SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

43.Texto. Scriptorium

Julio 13, 2007 · Dejar un comentario

scriptoriumPamela descosió con sumo cuidado las hojas de su libro Sincronía, aunque el ejemplar de suyo estaba en buen estado, el papel era demasiado viejo y muy frágil. De esa forma podría escanear las ilustraciones sin maltratar el manuscrito. Creyó conveniente rediseñar los dibujos en CorelDRAW respetando al máximo el trazo original, no obstante se tomaría una pequeña licencia que le daría a su nueva versión la personalidad de un libro del tercer milenio anexándole un Cd interactivo con sugerentes y dinámicas animaciones proyectadas en la cadencia rítmica de voces y sonido. La traducción la había estado realizando paralelamente a la lectura y teniendo hasta ese momento suficiente material se dio por fin a la tarea de copiar la obra. Ferdinán le había traído un magnífico papel satinado cortado en tamaño carta, justo el formato que ella había elegido para la recuperación del manuscrito. Dotó de gran colorido y hermosos matices las viñetas del inicio y conservó un tipo de letra similar al del texto original para todos los títulos. Hizo impresiones laser de los primeros bocetos que al ser de su agrado los guardó de inmediato en un archivo de sus documentos. Una buena cantidad de ilustraciones eran de su propia cosecha, e inició las animaciones con el relato de las fiestas de consagración de la virgen Negra.

Yara había entrado a la habitación para hacer la limpieza, Pamela se distrajo al ver a la muchacha limpiar con un trapito cada uno de los objetos que se encontraban en una estantería con puertas de vidrio.

-¿Qué haces Yara? -Dijo la señora Perilló.

-Sacudo las figuras de porcelana.

-Las sacudiste ayer ¿verdad?

-Si señora Pamela, y anteayer también.

-¿No te parece que es demasiado sacudir?

-Es que aquí… cerca del mar entra un polvito muy fino.

-Ah… bueno, pero necesito que hagas otra cosa.

-Si, dígame señora Pamela.

-Siéntate en esa silla frente a la computadora.

-¿Aquí?

-Si, ahí mismo. –Dijo Pamela quién después de salvar el archivo en el que trabajaba en su Lap top se levantó del escritorio, encendió la máquina y abrió un documento de Microsoft Office Word.

-Quiero que copies un artículo de esta revista. Pon atención, éste es el teclado, tiene todas las letras para escribir las palabras y aquí en el monitor se ve lo que estás escribiendo.

La señora Perilló escribió el título mientras Yara ponía todos sus sentidos en lo que la mujer hacía.

-Con esta tecla grande se separan las palabras. –Dijo Pamela- Ahora inténtalo tú.

Yara escribió con excesiva lentitud los primeros renglones del texto ya que lo hacía sólo con el dedo índice de la mano derecha y se tardaba mucho en encontrar las letras. Al principio no ponía mayúsculas ni acentos porque no sabía pero en pocos días mostró tal interés que Pamela le enseñó incluso a dar un formato atractivo al documento.

Romelia no podía ocultar el orgullo que sentía por su hija y con gran agrado les llevaba café con pastelillos a media mañana y en la tarde que ella misma preparaba. Pamela pretendía terminar pronto el proyecto Sincronía pues en menos de dos meses regresarían a la recién transformada y ultramoderna casa, ahora Centro de Investigación las Gárgolas.  

A Apel le pareció excesivo el mobiliario para los trabajos de copista que Gadea estaba por iniciar, en cambio Melissa se moría de ganas por tener cualquier cosa que se le pareciera. Las dos mujeres no tuvieron más remedio que mudar sus sillones con todo y taburetes repletos de ganchillos, tules, cestas, hilos de seda y algodón, agujas de metal y madera, vaporosas telas, tijeras, bastidores, dedales y demás enseres para las labores que durante tantos años fueron el único esparcimiento en las largas horas de tedio de las hermanas Ferrater.          

El primer lunes de un mes de octubre se iniciaron las clases. Antonello Guinelli llegó acompañado del mozuelo que cargaba una valija con diversos materiales. Apel y Melissa lo recibieron con verdadero agrado, después de concederles un breve saludo, el joven se dirigió a Gadea que se encontraba ya sentada en su primoroso sillón de copista. Lo primero que hizo Guinelli fue colocar sobre un costado plano del escritorio un frasco de tinta, varias plumas de oca, unos lápices de grafito, un trozo de yeso, un par de piedras pómez, un cortaplumas, cuchillas, dos punzones, uno más fino que el otro, una regla, algunas tablillas y un estilete. Seguidamente puso un grueso de pergamino amarillento encima de una angosta mesa provista de varias cajoneras. Del montón, tomó un pliego y lo puso sobre la superficie inclinada del escritorio de Gadea y con un grafito de punta fina trazó sobre la hoja una larga línea tan nítida y tan recta que parecía haberla hecho con la ayuda de una regla.

-Ahora usted trace una línea igual. –dijo el extranjero.

-Gadea tomó el grafito que Guinelli sostenía en su mano, no pudo evitar ruborizarse e inmediatamente bajó la mirada, deslizó el carboncillo con tal fuerza que dejó sobre el papel una gruesa raya que parecía el contorno impreciso de la sierra Tramuntana.   

Apel y Melissa aún permanecían de pie en el salón y parecieron preocuparse seriamente cuando Guinelli dijo.

-Inténtelo nuevamente, con menos fuerza y más seguridad.

Gadea dibujó otra raya pero ahora tan débil que en algunos tramos apenas se veía. Las ancianas se acercaron para ver los trazos, pero antes que pudieran opinar algo el joven le ordenó al mozuelo que trajera un par de sillas para las damas. Las señoras se acomodaron a cierta distancia desde donde podían ver las líneas que Gadea dibujaba en el pergamino, durante toda la clase guardaron silencio tal cual les había indicado el aprendiz de preceptor. 

Hora y media después de tediosos ejercicios las cosas en realidad no habían estado nada mal. A no ser porque la mano derecha, la espalda y el cuello de la joven Ancarola comenzaban a hormiguearle. Había trazado infinidad de rayas horizontales, verticales, inclinadas en un sentido y en otro, cruzadas, quebradas y entrecortadas. Pero lo mejor de todo fueron los círculos grandes y pequeños, que tenían que ser tan redondos como la luna llena, y las líneas curvas tan graciosas como las olas del mar y los medios círculos como los arcos de las ventanas y los cuartos de círculo que eran lo mismo pero cortados a la mitad y finalmente las figuras de cuadros y rectángulos y los diferentes triángulos con los que construyó algunas estrellas y mil cosas más, después de hecho todo eso, dijo Guinelli. –Muy bien mi apreciable Gadea, repítalo todo cien veces más. El extranjero le dedicó una tierna sonrisa a la joven Ancarola, y se despidió cortésmente de las señoras. 

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