmos que podrían, por ejemplo, escribir relatos cortos para una clase de escritura creativa, en la que se pide a los estudiantes presentar una nueva historia cada día.

PoetiX valorará sólo sonetos tradicionales, es decir, catorce versos distribuidos en cuatro estrofas. En sendos concursos de escritura, si un relato o poema creado por una máquina es calificado como humano por la mayoría de los jueces, los creadores ganarán 5.000 dólares, y habrá un premio de 3.000$ al equipo con el mejor software.

En AlgoRhythms, seis finalistas competirán contra DJs humanos durante una fiesta de baile, en la que deberán seleccionar temas de una lista de 1.000 pistas que se dará a conocer justo antes de la competición. Tanto los DJs humanos como los ordenadores no serán visibles desde la pista de baile, y será el público quien decida si prefiere el hombre o la máquina. El premio será también de 3.000 dólares.

Con estas competiciones Rockmore no pretende lanzar un ataque a la imaginación. Más bien, según sus palabras, se trata de otra manera de “investigar la relación de la creatividad y el gusto humano con la neurociencia”.

Fuente: Tendencias21

CONECTOMA. Las conexiones del cerebro

Cómo se conectan las neuronas 

Problema del Camino mínimo – Algoritmo de Dijkstra 

Conectoma. Sebastian Seung 

El  neurocientífico Sebastian Seung está buscando la manera de mapear las conexiones del cerebro que revelen cómo se arraigan nuestros recuerdos y nuestra personalidad.

El cerebro humano tiene 100 mil millones de neuronas, cada una de las ellas está conectada a muchos otras. Los neurocientíficos creen que estas conexiones son la clave de nuestra memoria, la personalidad e incluso los trastornos mentales como la esquizofrenia. Si desvelamos esto seremos capaces de aprender más acerca de cómo llegamos a ser nosotros mismos, e incluso cómo poder alterar esos mismos.

La cartografía de todas esas conexiones puede sonar como una tarea de enormes proporciones, pero el neurocientífico del MIT, Sebastian Seung, cree que se puede hacer, a un milímetro cúbico de tejido cerebral cada vez.

“Cuando se empieza a explicar lo difícil que sería encontrar el conectoma (mapa de conexiones neurales) de un cerebro completo, la gente pregunta, “y eso ¿para qué sirve? Parece que ya es pasarse”. Pero incluso el hallar o mapear las conexiones en una pequeña porción de cerebro te puede decir mucho”, señala Seung, profesor de neurociencia computacional y de física en el MIT.

Nuestro conectoma, incluso más que nuestro genoma, da forma a lo que somos, dice Seung, que describe su visión de la investigación del conectoma en un nuevo libro, “Connectome”, publicado este mes por Houghton Mifflin Harcourt. “Es evidente que los genes son muy importantes, y ya que estos no cambian después del momento de la concepción, tampoco dan cuenta realmente a los efectos de la experiencia”, dice.

El lecho de la conciencia 

Seung imagina las conexiones cerebrales como un “cauce” por el cual fluye nuestra conciencia. A nivel molecular, este cauce consiste en miles de millones de sinapsis, donde cada neurona envía señales a la siguiente a través de los neurotransmisores químicos. Antes se pensaba que una vez formadas las sinapsis no se podían cambiar, ahora se sabe que las sinapsis continuan fortaleciéndose, debilitándose, desapareciendo y transformándose, a medida que aprendemos cosas nuevas y adquirimos nuevas experiencias.

En tanto que los neurólogos, desde hace mucho tiempo, funcionan con la hipótesis de que la clave de nuestra propia excepcionalidad radica en esas conexiones, pero esto ha sido imposible de probar debido a la ausencia de una tecnología para mapear las conexiones. Eso ahora está cambiando, gracias a los esfuerzos de Seung y unos cuantos neurocientíficos más por todo el mundo.

En el Instituto Max Planck de Investigación Médica en Heidelberg, Alemania, los neurocientíficos del laboratorio de Winfried Denk, han cogido unas rodajas muy delgadas de tejido cerebral y han generado imágenes por microscopio electrónico de todas las conexiones neuronales dentro de cada sector. Unas imágenes de alta resolución parecidas, se están adquiriendo en el laboratorio de Jeff Lichtman, en la Universidad de Harvard. Sin embargo, el siguiente paso, el mapeo de dichas conexiones, es extremadamente lento. Seung estima que harían falta 100.000 años para que un único trabajador rastreara las conexiones de tan sólo un milímetro cúbico de tejido cerebral.

Para ver si pueden acelerarlo, Seung y sus colegas, han desarrollado un sistema de inteligencia artificial (IA), que presentaron en la Conferencia Internacional sobre ‘Computer Vision and the Neural Information Processing Systems’ en 2009. Sin embargo, el sistema aún requiere de orientación humana, por lo que los investigadores están solicitando ayuda del público en general, a través de un sitio web, llamado eyewire.org. “El cerebro es como una selva inmensa de las neuronas”, comentaba Seung. “Como árboles que tienen todas sus ramas enredadas, y la gente nos puede ayudar a explorar todo eso.”

Los participantes del proyecto Eyewire ayudarán a guiar el programa de ordenador cuando pierde el rastro de una extensión neuronal que está en medio de una maraña de neuronas.

“El ordenador se detiene cuando no tiene certeza, pero el usuario puede hacer clic con el ratón y decir el color que hay ahí, el ordenador entonces comenzará a colorearlo de nuevo, y así en adelante. De esta manera estará guiando al ordenador”, explica Seung. Además, el sistema se va conviertiendo en “inteligente” conforme la gente lo va guiando, por lo que se necesita cada vez menos ayuda a medida que avanza.

En vez de abordar el cerebro humano directamente, los investigadores están empezando con porciones de 300 por 350 por 80 micras de corte del tejido de la retina del ratón. Las imágenes de tan sólo este pequeño trozo de tejido llegan hasta un terabyte de datos, lo bastante para contener 220 millones de páginas de texto.

En una revisión publicada en New Scientist, Terrence Sejnowski, el profesor de Neurobiología Computacional, Francis Crick, del Instituto Salk, dice en su libro “da un sentido de emoción a la vanguardia de la neurociencia”. Sejnowski señala que la conectómica, al igual que la genómica, se verá favorecida por el rápido avance de la tecnología. “Una vez que se ha logrado un determinado umbral, algo que parecía imposible se vuelve factible, y pronto se convierte en rutina”, escribe.

El cableado cerebral 

Mientras que el conectoma de cada persona es diferente, las diferencias extremas pueden explicar trastornos mentales como el autismo y la esquizofrenia. Los neurólogos han especulado largamente acerca de que el autismo y la esquizofrenia son causadas por problemas con el cableado del cerebro, pero aún no han sido capaces de probar esta teoría. Una vez que un conectoma humano típico haya sido mapeado, los científicos podrán compararlo con los diagramas de cableado de pequeñas porciones de cerebros de los ratones, diseñados para expresar el autismo o los síntomas de la esquizofrenia, con la esperanza de averiguar por qué estos trastornos surgen y, potencialmente, cómo tratarlos.

“Encontrar esas diferencias, por supuesto, no significa una cura o tratamiento, es sólo un punto de partida. Pero me atrevería a decir que ser capaz de ver esas diferencias sería un gran paso adelante”, comenta Seung. “Imagíne el estudio de las enfermedades infecciosas antes de que hubieran microscopios. Se podían ver los síntomas, pero no se podían ver a los microbios. Por eso, durante mucho tiempo, la gente no creía que la esquizofrenia tuviese una base biológica, porque ellos veían el cerebro y ahí no había nada claramente erróneo.”

En la última sección de Connectome, Seung aborda algunas aplicaciones futuristas de la conectómica, ideas extraídas directamente de la ciencia ficción, como la carga de cerebros humanos en las computadoras o cuerpos congelados para conservarlos hasta que la tecnología se desarrolle para traerlos de nuevo a la vida.

“Mi meta en esos capítulos, es apuntar que podemos empezar a analizar esos sueños de una manera crítica”, dice Seung. Por ejemplo, sugiere que la criónica sólo será un plan factible si se puede demostrar que el conectoma sobrevive intacto a la congelación y descongelación. “Mi idea en esos capítulos es introducir una dosis de ciencia en la ciencia ficción.”

Fuente: Bitnavegantes