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Complejidades de la tecnología en la Edad Media
Junio 9, 2008 · Dejar un comentario
Categorías: Arte, ciencia, tecnología, matemáticas y literatura
SINCRONÍA hará temporalmente una pausa.
Mayo 28, 2008 · Dejar un comentario
SINCRONÍA hará temporalmente una pausa. Durante este tiempo iré presentando algunos videos muy interesantes y cercanos al tema científico y filosófico de ésta novela de fantasía y ciencia-ficción. Si aún no han comenzado a leerla, los invito a internarse en sus amenos e interesantes capítulos.
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Experimento doble ranura (Experimento de Young)
Mayo 26, 2008 · Dejar un comentario
Categorías: Arte, ciencia, tecnología, matemáticas y literatura
Etiquetado: onda cuántica
44.Texto. El manuscrito
Julio 19, 2007 · Dejar un comentario
Gadea descubrió pronto que el trabajo de copista no era oficio fácil, así lo decía el colofón de Silos Beatus que ella transcribió tiempo después en un hermoso manuscrito.
“Si no sabes lo que es la escritura podrás pensar que la dificultad es mínima, pero si quieres una explicación detallada, déjame decirte que el trabajo es duro: nubla la vista, encorva la espalda, aplasta la barriga y las costillas, tortura los riñones y deja todo el cuerpo dolorido…”
Y bien que lo sabía Gadea, pero su esfuerzo no fue inútil, su carácter y entusiasmo se vio enaltecido cuando Guinelli le entregó su primer manuscrito encuadernado. Un “Libro de Horas” con grandes y bellas ilustraciones, viñetas, orlas, iniciales mayores y peones y la más diversa decoración de pájaros, insectos, y varias miniaturas en página entera bellamente enmarcadas con guirnaldas florales resaltadas en tintas de colores y delicados baños de oro. El extranjero pidió permiso a las damas para mostrar en público la obra que era digna de la más selecta biblioteca de un rey, pero Gadea dijo que aún le faltaba mucho por aprender y que tal vez cuando hubiese copiado cuarenta y nueve obras más daría a conocer su trabajo. Tal como lo dijo lo cumplió, su extraordinario arte no se dio a conocer en vida porque sólo llego a copiar treinta y ocho manuscritos de insólita belleza. Y si no alcanzó el propósito de su objetivo fue porque de todos esos libros de invaluable estimación artística solo uno le interesaba de manera extraordinaria. Fue su propio manuscrito enigmático y clandestino al que le dedicó todo su ímpetu, su delirio, su arrebatado fervor, su frenesí nocturno bajo la tenue luz de las velas hasta que Melissa la descubrió dibujando mujercitas desnudas que se bañaban profanamente en retorcidas y extrañas tuberías. Fue patético y doloroso. Gadea trataba de explicarle a su tía abuela pero la mujer sumida en sollozos no escuchaba justificación ninguna.
-Tiitameli, Tiitamel perdóname, tenía que hacerlo.
Melissa salió terriblemente abatida de la habitación y no vio a su hija por varios días hasta que una criada le informó que la niña estaba muy enferma, para mayor complicación Apel que estaba perdiendo la vista se encontraba en cama por una reciente caída. El médico diagnosticó a la paciente de extenuación excesiva complicada con dolencias y penas del corazón y todo eso sumado a un fatídico desconsuelo y la falta de alimentos complicó de manera inquietante la salud de la joven. Después de un mes Gadea no mostraba mejoría y por si fuera poco a Guinelli no le permitían verla. Melissa había fracasado o dejado en el olvido sus virtudes curativas y nada parecía ser un remedio apropiado para tan repentina aflicción.
-Necesita el olor de la tinta. –dijo Apel- que a tientas tomó un frasco, una pluma y algunos folios de pergamino.
-Ayúdame Melissa, tenemos que salvar a nuestra hijita. Las ancianas colocaron los implementos ineludibles del copista en un larguero y con gran delicadeza lo pusieron sobre la cama de la enferma. Gadea las sintió llegar, frente a ella, las ancianas la veían con ternura.
-Creo que debes terminar tu manuscrito, pero antes es necesario que comas una buena sopa de tu yaya. –sugirió con voz dulce y pausada la abuela que sólo distinguía bultos y manchas frente a sus ojos.
Melissa se acercó a Gadea, tomó su mano y la besó. –Debes terminar lo que has comenzado, compadece mi torpeza querida hija, no he sabido ver con claridad. -Dijo la tía abuela quien por primera vez en su vida le había dicho hija al ser más amado de sus entrañas.
Tan sólo unos días de severo reposo fueron suficientes para que Gadea se incorporara de nuevo a su perturbador scriptorium personal. Con vehemente devoción continuó el trazo de los dibujos que había visto en los muros de una de las salas del castillo del Ditriae-Corporum. Después de pulir el pergamino pasando sobre la superficie primero un cuchillo y después una piedra pómez para alisarlo y suprimir las manchas y asperezas del material, no se tomó la molestia, como solía hacerlo con cada pliego que utilizaba para la copia de los libros, de trazar guías para la caja de escritura, ni para las ornamentaciones, ni se preocupó en lo absoluto de contemplar espacios para decorados, iniciales, miniaturas o cualquier otra clase de ilustraciones que pudieran expresar un exceso vano e improductivo.
Había iniciado el manuscrito por la sección del “Poltrig” palabra relacionada con las tuberías de todo tipo por la cual circulaban los fluidos dinámicos y eran transportadas las mujercitas que inevitablemente iban a parar a las albercas regeneradoras que las mantenían imperturbables, sempiternas, rozagantes, incorruptibles, austeras, vigorosas y herméticas hasta la inmortalidad sumergidas en la saturación de ese humor acuoso. Cada fragmento del poltrig tenía una función específica que era supervisada palmo a palmo por un ejército de damiselas entregadas sin opción a esa inefable tarea. Gadea a diferencia de su aprendida labor de copista realizó primero los austeros dibujos del manuscrito secreto. Trazó con escuetas líneas los cuerpos y los rostros flemáticos de las mujercitas desnudas de vientres abultados. No obstante expuso con desmedido detalle las estructuras vivientes del Ditriae-Corporum, en particular los techos abovedados repletos de volutas gelatinosas y húmedos cilios colgantes ávidos del fluido imprescindible para perpetuar la dinámica nebulosa del sistema.
Melissa no se mantuvo ajena al proceso de elaboración del excéntrico libro, ella misma preparó los pigmentos para colorear, y más aún, matizó de verde, de café, azul y rojo las partes correspondientes de las plantas que además de parodiar la figura humana, sintetizaban los componentes moleculares del líquido verde-azul bajo los mitigantes rayos de un sol artificial que estimulaba la sensación del devenir del tiempo. Donde justo el tiempo y el espacio eran una ilusión, un desvarío del pensamiento atrapado en las cuerdas arqueadas por la fuerza de los diáfanos abalorios del Corporum-esferae. Varios folios del manuscrito los colmó de ilustraciones magistrales para representar la zona etérea y difusa, donde la nada era la saturación del todo habitado en un laberinto de confusión que se extendía inmutable en todos los sentidos de nueve dimensiones compactas y homogéneas como el aire que se comprime en los pulmones después de un hálito fugitivo que permanece en la cavidad de un instante.
Gadea no escatimó en descripciones gráficas o simbólicas en el texto del manuscrito subrepticio, que tal cual vio esculpido en los muros del castillo, reprodujo de su memoria con la fuente inescrutable de la escritura gadeana. La joven Ancarola no olvidó mencionar ni el más mínimo detalle, incluso realizó una ilustración con las cuatro torres centrales del Corporum-esferae donde atisbó desde las alturas a Ollg saludándole alegremente. Melissa copió varias decenas de folios del manuscrito donde la tinta de la pluma de Gadea goteó impunemente el pergamino en los albores de la madrugada al morir la emisión tenue de la candela. Y así, entre ambas concretaron la ardua labor de testimoniar los hechos acaecidos en una nanométrica fracción del universo que ellas habitaron sin lugar a dudas a través de los mundos paralelos.
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43.Texto. Scriptorium
Julio 13, 2007 · Dejar un comentario
Pamela descosió con sumo cuidado las hojas de su libro Sincronía, aunque el ejemplar de suyo estaba en buen estado, el papel era demasiado viejo y muy frágil. De esa forma podría escanear las ilustraciones sin maltratar el manuscrito. Creyó conveniente rediseñar los dibujos en CorelDRAW respetando al máximo el trazo original, no obstante se tomaría una pequeña licencia que le daría a su nueva versión la personalidad de un libro del tercer milenio anexándole un Cd interactivo con sugerentes y dinámicas animaciones proyectadas en la cadencia rítmica de voces y sonido. La traducción la había estado realizando paralelamente a la lectura y teniendo hasta ese momento suficiente material se dio por fin a la tarea de copiar la obra. Ferdinán le había traído un magnífico papel satinado cortado en tamaño carta, justo el formato que ella había elegido para la recuperación del manuscrito. Dotó de gran colorido y hermosos matices las viñetas del inicio y conservó un tipo de letra similar al del texto original para todos los títulos. Hizo impresiones laser de los primeros bocetos que al ser de su agrado los guardó de inmediato en un archivo de sus documentos. Una buena cantidad de ilustraciones eran de su propia cosecha, e inició las animaciones con el relato de las fiestas de consagración de la virgen Negra.
Yara había entrado a la habitación para hacer la limpieza, Pamela se distrajo al ver a la muchacha limpiar con un trapito cada uno de los objetos que se encontraban en una estantería con puertas de vidrio.
-¿Qué haces Yara? -Dijo la señora Perilló.
-Sacudo las figuras de porcelana.
-Las sacudiste ayer ¿verdad?
-Si señora Pamela, y anteayer también.
-¿No te parece que es demasiado sacudir?
-Es que aquí… cerca del mar entra un polvito muy fino.
-Ah… bueno, pero necesito que hagas otra cosa.
-Si, dígame señora Pamela.
-Siéntate en esa silla frente a la computadora.
-¿Aquí?
-Si, ahí mismo. –Dijo Pamela quién después de salvar el archivo en el que trabajaba en su Lap top se levantó del escritorio, encendió la máquina y abrió un documento de Microsoft Office Word.
-Quiero que copies un artículo de esta revista. Pon atención, éste es el teclado, tiene todas las letras para escribir las palabras y aquí en el monitor se ve lo que estás escribiendo.
La señora Perilló escribió el título mientras Yara ponía todos sus sentidos en lo que la mujer hacía.
-Con esta tecla grande se separan las palabras. –Dijo Pamela- Ahora inténtalo tú.
Yara escribió con excesiva lentitud los primeros renglones del texto ya que lo hacía sólo con el dedo índice de la mano derecha y se tardaba mucho en encontrar las letras. Al principio no ponía mayúsculas ni acentos porque no sabía pero en pocos días mostró tal interés que Pamela le enseñó incluso a dar un formato atractivo al documento.
Romelia no podía ocultar el orgullo que sentía por su hija y con gran agrado les llevaba café con pastelillos a media mañana y en la tarde que ella misma preparaba. Pamela pretendía terminar pronto el proyecto Sincronía pues en menos de dos meses regresarían a la recién transformada y ultramoderna casa, ahora Centro de Investigación las Gárgolas.
A Apel le pareció excesivo el mobiliario para los trabajos de copista que Gadea estaba por iniciar, en cambio Melissa se moría de ganas por tener cualquier cosa que se le pareciera. Las dos mujeres no tuvieron más remedio que mudar sus sillones con todo y taburetes repletos de ganchillos, tules, cestas, hilos de seda y algodón, agujas de metal y madera, vaporosas telas, tijeras, bastidores, dedales y demás enseres para las labores que durante tantos años fueron el único esparcimiento en las largas horas de tedio de las hermanas Ferrater.
El primer lunes de un mes de octubre se iniciaron las clases. Antonello Guinelli llegó acompañado del mozuelo que cargaba una valija con diversos materiales. Apel y Melissa lo recibieron con verdadero agrado, después de concederles un breve saludo, el joven se dirigió a Gadea que se encontraba ya sentada en su primoroso sillón de copista. Lo primero que hizo Guinelli fue colocar sobre un costado plano del escritorio un frasco de tinta, varias plumas de oca, unos lápices de grafito, un trozo de yeso, un par de piedras pómez, un cortaplumas, cuchillas, dos punzones, uno más fino que el otro, una regla, algunas tablillas y un estilete. Seguidamente puso un grueso de pergamino amarillento encima de una angosta mesa provista de varias cajoneras. Del montón, tomó un pliego y lo puso sobre la superficie inclinada del escritorio de Gadea y con un grafito de punta fina trazó sobre la hoja una larga línea tan nítida y tan recta que parecía haberla hecho con la ayuda de una regla.
-Ahora usted trace una línea igual. –dijo el extranjero.
-Gadea tomó el grafito que Guinelli sostenía en su mano, no pudo evitar ruborizarse e inmediatamente bajó la mirada, deslizó el carboncillo con tal fuerza que dejó sobre el papel una gruesa raya que parecía el contorno impreciso de la sierra Tramuntana.
Apel y Melissa aún permanecían de pie en el salón y parecieron preocuparse seriamente cuando Guinelli dijo.
-Inténtelo nuevamente, con menos fuerza y más seguridad.
Gadea dibujó otra raya pero ahora tan débil que en algunos tramos apenas se veía. Las ancianas se acercaron para ver los trazos, pero antes que pudieran opinar algo el joven le ordenó al mozuelo que trajera un par de sillas para las damas. Las señoras se acomodaron a cierta distancia desde donde podían ver las líneas que Gadea dibujaba en el pergamino, durante toda la clase guardaron silencio tal cual les había indicado el aprendiz de preceptor.
Hora y media después de tediosos ejercicios las cosas en realidad no habían estado nada mal. A no ser porque la mano derecha, la espalda y el cuello de la joven Ancarola comenzaban a hormiguearle. Había trazado infinidad de rayas horizontales, verticales, inclinadas en un sentido y en otro, cruzadas, quebradas y entrecortadas. Pero lo mejor de todo fueron los círculos grandes y pequeños, que tenían que ser tan redondos como la luna llena, y las líneas curvas tan graciosas como las olas del mar y los medios círculos como los arcos de las ventanas y los cuartos de círculo que eran lo mismo pero cortados a la mitad y finalmente las figuras de cuadros y rectángulos y los diferentes triángulos con los que construyó algunas estrellas y mil cosas más, después de hecho todo eso, dijo Guinelli. –Muy bien mi apreciable Gadea, repítalo todo cien veces más. El extranjero le dedicó una tierna sonrisa a la joven Ancarola, y se despidió cortésmente de las señoras.
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42.Texto. La imprenta
Julio 9, 2007 · Dejar un comentario
Sobre la calle del Olivo colgado de un hermoso herraje se distingue un letrero cuyo texto en notable estilo caligráfico con letra fraktur dice “Imprenta Pagolo Signere”. Gadea lo vio a lo lejos y sintió un vuelco en el estómago. En la entrada de la casona el mozuelo portador de las Fábulas de Diógenes Laercio aguardaba a las ilustres visitantes y tan pronto distinguió el carruaje dio aviso alertando al amo Antonello Guinelli quién hizo las señas convenidas para dar inicio a la ceremonia de recepción. El coche se detuvo y sin premura, disimulando cualquier indicio de exaltación, como cualquier respetable y distinguido gentilhombre, el mismo extranjero abrió la portezuela del carruaje y con gran cortesía ayudo a las hermanas Ferrater y a Gadea a descender del coche. Una comitiva precedida por el controvertido Signere encaminó a las damas hasta la breve escalinata que daba acceso al patio central. Gadea detuvo la vista en el céntrico balcón del segundo piso que inundado de luz era el punto focal de la rigurosa simetría entre los ventanales y las arcadas que enseñoreaban el conjunto de la edificación erigida sobre el fundamento de una planta cuadrada. Más maravillada quedó con la fuente cubierta de azulejos y el estanque circular rodeado de jardineras y meandros que invitaban a disfrutar del aire fresco y la plácida sombra de un vetusto olmo.
Desde ahí, Guinelli condujo a las señoras al primer salón de la imprenta donde se fundían los diferentes tipos. Los hombres diligentes veían a las mujeres de reojo, que interesadas en su labor atendían las explicaciones de Antonello. Apel vigilante, permanecía alerta a cualquier indicio censurable. Se había prometido no tolerar con su presencia la aprobación de algo indigno que pusiera en boca del pueblo de Pollenca en tela de juicio su buen nombre. Rebuscó algún posible barrunto hasta en las modestas cajas repletas de letras metálicas que habían sido vaciadas al revés. Husmeó incluso en las ropas viejas y desgastadas que se escondían bajo el guardapolvo de los fundidores afanados con esmero en el llenado de los moldes. Escarbó con la mirada cada uno de los rincones de las salas donde las pieles de carnero eran convertidas en tersa vitela. Se cubrió con un pañuelo la nariz para no oler las sustancias corrosivas ni aspirar el polvo de la cal ni los pelos que volaban vaporosos del cuero de los animales hasta caer livianos bajo los recovecos de pesados bastidores.
La viuda de Ancarola se cuidó bien de no pisar los cerros de trapos y paños viejos dispuestos en el piso para la elaboración del pergamino y el papel. Melissa la sintió incómoda, no obstante le hizo un ademán para que guardara el pañuelo, cosa que hizo al entrar a la sala de los cajistas donde se elaboraban las planchas con los tipos. Aunque no por mucho tiempo ya que tan pronto sintió el olor rancio del aceite de linaza hervido y coloreado con pigmento de humo, justo a la entrada propiamente dicha de la imprenta dio tremendo estornudo que no pudo evitar limpiarse la nariz con sonoro estropicio. El silencio se hizo en la sala por unos segundos después de los cuales los impresores continuaron con su oficio, acomodando los pliegos, entintando las planchas, manejando la prensa y vigilando el correcto secado de la tinta. Menos turbada se sintió en la sala de encuadernación donde se cosían las hojas de los libros y se les pegaban elegantes y vistosas pastas. Habían dado la vuelta al pasillo del patio central y cuando por fin creyó dar por concluida la mal lograda visita, Antonello Guinelli explicó que la imprenta como un invento de la época aún no conseguía desplazar el gusto y las exigencias de la mayoría de los monasterios cristianos o de un buen número de opulentos letrados de la nobleza quienes por encargo solicitaban la elaboración de manuscritos. Decía esto al tiempo que les indicaba el acceso a las escaleras que conducían al segundo piso.
Las tres mujeres entraron a la sala de los copistas donde el silencio, la limpieza y el orden imperaban. Esta enorme habitación, scriptorium del artista, trasmitía la misma serenidad y el recogimiento de cualquier sacrosanta abadía. Melissa contempló con nostalgia a los virtuosos que sentados frente al atril reproducían cada letra, cada palabra, cada pensamiento cabal de toda una obra que habría más tarde de ser ilustrada al guaché, con témpera de huevo en esa primitiva forma oleosa para resaltar las ideas que toman forma en el resquicio de la imaginación. Se vio ella misma, joven e ingenua frente al manuscrito del Magister Prinio Corella. Un profundo sufrimiento estrujó su corazón, habían pasado más de cuarenta y cinco años y por primera vez lamentó con toda su alma haber destruido el original. Cruzó por su mente la infame idea de haber silenciado los fundamentos de la Magna Obra. Por unos instantes cerró los ojos y pidió perdón. Perdón por haber escrito una clave tan equívoca en el laude de la inscripción sepulcral. Misericordia por haber reformado el manuscrito de Corella con una parte igual de texto, aunque estaba consciente de no haber añadido, modificado o quitado nada de su esencia, no obstante… ahora estaba segura que su expresión había sido tan enmarañada que había destinado la obra del Magíster a la noche oscura del olvido.
Gadea la tomó del brazo cuando se percató que había lágrimas en las mejillas de su tía abuela. La anciana esbozó una sonrisa apacible y por un instante creyó ver en los ojos claros de su hija el rostro del hombre que debió haber sido su padre. Pero no, no tenía la menor idea de sus rasgos, era tan solo un mal recuerdo hace mucho tiempo desterrado. El corazón se abandona al sufrimiento y fortalece el espíritu con los años, aunque deja una coraza impermeable que lo insensibiliza todo hasta la más elemental demostración de los buenos afectos. La madre y la hija siguieron a Guinelli quién se había adelantado con Apel, ambas mujeres se hicieron un guiño cuando vieron a la abuela ensimismada con el extranjero en franca conversación pues la sala recientemente visitada si era de su agrado.
No obstante, la biblioteca resultó ser el lugar predilecto de las mujeres que pudieron hojear muchos libros, no se cansaban de decir lo maravilladas que estaban con las magníficas ilustraciones y las tapas de fina piel grabada en su mayoría con letras doradas. Antonello Guinelli supo darle un toque mágico al feliz momento relatándoles que tales o cuales libros habían sido copiados para los servicios litúrgicos de la diócesis del obispo de Paris como la Magna Glossatura o el Setentiarum Libri IV, al igual que la Summa Theologiae, esta última obra muy requerida para la biblioteca papal y los monasterios de la orden Benedictina y el de Sahún. Aún no terminaba de decir que para la biblioteca de Carlos VII, y Luis XI así como para la colección particular del rey de Aragón y la biblioteca de Alfonso X y de otros tantos hombres ilustres que le resultaba tedioso enumerar, se habían copiado o impreso obras de Vitrubio, Virgilio, Ovidio, Marcial, Juvenal, Horacio y de gran cantidad de pensadores, científicos y sabios que habrían de cambiar el mundo al llevar a todos los rincones el conocimiento humano. Antonello había tomado carrera y estaba a punto de enumerar otra retahíla de nombres cuando Gadea lo interrumpió. –Me interesa un libro. -Estupefacto y a la vez muy complacido tardó en responder y con voz pausada dijo- Me puede indicar que libro le interesa.
-Aún no lo sé, dudo si las Epistolas Familiares de Cicerón o el Cancionero de Petrarca. –dijo señalando ambos ejemplares que se encontraban sobre una mesa y agregó- Me parece que debo empezar con algo sencillo.
-Son obras magníficas y de fácil lectura, estoy seguro que cualquiera de las dos las va a disfrutar mucho. –Aseguró el extranjero en tono circunspecto y de inmediato le preguntó- ¿Desea la obra impresa o prefiere un manuscrito?
-Ninguna de las dos.
-¿Ninguna de las dos? Dijeron los tres al mismo tiempo.
-Yo misma copiaré el libro, espero que usted tenga tiempo y voluntad para enseñarme, se le pagará bien por sus servicios.Guinelli aceptó de mil amores y en poco tiempo el salón de costura se había transformado en el espacio impoluto que cualquier honorable copista podría anhelar.
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41.Texto. Los perros
Julio 6, 2007 · Dejar un comentario
Llegó el día señalado y muy temprano las hermanas Ferrater junto con Gadea salieron para Pollenca. El día estaba pleno del aroma de los azahares y el cielo parecía trazado de una sola pincelada que revestía del mismo color las cálidas aguas del mediterráneo. Los campos cubiertos de verde se erguían bajo los rayos del sol y los campesinos saludaban alegremente al paso del carruaje descubierto. Las abuelas vestían con sobriedad elegantes trajes beiges con camisas de seda rosada Apel y gris perla Melissa. Las dos llevaban guantes de punto beiges y sombrillas del mismo color. Gadea lucía un hermoso vestido hecho para la ocasión en brocado de seda esmeralda que hacía resaltar más sus grandes ojos aceitunados.
Era la primera vez que las tres mujeres acudían a una reunión que no fuera para asistir a un enfermo, a la iglesia o a un evento de caridad en el pueblo. Las hermanas Ferrater nunca se imaginaron que serían ellas las que acudirían a una cita para verse con un hombre innoble señalado por el clero. Apel se persignó para sus adentros e hizo la señal de la cruz sin que se dieran cuenta su hermana y su nieta. Melissa se mostraba escrupulosa por primera vez en su vida, Gadea estaba enamorada, eso cualquier madre lo sabe, aunque ella no lo sabía por experiencia propia, podía reconocer en el semblante de su hija la luz que sus ojos irradiaban.
Muy próximas al centro del villorrio y sobradas de tiempo Apel discurrió que le gustaría comprar flores para el altar de la virgen de la Asunción, Gadea y Melissa accedieron pero la tía abuela en último momento dijo que prefería adelantarse a la iglesia para rezar unas plegarias así que ella se bajó del carruaje frente al templo mientras que las dos mujeres se siguieron hasta el mercado de las flores. En un reclinatorio de la capilla del Cristo Melissa oró con sincero recogimiento por su hija, permaneció unos momentos en esa actitud piadosa, hasta que los rayos del sol que se filtraban por los ventanales emplomados con vidrios de colores la inundaron de luz tornasolada. La mujer se persigno y salió del templo y cómo no vio el carruaje se siguió hasta la plaza de las Palomas donde buscó una banca bajo la sombra de un árbol. Aunque reconocía que desde chiquilla circunstancialmente Gadea solía hacer su voluntad nunca había sido injusta ni obstinada, de tal modo no había de que preocuparse, sin lugar a dudas, la actitud de su hija no era otra cosa que una minucia pasajera.
Con el ánimo sosegado volteó a los alrededores tratando de ver su carruaje y justo en ese momento, del otro lado de la calle vio salir del negocio de lencería y pasamanería a la señora Inés Vicuña de Font con su cuñada Anita quienes cruzaban la acera acompañadas de sus respectivas hijas. Cuando las damas y sus encantadoras crías pasaron frente a ella la saludaron afablemente. La rubia y más pequeña de las niñas le comentó a la otra. –Querida Nina ¿sabes que me gustaría ser de grande? Algo contestó Nina pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. –Qué raro. –pensó la anciana- siento como si esto ya lo hubiera vivido antes. Trató de evocar sus confusos recuerdos, pero era evidente que en su memoria el tiempo y los sucesos se trastocaban, y ante cualquier tentativa de ordenar el advenimiento de sus extrañas premoniciones todo le parecía quimérico, permaneció absorta tratando de entender lo sucedido hasta que la sacó de sus reflexiones la voz de Gadea que la llamaba.
-Tiitameli, Tiitamel.
Tan pronto como el carruaje arribó a la plaza, subió la anciana al coche que tomó carrera esquivando entre las patas de los caballos a un par de perros enfurecidos que tras un enorme lebrel se precipitaban a su babeante hocico que mordía un suculento hueso.
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