SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

46.Texto. Microcosmos

Agosto 4, 2007 · Dejar un comentario

microcosmos-¿Le ocurre algo señora Pamela? –Preguntó Yara a su patrona cuando la vio con la mirada llena de tristeza seguramente atrapada en algún lejano lugar.

-No, no… es el cansancio, creo que debemos dar un paseo. La señora Perilló se acercó al cristal de la ventana, la playa estaba solitaria y las olas en vaivenes fugaces apenas si  empapaban la arena.

-Dile a tu madre que no cocine, comeremos las tres en cualquier lugar.

Pamela se dirigió a la zona comercial y turística de Turritela, había varios restaurantes pero le llamó la atención uno que ostentaba el nombre de “Las Perlas”, sin otro motivo, ese le pareció el más adecuado para salir un poco de sus cavilaciones. Era la primera vez que Yara y Romelia comían en un lugar tan elegante, al principio se sentían cohibidas pero después de varios vasos de sangría con un poco de brandy, fluyó una amena conversación entre Pamela y la chica que no se apartaron del tema del dibujo, el color, la línea, los gráficos y lo más avanzado en programas de diseño para animaciones, e incluso hablaron de editar páginas web. -Adobe Photoshop y Adobe Flash te van a encantar, son  súper fáciles. –Decía la señora Perilló que estaba asombrada con la capacidad de aprendizaje de la muchacha. En el interior del establecimiento la luz artificial y la música creaban un ambiente muy agradable, la sobremesa se alargó con los tecnicismos de la charla, el postre y el café.

Era ya tarde cuando salieron del lugar, en la calle las sorprendió la luna llena que lo inundaba todo de un prodigioso fulgor. Pamela aspiró profundo la cercanía balsámica del mar que le trajo a la memoria las playas de su querida Barcelona. A punto de subir al auto vio nuevamente el anuncio de “Las Perlas” pero ahora notó algo que antes no había visto, los símbolos del número cuarenta y cinco labrados en bajorrelieve sobre una piedra de cantera. Durante el trayecto hacia la casa con la luna espejeando sobre la superficie nocturna del agua pensó que ella, sin dudarlo ni un momento, había elegido el restaurante por el sugestivo nombre. Pero el hecho de que el número del inmueble llevara la cifra de cuarenta y cinco era más que una casualidad. ¿Tal vez una señal? A fin de cuentas el talego que atesorara Melissa en el último halito de su existencia tenía que ser el mismo saco con las perlas que el Magíster Prinio Corella le había confiado años atrás, y que ahora ella poseía junto con otras joyas, unos impresos y el libro Sincronía. Más tarde no pudo conciliar el sueño ni apartar sus pensamientos de dicho número que sumaba nueve.

El nueve, se dijo, es un número misterioso. Evocó en su conjetura el sofisma de las nueve monedas de cobre que ideara un heresiarca de Tlön al que no lo movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Quienes argumentaron que si la igualdad comporta la identidad, habrían de admitir asimismo que las nueve monedas son una sola. De tal modo nueve perlas tenían que ser una sola, pero cinco grupos de colores diferentes de nueve perlas en nuestro mundo sustancial, seguían siendo cuarenta y cinco perlas. Los números, las perlas, las monedas y Borges en el espacio laberíntico de los espejos junto al reflejo transverso de la historia narrada en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius deshilvanaba en el sueño de Pamela la magnánima concepción del “eterno retorno” sujeto al movimiento del cosmos de un ilusorio universo, ya que nada en su sueño terminaba en un reductio ad absurdum pues siempre aparecían la misma cantidad de perlas una y otra vez chocando con inaudita fuerza en algún punto del contrafuerte hasta que una de ellas lograba accionar el mecanismo del sistema para intercambiar la energía interna con la del medio circundante eternizando el todo en medio de la nada. ¿De qué otra forma habría de comprenderse este movimiento dirigido en el organizado caos de los sistemas mentales? Porque evidentemente una carga de información estaba sujeta al sistema material pero las estructuras resultantes debían de ser producto de un orden más profundo de esta compleja información. Sí el nivel material era percibido por el nivel mental que actúa de forma recíproca sobre cierto desplegamiento de aspecto material, la información debía modificarse constantemente para ejercer la dinámica de las relaciones dentro de cualquier universo manifiesto. Así, de tal modo las sincronicidades serían una expresión de movimiento fundamental desplegadas como patrones de pensamientos y combinaciones de procesos materiales. En cada región del espacio-tiempo debía estar inmersa la conciencia del individuo, de ese solitario observador que preside toda una orquesta sin él saberlo. Pamela estaba convencida que Gadea había habitado un microcosmos atemporal donde el espacio fluctúa y se despliega simultáneamente en los aspectos mentales y materiales penetrando incluso en la concepción creadora de su propia existencia.

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