SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

37.Texto. La nada

Junio 20, 2007 · Dejar un comentario

la nadaGadea de forma súbita se encontró totalmente sola en medio de la nada. La envolvía el más absoluto vacío y el más tétrico silencio, una aparente espesura de cristales la rodeaban por todos lados sin presuponer que tras de ellos pudiera existir algo. Esperó un rato sin moverse con la esperanza de que ocurriera cualquier cosa que le indicara que el Corporum-esferae existía y que ella podría salir por ahí. Sin obtener respuesta a sus anhelos caminó, simplemente caminó enfilando sus pasos con movimientos mecánicos sin rumo fijo. Avanzó atravesando los paneles sin que nada cambiara. Transitó varias veces hacia los lados, hacia adelante y hacia atrás. Nada cambiaba, todo permanecía exactamente igual, incluyendo el techo y el piso. –¡Lo que busco puede estar arriba! –Se dijo mirando a lo alto- ¿Pero cómo llegar? -Se preguntó- No podía calcular la distancia, ni siquiera tenía idea de que arriba estuviera lejos o cerca. Se le ocurrió aventar su capa para darse una idea y -¡oh sorpresa!- el manto se adhirió al techo. Esperó un rato a que la capa cayera, pero su intrépida prenda descansaba de lo más natural. Sin dudarlo ni un momento se impulsó y de un certero brinco fue a parar justamente arriba. Estando en esa nueva posición dudó si arriba era abajo o abajo era arriba o lo que fuera pues todo era exactamente igual. Con imperturbable ecuanimidad se puso de nuevo la capa y decidió avanzar hacia arriba, hacia abajo, a los lados, a donde fuera hasta que se le acabaran reventando las piernas. De súbito se frenó, quedó paralizada al reparar en un sonido como de objetos que colisionaban. Volteó para todos lados y aunque no percibió absolutamente nada extraño, pudo advertir que el sonido de tanto en tanto era más intenso. No tardó mucho en descubrir que estaba justo adelante del Corporum-esferae que cada vez se hacía más nítido frente a sus incrédulos ojos.  

Gadea se secaba las lágrimas de felicidad mientras observaba la loca carrera de las esferas que iban y venían chocando con una especie de contrafuerte. Se dio cuenta que eran cuarenta y cinco esferas de cinco colores diferentes, de tal modo había nueve esferas de cada color. También observó que el contrafuerte estaba coloreado en cinco secciones compactas con los mismos colores que las esferas. Durante largo rato no le quitó la vista al asombroso mecanismo. Con gran regocijo reconoció que cada una de las nueve esferas del mismo color estaba marcada respectivamente en riguroso orden ascendente con nueve letras idénticas de la escritura que conociera en los textos del Ditriae-Corporum. De tal modo se dio cuenta que si la esfera azul gae golpeaba el contrafuerte azul gae se generaba un violento y aparatoso relámpago. Más aún, pudo distinguir que cuando una esfera chocaba con el contrafuerte correspondiente al mismo tiempo que ocurría el relámpago se abría una compuerta dejando pasar una impresionante luminosidad. Del lado donde ella se encontraba, al retornar las esferas por alguna extraña circunstancia estas se agrupaban por su color en riguroso orden ascendente  formando una larga línea que mostraba cuarenta y cinco espacios o compuertas por donde ella fácilmente podía acceder a su interior. Instantes después daba inicio el estrepitoso movimiento de las esferas que sin aparente orden ni concierto se reunían y se agitaban hasta terminar perfectamente mezcladas. Después de esto, todas las esferas eran lanzadas con tan inaudita energía que terminaban por colisionar en algún aventurado lugar del contrafuerte.

Gadea especuló que así de simple podía ser el mecanismo. Lo que no sabía es cuantas oportunidades tenía para intentar su liberación a través de un impacto acertado. Tomando en cuenta que en cada ocasión sólo se acertaba una o dos, o excepcionalmente tres colisiones favorables de cuarenta y cinco, por lo tanto, el panorama no era muy optimista. En ese momento recordó el baricoke en el cual siempre ganaba pero reconoció que su juego era verdaderamente sencillo comparado con el sistema de las esferas. No obstante trató de realizar el mismo método que efectuaba para determinar las posibilidades del color de las teselas. Gadea tenía una memoria privilegiada lo que le permitió registrar y estudiar la secuencia de un buen número de eventos, cuando creyó tener una propuesta aceptable decidió arriesgar el todo por el todo. Al tiempo que gritaba rojo saaaaaia corrió a la compuerta correspondiente y se introdujo al interior de la esfera que se cerró de un sólo golpe. No tardó en girar el impresionante abalorio con la pavorosa velocidad de un bólido y sin más chocó estrepitosamente con la compuerta del contrafuerte verde iare, más pronto que lo pensara Gadea estaba de regreso y de un solo tumbo salió disparada de la esfera para encontrarse en el mismo lugar de sus cavilaciones.

–Esto no va a ser fácil. –pensó- al descubrir que había desaparecido parte de su brazo izquierdo. Lo intentó tres veces más, en la cuarta, completamente mutilada finalmente acertó empatar la esfera con la compuerta correspondiente. En la colisión sintió que le estallaba lo poco que aún subsistía de su maltrecho cuerpo que se adentraba velozmente por un oscuro y estrecho túnel. A lo lejos vio el titilar de una lucecita, de repente cayó de bruces tropezando con un arcón lleno de telarañas. Se levantó dando tumbos entre los ruidosos cacharros hasta que pudo alcanzar la lámpara de aceite. Melissa con gran premura se había adelantado, la joven Ancarola la siguió por el túnel hasta llegar a un recinto colmado de estanterías repletas de papeles y libros. La anciana torpemente buscaba algo en la penumbra de la biblioteca, Gadea la vio tan absorta que no quiso interrumpirla, la joven estaba cautivada admirando las hermosas ilustraciones de un libro cuando sintió que su tía abuela la jalaba indicándole que debían salir. Ambas mujeres sentían sofocarse, la anciana respiraba con gran dificultad cuando llegaron a la boca del pasadizo secreto por donde se filtraban los rayos del sol.  

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