SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

Entradas de Agosto 2007

47.Texto ¿En verdad tú lo inventaste?

Agosto 28, 2007 · Dejar un comentario

los jarronesLa hacienda no volvió a ser la misma sin las hermanas Ferrater, la factoría Blau Turquí sufría el rigor de ciertos rivales italianos. En ese momento Florencia y Venecia eran las capitales de los perfumes y los sagaces  adversarios habían perfeccionado las fórmulas de las antiguas composiciones de sus propios aceites esenciales. Las cortes de los Médicis y de los Duxs de Venecia eran los mejores clientes de sus competidores, e incluso dichos personajes de la realeza, cuando viajaban se hacían acompañar entre su séquito de un renombrado alquimista también hacedor de fragancias. Por otro lado, de París habían surgido los guantes perfumados invadiendo el inflexible mercado Francés y de América y de la India llegaban a Europa nuevas materias primas que no fueron incorporadas a tiempo, mucho menos con un mínimo de perspicacia en la empresa que el banquero Georg Ancarola había declinado a la suerte del inepto y alevoso administrador de la hacienda Vicente de Rusiñol. En cambio la imprenta de Pagolo Signere subía como la espuma en la producción masiva de libros elaborados con papel de buena calidad y a un costo relativamente accesible. Los manuscritos siguieron elaborándose en el taller de copistas como obras de arte muy estimadas por algunos aristócratas, personajes de la iglesia y un pequeño grupo de selectos coleccionistas. Sin embargo, los naipes, principalmente los solicitados por encargo, que el mismo Antonello Guinelli diseñaba se distinguían por sus originales dibujos, donde conocidos caballeros de las cortes reales posaban junto a jabalíes, leones y perros en diferentes cartas para recrear algunos palos de la baraja. De igual forma, hasta un emperador, una duquesa, una papisa y otras tantas celebridades no menos importantes de la época fueron pintadas a mano sobre pergamino en las cartas del tarot por el artista Guinelli quién además realizó varios juegos de naipes con baños de oro y plata. La gran cantidad de diseños dio lugar a otras costumbres y emociones como el arte, la mitología, la adivinación, el erotismo y un sin fin de barajas españolas que Antonello en persona tallaba diestramente con buril sobre madera de cerezo o boj consciente de que su trabajo era lo más cotizado de la floreciente imprenta.  

Gadea se había entregado por completo al cuidado de su hija procurándole toda clase de mimos y atenciones, en cambio el padre de la pequeña tan pronto como la niña cumplió seis años la llevó a los talleres de impresión y la rodeó de tintas y papeles, lápices de grafito, trozos de yeso y plumas de oca que muy pronto aprendió a utilizar bajo la tutela del antiguo preceptor de su madre que no se cansaba de decir que la hija de ambos era doblemente virtuosa. Y en nada exageraba el orgulloso progenitor que muy cerca estuvo de caer en el rigor de la severidad imponiéndole a la niña extenuantes ejercicios que por fortuna no tardaron en dar maravilloso fruto. Kima a los dieciséis años era una artista consumada, experta xilografista e incansable lectora de una buena cantidad de libros que se fueron acumulando en la biblioteca familiar de la imprenta.                      

La señora Guinelli nunca superó la terrible noticia que leyera en los pliegos heredados de Melissa. Enterarse de tan inaudita forma que la tía abuela era su madre la marginó en un mundo de soledad más agudo que el de su adusta niñez. Jamás quiso saber de Georg ni Catalina, menos de ésta última que no se tomó la molestia de quererla al menos un poco. No estaba enojada con su yayita ni con tiitameli, estaba enojada consigo misma pero no encontraba la forma de encarar las cosas dolorosas de la vida, le faltaba el valor y la sabiduría de Melissa para entender que ciertos seres humanos deben manifestarse como una revelación creadora del universo. Necesitaba encontrar la dualidad de su ser para ordenar su mundo, tenía que estructurar su pensamiento para responder de un modo consciente y  racional la correspondencia con el universo. Así que no esperaría como su madre el momento aciago de su existencia para revelar los hechos que inscribieran en su memoria una circunstancia inusual. Lo primero que se le ocurrió fue desempolvar el juego del baricoke.  

Kima era muy analítica, todo lo quería saber y todo lo preguntaba.

-¿En verdad tú lo inventaste? –le decía intrigada a su madre.

-Sí, a la edad de cinco años.

-Eras muy pequeña ¿No? ¿Y cómo se te ocurrió?

-Exactamente no lo recuerdo, pero creo que lo soñé.

-¿Lo soñaste?

-No, en realidad no lo soñé, lo que sí recuerdo es que antes de dormirme cerraba los ojos y me imaginaba las teselas que Georg me había regalado ordenadas de esa forma.

-Querrás decir tu papá.

-Bueno, ya te expliqué que no sé quién es mi padre verdadero, pero en fin… mi papá Georg.

-O sea mi abuelo.

-Si, pero estamos hablando de otra cosa. Bueno… ¿Qué te iba a decir?

-Del baricoke.

-¡Ah, sí! -Gadea hizo una pausa y vio el techo como queriendo atrapar sus recuerdos, después de un momento dijo- Por esos días estaba buscando una escudilla en la cocina para preparar un poco de barro, y casualmente encontré una pequeña cazuela que me servía bien, pero me di cuenta que en ella había seis semillas de albaricoque. Se me hizo fácil arrojarlas al piso, cuando las semillas cayeron sobre el mosaico de pequeños cuadros blancos y negros noté que todas habían caído en segmentos negros.

-¿Todas?

-Sí.

-¿Y eso que tiene de raro?

-Pues que las tiré cientos y cientos de veces y nunca más volvieron a caer todas en negro. Con cierta frecuencia podían caer todas en blanco, pero en negro no volvieron a caer.

-Ah… ahora sí que me parece raro. ¿Estás segura?

-Completamente.

-¿Y qué pasó después?

-Se me ocurrió hacer un tablero con las teselas de colores.

-Y arrojaste sobre tu tablero las semillas.

-Sí

-¿Y?

-Un día descubrí que siempre podía adivinar al menos dos de los colores que iban a caer.

-¿Me lo puedes explicar un poco mejor?

Después de esa conversación la madre y la hija pasaban horas jugando al baricoke en el renovado salón de costura donde fueron a parar de nueva cuenta la mesita del tablero, el taburete para el registro y conjetura de los colores por salir, la caja de teselas y hasta las dos sillas que todo en su conjunto a pesar de los años se encontraba en perfectas condiciones.

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46.Texto. Microcosmos

Agosto 4, 2007 · Dejar un comentario

microcosmos-¿Le ocurre algo señora Pamela? –Preguntó Yara a su patrona cuando la vio con la mirada llena de tristeza seguramente atrapada en algún lejano lugar.

-No, no… es el cansancio, creo que debemos dar un paseo. La señora Perilló se acercó al cristal de la ventana, la playa estaba solitaria y las olas en vaivenes fugaces apenas si  empapaban la arena.

-Dile a tu madre que no cocine, comeremos las tres en cualquier lugar.

Pamela se dirigió a la zona comercial y turística de Turritela, había varios restaurantes pero le llamó la atención uno que ostentaba el nombre de “Las Perlas”, sin otro motivo, ese le pareció el más adecuado para salir un poco de sus cavilaciones. Era la primera vez que Yara y Romelia comían en un lugar tan elegante, al principio se sentían cohibidas pero después de varios vasos de sangría con un poco de brandy, fluyó una amena conversación entre Pamela y la chica que no se apartaron del tema del dibujo, el color, la línea, los gráficos y lo más avanzado en programas de diseño para animaciones, e incluso hablaron de editar páginas web. -Adobe Photoshop y Adobe Flash te van a encantar, son  súper fáciles. –Decía la señora Perilló que estaba asombrada con la capacidad de aprendizaje de la muchacha. En el interior del establecimiento la luz artificial y la música creaban un ambiente muy agradable, la sobremesa se alargó con los tecnicismos de la charla, el postre y el café.

Era ya tarde cuando salieron del lugar, en la calle las sorprendió la luna llena que lo inundaba todo de un prodigioso fulgor. Pamela aspiró profundo la cercanía balsámica del mar que le trajo a la memoria las playas de su querida Barcelona. A punto de subir al auto vio nuevamente el anuncio de “Las Perlas” pero ahora notó algo que antes no había visto, los símbolos del número cuarenta y cinco labrados en bajorrelieve sobre una piedra de cantera. Durante el trayecto hacia la casa con la luna espejeando sobre la superficie nocturna del agua pensó que ella, sin dudarlo ni un momento, había elegido el restaurante por el sugestivo nombre. Pero el hecho de que el número del inmueble llevara la cifra de cuarenta y cinco era más que una casualidad. ¿Tal vez una señal? A fin de cuentas el talego que atesorara Melissa en el último halito de su existencia tenía que ser el mismo saco con las perlas que el Magíster Prinio Corella le había confiado años atrás, y que ahora ella poseía junto con otras joyas, unos impresos y el libro Sincronía. Más tarde no pudo conciliar el sueño ni apartar sus pensamientos de dicho número que sumaba nueve.

El nueve, se dijo, es un número misterioso. Evocó en su conjetura el sofisma de las nueve monedas de cobre que ideara un heresiarca de Tlön al que no lo movía sino el blasfematorio propósito de atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a veces negaba la pluralidad y otras no. Quienes argumentaron que si la igualdad comporta la identidad, habrían de admitir asimismo que las nueve monedas son una sola. De tal modo nueve perlas tenían que ser una sola, pero cinco grupos de colores diferentes de nueve perlas en nuestro mundo sustancial, seguían siendo cuarenta y cinco perlas. Los números, las perlas, las monedas y Borges en el espacio laberíntico de los espejos junto al reflejo transverso de la historia narrada en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius deshilvanaba en el sueño de Pamela la magnánima concepción del “eterno retorno” sujeto al movimiento del cosmos de un ilusorio universo, ya que nada en su sueño terminaba en un reductio ad absurdum pues siempre aparecían la misma cantidad de perlas una y otra vez chocando con inaudita fuerza en algún punto del contrafuerte hasta que una de ellas lograba accionar el mecanismo del sistema para intercambiar la energía interna con la del medio circundante eternizando el todo en medio de la nada. ¿De qué otra forma habría de comprenderse este movimiento dirigido en el organizado caos de los sistemas mentales? Porque evidentemente una carga de información estaba sujeta al sistema material pero las estructuras resultantes debían de ser producto de un orden más profundo de esta compleja información. Sí el nivel material era percibido por el nivel mental que actúa de forma recíproca sobre cierto desplegamiento de aspecto material, la información debía modificarse constantemente para ejercer la dinámica de las relaciones dentro de cualquier universo manifiesto. Así, de tal modo las sincronicidades serían una expresión de movimiento fundamental desplegadas como patrones de pensamientos y combinaciones de procesos materiales. En cada región del espacio-tiempo debía estar inmersa la conciencia del individuo, de ese solitario observador que preside toda una orquesta sin él saberlo. Pamela estaba convencida que Gadea había habitado un microcosmos atemporal donde el espacio fluctúa y se despliega simultáneamente en los aspectos mentales y materiales penetrando incluso en la concepción creadora de su propia existencia.

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