Pamela estaba convencida de dicha aseveración, tal vez porque sentía que la incluía a ella, y porque la lectura comenzaba a tomar una dinámica inusitada de vivencias conectadas a través del tiempo. No era la primera ocasión que se sentía tentada a dar lectura a la última página de Sincronía, pero no sucumbió frente al temor de abrir de súbito una caja de Pandora. Le horrorizaba la idea del final, temía el desenlace, lo aparentemente predestinado. La paralizaba el desasosiego a sus tontas conjeturas y recelos así que aceleró la transcripción de su legado dejando para el final los detalles de las ilustraciones que Yara después de haber escaneado perfilaba a la perfección con la herramienta bézier de Corel.
Con un sencillo forro de color hueso Gadea después de coser los folios revistió las pastas del manuscrito secreto. El documento intitulado y sin numeración en las hojas tampoco llevaba el nombre de su autora ni la fecha ni cualquier clase de comentario que indicase alguna idea de su contenido incomprensible. Melissa mandó hacer un elegante bargueño con puertas de vidrio en cuyo doble fondo ocultaron el extraño testimonio del Ditriae-Corporum y las mujercitas desnudas. A lo largo de veintidós años el mueble fue albergando las treinta y ocho copias magistrales de Gadea quién sólo descansó unos cuantos días después de su boda con Antonello Guinelli. La joven pareja se quedó a vivir en la hacienda y durante cinco apacibles años, el impresor, la copista y las hermanas Ferrater pasaban las cálidas tardes del verano jugando naipes. Apel había perdido la vista por completo pero tenía el don de ver con la yema de los dedos los relieves sutiles que el extranjero marcaba en las esquinas superior derecha e inferior izquierda de cada naipe. La viuda de Ancarola era la más entusiasta en el juego, de tanto en tanto se decía. -¿Y cómo han podido prohibir esta baraja? Y que Dios me perdone, pero hasta Él mismo jugaría este juego.
Apel murió un hermoso día de primavera cuando el aroma y la floración de los azahares cubrieron de blanco y perfume los campos de naranjos. El paisaje de aspecto nevado rendía tributo junto al pueblo de Pollenca a una de las mujeres más emprendedoras en la industria de las fragancias, mermeladas, extractos y aceites esenciales que llegaban por igual a las tierras del mediterráneo como a las casas señoriales del nuevo mundo. Georg y Catalina llegaron a la hacienda justo a tiempo para verla morir en tan piadosa paz que su pálido rostro expresaba una tenue sonrisa. El duelo de la familia traspasó las tierras de labrantío y el mismo puerto para recordar con alegría, como un día de fiesta las ceremonias del entierro donde las anécdotas espantaban las lágrimas y la congoja se tornaba en complacencia. El cortejo aunque numeroso fue discreto, sin fasto ni pompa, no hubo plañideras ni pesadumbre porque así lo interpeló en vida y quiso que en su velorio y en su sepelio el llanto fuera silencioso como el de ella por abandonar a sus seres queridos en el momento más dichoso de su existencia. Melissa la recordó siempre como aquella niñita temerosa y frágil que la acogió en su hogar para quererla como a una generosa hermana vinculada entrañablemente a los afectos de su propia sangre. La anciana Ferrater continuó su vida a ratos en la factoría, en los campos de la hacienda y en las tertulias de naipes donde los tres jugadores siempre pronunciaban en sus amenas conversaciones el nombre de la querida Apel.
Un día, a la edad de cuarenta y cinco años Gadea dejó su sillón de copista porque descubrió que estaba en cinta, justo cuando Melissa estaba por cumplir noventa y nueve años. Inexplicables y reveladores incidentes marcaron la mañana del ocho de febrero de mil quinientos setenta, cuando pasado el mediodía la tía abuela armó tremendo revuelo por toda la casa buscando en algún lugar que no recordaba donde, cierto talego que había guardado hacía tiempo. Hurgó entre las vasijas, entre los potes y las ollas, removió hasta las brazas del fogón donde hervía el puchero, revisó cada perol y todos los rincones de la cocina dejando tal desorden y tiradero que Gadea le sugirió continuar su búsqueda en otro lugar de la hacienda, pero la anciana insistía que tal vez en ese sitio estaba lo que ella buscaba, y cuando la mujer de Guinelli le preguntó que qué buscaba, la anciana le contestó que lo había olvidado, pero que lo recordaría cuando lo encontrara. Para desazón de las criadas, Melissa continuó husmeando y removiendo en todos los armarios, guardarropas y cualquier estantería que se le cruzara en su camino vaciándolos por completo. En el piso se fue amontonando la ropa, los sombreros, las zapatillas, los guantes, los estuches y cofrecillos, los alhajeros y baúles, las sábanas, las mantas tejidas, las toallas bordadas, las carpetas ribeteadas con encaje de bolillo entremezcladas con infinidad de cosas domésticas en tal maraña pues en su alocado frenesí la mujer no se dio cuenta que ya nadie le prestaba atención porque Gadea había entrado en labor de parto.
Entre cuatro mujeres, madres muy entendidas de más de cinco criaturas, la sentaron en el borde de una silla y le ataron las manos a una cuerda que colgaba de una viga. Cuando llegaban los dolores una mujer jalaba la soga, mientras otra le acercaba a la boca un cucurucho para que soplara fuerte. La más vieja le masajeaba el vientre y la más joven con un paño suave entre sus brazos vigilaba la cabecita que comenzaba a salir.
-Ya viene, ya viene. –increpó la mujer metiendo su cabeza entre las piernas de Gadea que dio tremendo grito de dolor cuando al fin nació la intrépida Kima. Amaneció el día siguiente y en el más apacible de los silencios, la madre y la hija descansaban mientras Antonello descubría horrorizado el cuerpo de Melissa sin vida recostado en una mecedora. Se aproximó a la anciana brincando las canastas de costura, los bastidores y las labores del tejido revueltas con telas y ovillos de estambre. Le cerró los ojos y tocó tiernamente sus manos que sostenían con fuerza un grueso de papeles y una pequeña alforja de piel de oveja.
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