SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

42.Texto. La imprenta

Julio 9, 2007 · No hay comentarios

la imprentaSobre la calle del Olivo colgado de un hermoso herraje se distingue un letrero cuyo texto en notable estilo caligráfico con letra fraktur dice “Imprenta Pagolo Signere”. Gadea lo vio a lo lejos y sintió un vuelco en el estómago. En la entrada de la casona el mozuelo portador de las Fábulas de Diógenes Laercio aguardaba a las ilustres visitantes y tan pronto distinguió el carruaje dio aviso alertando al amo Antonello Guinelli quién hizo las señas convenidas para dar inicio a la ceremonia de recepción. El coche se detuvo y sin premura, disimulando cualquier indicio de exaltación, como cualquier respetable y distinguido gentilhombre, el mismo extranjero abrió la portezuela del carruaje y con gran cortesía ayudo a las hermanas Ferrater y a Gadea a descender del coche. Una comitiva precedida por el controvertido Signere encaminó a las damas hasta la breve escalinata que daba acceso al patio central. Gadea detuvo la vista en el céntrico balcón del segundo piso que inundado de luz era el punto focal de la rigurosa simetría entre los ventanales y las arcadas que enseñoreaban el conjunto de la edificación erigida sobre el fundamento de una planta cuadrada. Más maravillada quedó con la fuente cubierta de azulejos y el estanque circular rodeado de jardineras y meandros que invitaban a disfrutar del aire fresco y la plácida sombra de un vetusto olmo.

Desde ahí, Guinelli condujo a las señoras al primer salón de la imprenta donde se fundían los diferentes tipos. Los hombres diligentes veían a las mujeres de reojo, que interesadas en su labor atendían las explicaciones de Antonello. Apel vigilante, permanecía alerta a cualquier indicio censurable. Se había prometido no tolerar con su presencia la aprobación de algo indigno que pusiera en boca del pueblo de Pollenca en tela de juicio su buen nombre. Rebuscó algún posible barrunto hasta en las modestas cajas repletas de  letras metálicas que habían sido vaciadas al revés. Husmeó incluso en las ropas viejas y desgastadas que se escondían bajo el guardapolvo de los fundidores afanados con esmero en el llenado de los moldes. Escarbó con la mirada cada uno de los rincones de las salas donde las pieles de carnero eran convertidas en tersa vitela. Se cubrió con un pañuelo la nariz para no oler las sustancias corrosivas ni aspirar el polvo de la cal ni los pelos que volaban vaporosos del cuero de los animales hasta caer livianos bajo los recovecos de pesados bastidores.

La viuda de Ancarola se cuidó bien de no pisar los cerros de trapos y paños viejos dispuestos en el piso para la elaboración del pergamino y el papel. Melissa la sintió incómoda, no obstante le hizo un ademán para que guardara el pañuelo, cosa que hizo al entrar a la sala de los cajistas donde se elaboraban las planchas con los tipos. Aunque no por mucho tiempo ya que tan pronto sintió el olor rancio del aceite de linaza hervido y coloreado con pigmento de humo, justo a la entrada propiamente dicha de la imprenta dio tremendo estornudo que no pudo evitar limpiarse la nariz con sonoro estropicio. El silencio se hizo en la sala por unos segundos después de los cuales los impresores continuaron con su oficio, acomodando los pliegos, entintando las planchas, manejando la prensa y vigilando el correcto secado de la tinta. Menos turbada se sintió en la sala de encuadernación donde se cosían las hojas de los libros y se les pegaban elegantes y vistosas pastas. Habían dado la vuelta al pasillo del patio central y cuando por fin creyó dar por concluida la mal lograda visita, Antonello Guinelli explicó que la imprenta como un invento de la época aún no conseguía desplazar el gusto y las exigencias de la mayoría de los monasterios cristianos o de un buen número de opulentos letrados de la nobleza quienes por encargo solicitaban la elaboración de manuscritos. Decía esto al tiempo que les indicaba el acceso a las escaleras que conducían al segundo piso.

Las tres mujeres entraron a la sala de los copistas donde el silencio, la limpieza y el orden imperaban. Esta enorme habitación, scriptorium del artista, trasmitía la misma serenidad y el recogimiento de cualquier sacrosanta abadía. Melissa contempló con nostalgia a los virtuosos que sentados frente al atril reproducían cada letra, cada palabra, cada pensamiento cabal de toda una obra que habría más tarde de ser ilustrada al guaché, con témpera de huevo en esa primitiva forma oleosa para resaltar las ideas que toman forma en el resquicio de la imaginación. Se vio ella misma, joven e ingenua frente al manuscrito del Magister Prinio Corella. Un profundo sufrimiento estrujó su corazón, habían pasado más de cuarenta y cinco años y por primera vez lamentó con toda su alma haber destruido el original. Cruzó por su mente la infame idea de haber silenciado los fundamentos de la Magna Obra. Por unos instantes cerró los ojos y pidió perdón. Perdón por haber escrito una clave tan equívoca en el laude de la inscripción sepulcral. Misericordia por haber reformado el manuscrito de Corella con una parte igual de texto, aunque estaba consciente de no haber añadido, modificado o quitado nada de su esencia, no obstante… ahora estaba segura que su expresión había sido tan enmarañada que había destinado la obra del Magíster a la noche oscura del olvido.          

Gadea la tomó del brazo cuando se percató que había lágrimas en las mejillas de su tía abuela. La anciana esbozó una sonrisa apacible y por un instante creyó ver en los ojos claros de su hija el rostro del hombre que debió haber sido su padre. Pero no, no tenía la menor idea de sus rasgos, era tan solo un mal recuerdo hace mucho tiempo desterrado. El corazón se abandona al sufrimiento y fortalece el espíritu con los años, aunque deja una coraza impermeable que lo insensibiliza todo hasta la más elemental demostración de los buenos afectos. La madre y la hija siguieron a Guinelli quién se había adelantado con Apel, ambas mujeres se hicieron un guiño cuando vieron a la abuela ensimismada con el extranjero en franca conversación pues la sala recientemente visitada si era de su agrado.

No obstante, la biblioteca resultó ser el lugar predilecto de las mujeres que pudieron hojear muchos libros, no se cansaban de decir lo maravilladas que estaban con las magníficas ilustraciones y las tapas de fina piel grabada en su mayoría con letras doradas. Antonello Guinelli supo darle un toque mágico al feliz momento relatándoles que tales o cuales libros habían sido copiados para los servicios litúrgicos de la diócesis del obispo de Paris como la Magna Glossatura o el Setentiarum Libri IV, al igual que la Summa Theologiae, esta última obra muy requerida para la biblioteca papal y los monasterios de la orden Benedictina y el de Sahún. Aún no terminaba de decir que para la biblioteca de Carlos VII, y Luis XI así como para la colección particular del rey de Aragón y la biblioteca de Alfonso X y de otros tantos hombres ilustres que le resultaba tedioso enumerar, se habían copiado o impreso obras de Vitrubio, Virgilio, Ovidio, Marcial, Juvenal, Horacio y de gran cantidad de pensadores, científicos y sabios que habrían de cambiar el mundo al llevar a todos los rincones el conocimiento humano. Antonello había tomado carrera y estaba a punto de enumerar otra retahíla de nombres cuando Gadea lo interrumpió. –Me interesa un libro. -Estupefacto y a la vez muy complacido tardó en responder y con voz pausada dijo- Me puede indicar que libro le interesa. 

-Aún no lo sé, dudo si las Epistolas Familiares de Cicerón o el Cancionero de Petrarca. –dijo señalando ambos ejemplares que se encontraban sobre una mesa y agregó- Me parece que debo empezar con algo sencillo.

-Son obras magníficas y de fácil lectura, estoy seguro que cualquiera de las dos las va a disfrutar mucho. –Aseguró el extranjero en tono circunspecto y de inmediato le preguntó- ¿Desea la obra impresa o prefiere un manuscrito?

-Ninguna de las dos.

-¿Ninguna de las dos? Dijeron los tres al mismo tiempo.

-Yo misma copiaré el libro, espero que usted tenga tiempo y voluntad para enseñarme, se le pagará bien por sus servicios.Guinelli aceptó de mil amores y en poco tiempo el salón de costura se había transformado en el espacio impoluto que cualquier honorable copista podría anhelar. 

—————————————

Dar clic en Scriptorium para continuar con el texto

————————————–Dar clic en INICIO para ir al principio de la novela SINCRONÍA

Categorías: Arte, ciencia, tecnología, matemáticas y literatura · Fantasía · Novela por entregas · tecnología
Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,