Se había hecho tarde, Ferdinán y Dafra se despidieron, estarían en México un par de días donde se habían quedado de ver con “el oriental” el segundo investigador que se uniría al equipo y con el que viajarían esa misma semana a China.
Pamela reconoció por un instante que la fortuna que había amasado su putativo abuelo Ernesto Thien, a lo largo de su vida en los almacenes Céfiro no podía haber tenido mejor destino. Una emoción le embargaba, se vio al espejo y se sonrió complacida, por lo pronto las cosas marchaban de lo mejor. Cuando se soltó el cabello que llevaba recogido con una cinta observó que le faltaba un pendiente, caviló en que momento pudo habérsele caído y le pareció que lo más razonable era buscar debajo de la cama, de no estar ahí tendría que esperar a que apareciera el arillo por cualquier lugar de la casa. Se asomó bajo el lecho y como a esa hora de la noche estaba bastante oscuro fue por la linterna. Trató de iluminar el sitio que consideró pertinente y se sorprendió que la lámpara no funcionara, después de varios intentos desarmó el fanal y se dio cuenta que no tenía pilas. Le pareció extraño pues recordaba haber estado leyendo la noche anterior con la luz de la linterna. La situación le pareció tan confusa que dudó haber pasado la noche en vela, así que tomó el libro y revisó el texto de la última página que estaba señalada. Leyó en voz alta los últimos renglones:
“Ambas mujeres sentían sofocarse, la anciana respiraba con gran dificultad cuando llegaron a la boca del pasadizo secreto por donde se filtraban los rayos del sol”.
Sin lugar a dudas recordaba perfectamente bien cada una de las palabras del escrito, pero justo en ese momento le asaltó a la memoria una frase que le había impresionado sobremanera, rebuscó con impaciencia las líneas y cuando las leyó nuevamente se quedó petrificada.
“…vio a una mujer que parecía dormir. -Es Pamela, pronto la conocerás. –dijo la mujercita y desapareció”.
Repentinamente sintió que su lógica se derrumbaba desde los cimientos. Discurrió que ella era la Pamela de quien se hablaba en el justo momento en que la veían dormir quinientos años después, mientras ella dormida leía un texto escrito hacía quinientos años donde alguien que seguramente se refería a ella y al mismo tiempo la veía dormir le aseguraba a otra persona que también la veía con exacta precisión que pronto habría de conocerla. Era terrible, nuevamente se encontraba frente a otra pasmosa sincronicidad. Las cosas parecían sucederse juntas en el tiempo quebrantando todos los esquemas que fortalecían su modesta visión cosmológica. Algo estaba más allá de la percepción normal de sus sentidos, ella era al mismo tiempo observador y objeto observado, sintió por un momento vivir en un estado intemporal que se manifestaba como una revelación del tiempo. Se dio tregua y calma para ver las cosas tal como eran y si una parte de su naturaleza esperaba ser descubierta quinientos años después, o si quinientos años eran un suspiro, o lo que fuera, eso tendría que ser. Así que se acomodó entre las almohadas de su cama y en la más desenfadada posición que encontró, continuó la lectura.
Gadea y Melissa no hablaron en lo absoluto de regreso a la hacienda donde ya las esperaba con ansia Apel. Los días pasaron inadvertidos y todo parecía transcurrir igual que siempre hasta que una mañana, durante su paseo matutino por el huerto, la joven Ancarola oyó que alguien le chistaba, volteó hacia el lugar de donde venía el insolente sonido y vio agazapado tras una pila de ramas secas y troncos a un mozuelo que le hacía señas llamando su atención. Se aproximó con prudencia al chiquillo que sin mayor preámbulo ni esperar respuesta le entregó un envoltorio y al acto salió huyendo. Gadea volteó para todos lados tratando de ubicar el rumbo que había tomado el intrépido pero éste había volado como alma en pena que lleva el diablo. Con verdadera curiosidad al abrir el paquete encontró una obrita de Fábulas de Diógenes Laercio pródigamente encuadernada en pergamino color oro viejo. Alguien le había hecho llegar un libro, no sabía por qué y mucho menos tenía idea de quién. Envolvió nuevamente el libro y lo escondió entre sus faldas, se dirigió a su habitación y esperó la noche para leerlo a la luz de una vela. Una semana después cuando su abuela y su tía abuela hacían sus labores en el salón de costura, Gadea entró a la estancia y muy resuelta les preguntó. -¿Han visto antes este paquete? Las dos mujeres visiblemente aturdidas se lanzaron miradas acusadoras la una a la otra. Intentaron hablar las dos al mismo tiempo, pero dominó la voz de Melissa que dijo casi entre dientes. –Sí.
-¿Me lo puedes explicar tiitameli?
-¿O prefieres decírmelo tú yayita? Preguntó por segunda vez dirigiéndose a su abuela.
-Yo te lo puedo explicar hijita. –Dijo Apel muy afligida- Hace unos días vino el señor Antonello Guinelli solicitando nuestro permiso para visitarte.
-¿Quién?
- El comerciante extranjero. –Agregó Melissa.
-Que no es comerciante. –Aclaró Apel dirigiéndose a su hermana- Es impresor.
-¡Ah! ¿Y qué pasó después?
-Le dijimos que le enviaríamos una respuesta oportuna con nuestro administrador y apoderado Don Vicente de Rusiñol.
-¿Y cuál fue la respuesta? Después de un largo silencio habló Melissa.
-El señor Guinelli no tiene buenas referencias, además de impresor hace naipes.
-¿Naipes?
-Juegos de suertes. –Dijo Apel casi susurrando.
-Nos informaron de buena fuente que en Italia los monjes arrojaron al fuego sus diseños al igual que “El libro del juego de las suertes” de Lorenzo Spirito que se realizó en la imprenta de su tío. Explicó con gran detalle Melissa.
-Pagolo Signere es su tío y es el dueño de la imprenta que se abrió aquí en Pollenca hace medio año a dos calles del Mesón Mallorquín ¿Verdad Melissa? –Agregó Apel.
-Es por tu bien que nos hemos tomado este atributo, querida Gadea, no deseamos que te pase nada malo. –Dijo Melissa en tono de súplica.
-Se los agradezco, ya tengo edad para cuidarme sola. Y díganle a Rusiñol que informe al señor Guinelli que seré yo la que visite la imprenta. Tan pronto se confirme la fecha quiero que se preparen porque iremos las tres.
-¿Las tres? Preguntó Apel tan quedo que no obtuvo respuesta.
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