SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

35.Texto. Las plantas humanoides

Junio 13, 2007 · Dejar un comentario

las plantas humanoides Un agudo grito que rompió la fragilidad nocturna seguido del silencio más desolado estrujaba el pecho de Gadea. ¿Estoy muerta o viva? –sé preguntó- aprisionando con sus manos su cabeza. –Debo estar muerta, porque ésta no es mi vida. Ésta no es mi vida, repitió con un chillido ahogado que apenas escapaba entre sus dientes. Meditó durante largo rato tumbada en esa posición, -he caído desde muy alto, a un precipicio horroroso, terriblemente desconocido y oscuro. Debo estar muerta porque no me duele nada, no me he roto ningún hueso, pero no, estoy viva sobre esta esponjosa y repugnante superficie, a fin de cuentas es como si estuviera muerta, cadavérica, difunta. ¿De qué me sirve estar viva… de que me sirve estar en medio de esta pesadilla? Con los ojos cerrados Gadea sintió que algo debajo de ella se movía con un pequeño vaivén, apenas un movimiento lento, pausado, liviano como el balancín de un columpio que Apel mandara colgar de un árbol de la huerta. A Gadea le gustaba sentir que volaba por los aires mientras intentaba tocar la fronda del arbusto con sus pies elevados por el vuelo, con ese placentero sueño y profundamente extenuada se quedó dormida. Cuando despertó, los rayos del sol herían de forma brutal sus ojos, se incorporó sin dejar de parpadear, cuando pudo fijar la vista no podía creer lo que sus ojos veían. Estaba sobre una gigantesca flor, en medio de un jardín fantástico, verdaderamente prodigioso donde las plantas podían libremente desplazarse de un lado a otro.  

Ella debió haber estado viajando toda la noche, debía estar muy lejos de la edificación de las mujercitas desnudas porque nada a la redonda le parecía familiar. Cientos de miles de plantas de formas diversas abigarraban el horizonte de colores. Las raíces eran piernas ágiles, los brazos parecían ramas frondosas y las cabezas un conjunto de flores tan extrañas que nunca había visto jamás. Las insólitas plantas parecían sociables y se movían en grupos como si tuvieran una actividad  claramente definida. Daba la impresión que todas realizaban una tarea específica pues cada una de ellas se mantenía inexplicablemente ocupada. Gadea se preguntaba si la planta había advertido su presencia pues al menos no parecía incomodarle, tampoco a las otras flores que se aproximaban a observarla de cerca. Se sintió realmente aliviada, pero no por mucho tiempo, porque de repente las plantas comenzaron a correr despavoridas, parecía que perseguían a alguien, ella tuvo que asirse de un atado de filamentos que emergían de la flor para no caer. Durante mucho rato soporto la carrera hasta que las plantas se detuvieron, Gadea se asomó entre los coloridos pétalos para ver que pasaba y vio en el suelo vaporoso a un pequeño y raro animal despanzurrado entre las patas pezuñosas de una planta. -No quiero que me pase esto a mí. –dijo y tragó saliva- Se movió lentamente ocultándose bajo los pétalos de la flor, después de un rato asomó su cabeza y vio a lo lejos la edificación de la mujercitas, el corazón le palpitaba con tal fuerza que temió que toda la vegetación circundante pudiera escuchar sus latidos. Pacientemente observó que la planta caminaba por el sendero de un riachuelo humedeciendo sus grotescas extremidades, y justo se dirigía hacia la plegada muralla en la que se asentaban los  nueve edificios de los cuales, uno de ellos debía ser el Corporum-esferae. Al aproximarse se dio cuenta que la cima del desfiladero estaba muy alta y que ella se encontraba cada vez más en el fondo de la oscura garganta donde la niebla se hacía visiblemente más densa. Peor aún, la planta desandaba sus pasos y retomaba de nuevo el camino hacia la espesa vegetación. –Noooooooo. -Gritó Gadea- al tiempo que un violento espasmo recorría todo su cuerpo, abrazó fuertemente sus piernas y rompió en llanto. De súbito sintió un golpe certero sobre sus espaldas y una fuerte presión que la ahogaba, de inmediato se elevó sobre los aires. Prácticamente volaba atrapada entre las garras de un ave colosal. Gadea pudo ver desde las alturas todo el majestuoso conjunto, grabó en su mente hasta los más mínimos detalles para el resto de su azarosa vida. Al pasar por el edificio central vio a Ollg y a otra mujercita en lo alto de unas torres saludándola alegremente. Estaba feliz, ahora solo tenía que aterrizar con bien y encontrar el Corporum-esferae.   

Su benefactora plumífera la arrojó prácticamente sobre una explanada en cuyo centro el agua de una alberca giraba vertiginosamente creando enormes olas que semejaban los brazos de un remolino. El ruido del agua era ensordecedor, se sentía aturdida y no sabía que camino tomar. Supuso que lo más razonable sería que en el edificio central se encontrara el Corporum-esferae pero desde su ubicación no había forma de ingresar al edificio ya que éste se encontraba rodeado de una profunda fosa repleta de bruma y de un extraño líquido de apariencia desagradablemente viscosa. De suyo parecía que la única comunicación posible con la construcción central era a través de las tuberías. De tal modo reconoció que no había muchas posibilidades hacia donde dirigirse. Del lugar donde ella se encontraba distinguió tres avenidas de las cuales descartó una porque se internaba en la espesura de entelequias  abrumadoramente vegetales, así que debía de tomar cualquiera de los dos caminos restantes.  

Descubrió que una de las avenidas pasaba frente a un castillo el cual insólitamente estaba construido a imagen y semejanza de las edificaciones que ella conociera en su mundo cotidiano. De tal modo se enfiló en esa dirección. La fortaleza no era muy grande y contrastaba notoriamente con todo lo orgánico del entorno circundante. El pórtico comunicaba de inmediato a una especie de santuario dedicado casi en su totalidad a las plantas humanoides. Como un herbolario mural se exhibían en las paredes las imágenes a color de aproximadamente ciento treinta y tantas especies vegetales ciertamente inverosímiles. Cada una de las peculiares pinturas era explicada con un breve texto que dotaba a cada planta de virtudes inusitadas para un mundo en el cual lo único relevante era generar corrientes continuas de energía. Gadea retrocedió aterrada, hasta ese momento se dio cuenta que el texto estaba escrito en algún lenguaje para ella desconocido y no obstante lo entendía todo perfectamente bien. Al final de la sala un pasaje conducía a un soberbio salón repleto de pequeños toneles decorados con círculos, puntos, líneas y franjas de colores que en conjunto daban lugar a sencillas formas que se repetían alrededor de toda la superficie del tubo. Había además gran cantidad de algo que parecían colosales bombonas y cilindros de muchos grosores y tamaños y algunos eran tan altos y tan elaborados como para construir majestuosos obeliscos. En las paredes, al igual que la sala anterior, los textos y las imágenes a color explicaban la procedencia de todos los materiales. Las flores, los troncos, las ramas y principalmente las raíces de las plantas humanoides eran exclusivamente la materia prima de estos inusuales artefactos.   

Gadea salió de la habitación completamente atónita. La última sala del castillo era en su totalidad gráfica. Los muros estaban cubiertos de texto y figuras donde aparecían las mujercitas desnudas realizando su actividad cotidiana. En algunas representaciones las damiselas estaban congregadas en círculos y cada una de ellas portaba una pequeña estrella. Para fortuna de la joven Ancarola en un costado del gran salón podía apreciarse un estupendo mapa del lugar trabajado en gran detalle, así pudo confirmar sus sospechas respecto a la ubicación del Corporum-esferae el cual estaba efectivamente al centro del Ditriae-Corporum que era el nombre de ese extraño e incomprensible sistema.  

A media mañana dejó de llover y sobre un charco de agua a los pies de Melissa aleteaba una graciosa libélula. Ella se distraía con el insecto cuando escuchó la voz de Nina Font quien se aproximaba a la plaza en compañía de su prima Pilar. Ambas mujeres se detuvieron frente al frondoso árbol. La de voz alegre y cantarina le dijo a la otra. -Querida Pilar ¿crees que debería bordar de café las carpetas  del sillón de papá? Algo contestó Pilar pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -Qué raro. –pensó la anciana- Nina nunca ha querido hacer labor de punto.    

Pamela profundamente dormida en el sillón no se percató que la luz había llegado. Sobre la mesa de centro el libro mudaba sus páginas y lentamente las historias del Ditriae-Corporum cobraban forma en su sueño, así Las estrellas congregadas en un círculo giraban entonando un rumor de agua en la espesura del bosque.  

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