Gadea salió del castillo haciéndose la misma pregunta. Veía hacia el edificio central tratando de encontrar la respuesta, completamente desorientada metió las manos a las bolsas de su falda, levantó los hombros y su cabeza y vio el firmamento durante un buen rato. Así pudo observar que en vez del intenso sol matutino solo quedaba en el cielo una línea luminosa de un brillo inusual que se elevaba de extremo a extremo del horizonte, también se percató que la irradiación se hacía más intensa en la zona central del Ditriae-Corporum, precisamente en el lugar donde sobresalían cuatro enormes torres y de donde se emanaba una bruma tan tupida que al contacto con la franja luminosa parecía liberar de tanto en tanto una especie de volutas o esferas que se alejaban violentamente suscitando estrepitosos relámpagos. Gadea se estremeció agitando sus manos en el interior de las bolsas de su falda que comenzaba a deshilacharse, en ese instante advirtió un objeto extraño, era el cuadrante que le había vendido el extranjero en el puerto de Pollenca. La pequeña caja de oro reluciente permanecía intacta. La abrió e intentó ajustar el torzal para localizar la sombra proyectada en los números del reloj, pero fue completamente inútil, nada en ese lugar proyectaba ni siquiera una leve silueta, en cambio la aguja de la brújula giraba sin ton ni son de forma completamente desordenada.
-Aquí no funcionan esos aparatos. –Escuchó decir a Ollg que se aproximaba a ella, y será mejor que te apures porque te queda poco tiempo.
-Aún no sé como llegar al Corporum-esferae.
-Sígueme. –dijo la mujercita- o será demasiado tarde.
Las dos mujeres caminaron galopantes por el sinuoso camino que continuaba frente al castillo y que Gadea en un principio acertadamente había elegido. Un edificio marcaba el final de la avenida, Ollg accionó el mecanismo consabido y penetraron a un descomunal recinto donde se podía apreciar el intenso ajetreo derivado de una rara actividad. De enormes tubos ensamblados hasta el techo como los que había visto en la sala del castillo, salían y entraban un buen número de mujercitas. La compleja cañería con canalones abiertos de tramo en tramo parecía ser inspeccionada meticulosamente. Las damiselas con portentosa destreza y sin ninguna protección, se sostenían en vilo en las alturas vigilando el libre fluir del valioso líquido. Gadea supuso que más que vigilar el funcionamiento de los conductos, las mujercitas debían realizar otra acción primordial, pues el líquido que caía en los canalillos superiores era de un tono azul, y al llegar a las albercas del piso inferior en el que ellas se encontraban se tornaba de verde intenso. El rumor de la caída de agua era el único sonido que Gadea podía reconocer, y aunque escuchaba claramente una resonancia monótona como de cuerdas a ratos intensamente agudas, no pudo identificar el origen de la crispante vibración. Mientras que Ollg hablaba con otra mujercita, Gadea aprovechó para ver con detenimiento el diseño del techo abovedado que mostraba en bajorrelieve al centro, una estrella de seis picos entre los cuales se iban intercalando algunos textos entre las tuberías verdes y azules. Las descripciones que la joven Ancarola leyó aunque eran breves eran más que elocuentes y relataban de manera sucinta como las damiselas dotaban de ímpetu a la quimérica edificación que sorprendentemente no era más que un descomunal y monstruoso ente vivo.
Ollg se aproximó a Gadea acompañada de la mujercita con la que hablaba.
-Ollaeg te indicará el camino. –dijo brevemente su anterior acompañante- y se despidió. Ollaeg era aún más pequeñita y tenía el vientre muy abultado, era risueña y nada antipática. De un brinco la mujercita se metió a una alberca de agua verdosa e invitó a Gadea a seguirle, mientras avanzaban a través de la alberca, la poza se estrechaba cada vez más hasta convertirse en un tubo torcido y esponjoso que las iba succionando lentamente hasta arrojarlas a otra alberca de agua completamente azul. Salieron de la piscina y caminaron por un largo pasillo de grandes arcadas. Gadea reconoció de inmediato la proximidad del sonido relampagueante de las esferas.
-¿Tal vez no encuentres mucha semejanza con la vida que tu conoces con este lugar? –dijo la pequeña mujer.
-Es verdad y por más que intento me cuesta trabajo entender. Ni siquiera sé dónde está este lugar ni por qué estoy aquí. –dijo Gadea- incitando la conversación.
-Este lugar está en cualquier sitio que pienses y es tan pequeño que pueden caber cientos de miles de lugares como este en la palma de tu mano.
-Ahora entiendo menos. –dijo Gadea manifestando gran desconcierto.
-Es muy simple, obsérvate en tu casa viendo un minúsculo polvillo en la palma de tu mano, es muy probable que tú te encuentres simultáneamente en el interior de esa partícula de polvo.
-¿Cómo puedo estar en dos lugares al mismo tiempo? ¿Y en algo tan pequeño como una brizna insignificante?
-No necesariamente dentro del polvo, sino en el interior de la nada. Y por supuesto, en dos, o tres o cuatro lugares al mismo tiempo. –Dijo Ollaeg visiblemente convencida.
-Eso es ridículo. -Chasqueó Gadea. ¡Qué lío! No entiendo nada, al menos me puedes explicar algo muy simple.
-Si, pregúntame.
-Perdón por preguntar, pero ¿Por qué están desnudas?
-Nosotros somos fases de energía y no necesitamos nada de lo que hay en tu mundo convencional. Tú nos has recreado en tu mente y nos has concebido de esa forma. –dijo la mujercita quién había activado el acceso a una fantástica cámara donde nada representaba la construcción orgánica que caracterizaba a todo el resto del Ditriae-Corporum. En ese lugar todo era cristalino y de apariencia por demás intangible. Avanzaron penetrando sin dificultad por densos paneles transparentes que parecían no tener fin y que de tramo en tramo daban la sensación de encontrarse colocados de la misma forma al igual que las paredes, el techo y el piso provocando una desagradable sensación de vértigo. Gadea se sintió desfallecer y calló al piso temiendo que éste se abriera arrojándola a un inconmensurable abismo. La sólida superficie del suelo mitigó sus temores, Intentó levantarse cuando se percató que no tocaba el piso con sus manos sino una pared cristalina y pudo ver tras de ella una imagen que le era harto familiar, tan familiar como la plaza de las Palomas que tan bien conociera y tan amada como la imagen de su tía abuela que por alguna inadmisible razón la veía prisionera entre las ramas de un árbol.
-Tiitameli, ¿qué haces ahí? ¿Dónde estás? –dijo Gadea tratando de llamar su atención.
-No puede escucharte, está atrapada en un bucle del tiempo.
-¿En qué? –Preguntó Gadea muy alarmada- ¿Y qué está haciendo ahí?
-Está presenciando lapsos de eventos coyunturales.
-¡Qué buena mojiganga! –gritó Gadea cerrando los ojos. Iba a plantearle otra pregunta a la mujercita pero al levantar la vista descubrió que el panel de las imágenes se había disipado y en su lugar, tan nítido como el reflejo en la bruñida superficie de un espejo vio a una mujer que parecía dormir.
-Es Pamela, pronto la conocerás. –dijo la mujercita y desapareció.
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