SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

Entradas de Junio 2007

39.Texto. Fenómeno cuántico

Junio 28, 2007 · Dejar un comentario

fenómeno cuánticoDespués de hablar durante largo rato sobre logística, marketing, patentes y demás temas, Dafra abrió su lap top y dijo –Es hora de jugar. Pasaron a la mesa del comedor y ya dispuestos –agregó- falta una persona ¿nos puede acompañar la chica de la cocina? –solicitó amablemente a Pamela.

Sí, claro. –Dijo Pamela, e inmediatamente se levantó y fue al estudio donde Romelia y su hija veían un programa de televisión.

-¿Yara puedes venir un momento?

-Sí señora. –Dijo la muchacha quién se sentó en la mesa frente a la mujer de Perilló.

Nicholas Dafra repartió a cada jugador un pequeño tablero o comando que contenía nueve botones de un color diferente cada uno, más una serie de teclas que permitían escribir el nombre de cada participante debajo de un marcador que indicaba el número ciento ochenta, y un panel que prometió explicar su funcionamiento sobre la marcha. Seguidamente colocó en el centro de la mesa una caja cuadrada de treinta por treinta centímetros y apenas unos seis de alto en cuya superficie se veía tan sólo un cristal translúcido. Dio por iniciado el juego al oprimir un botón de su comando, de inmediato surgieron de la superficie nebulosa de la caja seis cubos de colores de un aspecto tan inusual que Pamela no resistió las ganas de tocarlos pero sus dedos se encontraron solo a sí mismos, al mismo tiempo Yara intentó tocar los cubos y con gran arrebato apartó su mano al no sentir ningún cuerpo entre sus dedos.

-Como lo habrás adivinado pequeñita, es una trampa holográfica controlada por una sencilla computadora. –Le dijo Ferdinán a Pamela con una sonrisa de oreja a oreja.

-Pues si que nos han tomado por sorpresa. –manifestó la señora Perilló quién aún se frotaba las manos con agradable desconcierto. Yara había enmudecido y sólo atinó en cubrirse la boca con sus manos.

-No temas Yara, ésto es tan sólo un juego.

-No me asusté señora Pamela, es que no sé si están o no están los cubos.

-Por lo pronto digamos que tus ojos pueden ver lo que tu mano no puede tocar. -Le dijo Nicholas a Yara. Y le aseguró explicárselo con gran detalle un día.

-Los cuatro vamos a jugar contra el baricoke, es decir contra el personaje que nos muestra sus seis cubos de colores –añadió Dafra y continuó sus explicaciones- Ahora nosotros debemos conjeturar cuáles colores exhibirá en la próxima jugada el baricoke, así que observen bien los que ha elegido en esta ocasión para establecer un argumento que nos pueda ser útil en nuestra próxima elección.

-¿Quedó claro? –preguntó el joven de la cachucha. Y como todos asintieron incluyendo Yara –agregó- bueno, opriman solo tres colores de los nueve de su tablero que crean nos mostrará el baricoke. Yara veía a Pamela de reojo y a los otros dos jugadores que se mostraban muy seguros con su caja de comandos. Cuando Dafra se percató que la chica había seleccionado sus tres colores les dijo, ahora opriman el botón “aceptar”, de inmediato desaparecieron y volvieron a aparecer nuevas imágenes holográficas de los seis cubos con distintos colores. En el panel de cada comando se mostraban los siguientes resultados Pamela sólo pudo acertar un color, por lo tanto había perdido cinco puntos de los ciento ochenta así que su record registraba ciento setenta y cinco puntos. Fer y Yara habían perdido 6 puntos, es decir, no le habían atinado a ningún color y Dafra había perdido solo tres puntos. -Lo siento –dijo Nicholas- tengo más práctica que ustedes.

El juego continuó llevándose a cabo el puntaje tal y como se lo había explicado Pamela a Ferdinán en una ocasión por teléfono, solo que en vez de ganar puntos se perdían de una base de ciento ochenta. Por otra parte baricoke jugaba independientemente contra cada jugador sólo que él perdía la misma cantidad de puntos que el  jugador atinaba en la elección de sus colores, de tal modo con el acierto de tres colores de Dafra, el jugador holográfico había perdido frente a Nicholas tres puntos. El juego terminó cuando Ferdinán perdió todos sus puntos quedando en último lugar, el cuarto lugar fue para Yara con sólo diecisiete puntos, en tercer lugar Pamela con treinta y tres puntos y en segundo lugar con sesenta puntos a su favor el joven de la cachucha que escuchó al igual que todos a una voz robótica que anunciaba al final del juego. -“gana baricoke seguido de Dafra”. 

-¿Es posible que alguien pueda ganarle al baricoke? –preguntó Pamela.

-Establecer una predicción al cien por ciento o muy aproximada mediante el pensamiento humano lo creo imposible por ahora –dijo Nicholas- estoy trabajando en un modelo de contra-baricoke cuántico, un personaje provisto de AI que nos pueda garantizar el cincuenta y uno por ciento de aciertos, cantidad suficiente para ganar con una mínima ventaja, aunque estoy seguro que esto me puede llevar bastante tiempo. Por lo pronto he experimentado con sujetos ciegos y no, es decir, con personas que eligen sus tres colores como lo hemos hecho nosotros y con personas que no ven los colores del baricoke, notoriamente las personas que ven los colores tienen muchos más aciertos que las que no lo ven.

-¿Crees que se pueda desarrollar un método o estrategia de juego que te garantice el mayor número de aciertos? –preguntó Ferdinán.

-Por supuesto, yo lo he aplicado ahora, pero aún tengo muchas dudas y necesito afinar muchos detalles. No sé si sea demasiado impetuoso de mi parte aseverar esto, pero pareciera que baricoke hace “trampa”

-¡No juegues! Dijo Pamela lanzándole a Ferdinán una mirada un tanto irónica.

-¡No! no es broma, es algo muy serio. Veámoslo como un fenómeno cuántico ajenos a la realidad local, bajo estas circunstancias debemos entender que existen conexiones misteriosas entre los pensamientos de los participantes, en este caso, de nosotros.  –dijo esto con cierta precaución temiendo agregar la siguiente frase- Es como si hubiésemos intercambiado información a la velocidad de la luz con baricoke sin nosotros saberlo.

-¿Quieres decir que baricoke hace trampa “porque puede ver, detectar o percibir” la elección de los jugadores? –preguntó en tono solemne Ferdinan.

-Me temo que sí… Imaginemos lo siguiente –dijo Dafra recargando su cabeza sobre su mano izquierda al tiempo que levantaba la mano derecha señalando algún punto desconocido- Hay cuatro jugadores, por comodidad asignaré a los colores números del uno al nueve. El jugador A escoge el 3, 2 y 1. El jugador B selecciona el 1, 4 y 5. El C el 6, 3 y 5 y por último el D el 3, 2 y 1. Si baricoke quiere ganar tendría que escoger el 7, 7, 8, 8, 9 y 9 quedándose a su favor todos los puntos. Otra posibilidad menos drástica de baricoke sería seleccionar 7, 8 y 9. De los números restantes seleccionaría el 6 y el 4 porque entre los cuatro jugadores estos dos últimos números sólo fueron elegidos una vez. Ya tiene cinco números, le falta uno, si quiere poner un número diferente tendrá que seleccionar entre el  5 o el 2 ya que ambos números sólo fueron seleccionados entre todos dos veces. Pero seguramente optaría por el 2 porque el jugador C tiene entre sus números el 6 y el 5.

-En resumen -dijo Pamela- si baricoke escoge 7, 8, 9, 6, 4 y 2 cada jugador ganará solamente un punto.

-Que para baricoke no es ni siquiera un rasguño –aclaró Ferdinan.

-Se me ocurre experimentar una estrategia de pensamiento colectivo (EPC) para intimidad a baricoke –manifestó Dafra ajustándose la cachucha- debemos crear estados superpuestos que apunten a una realidad concreta.

-(silencio colectivo) Finalmente preguntó Pamela –¿cómo es eso?

-No veamos a baricoke como un modelo macroscópico. Tenemos que internarnos en el mundo cuántico ajeno a eventos reales. Sé que no es fácil, pero imaginemos por un momento un mundo de acción donde todo fluye como una tendencia que no se concreta. Que no ocurre, son simplemente tendencias que están en constante movimiento, son posibilidades de algo que cuando se manifiesta es que ha surgido de las posibilidades preexistentes del mundo cuántico de las potencias a través de la energía del pensamiento.

-Parece simple –murmuró Pamela.

-Perdone por interrumpir –dijo Yara que no había abierto la boca para nada- ¿Baricoke piensa?

Todos rieron, después se hizo el silencio que rompió Dafra cuando dijo –Es posible Yara, todo hace suponer que estamos empezando a crear un puente que atraviesa los mundos de la mente y la materia, de la física y la psique. Estamos tentados a creer que hay una cierta relación del observador con el mundo observado, pero la realidad es que hay muchos mundos y no todos pueden emerger al mundo macroscópico.

-Te dije que también es filósofo –sentenció Perilló poniendo punto final a la conversación.

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38.Texto. Made in China

Junio 27, 2007 · Dejar un comentario

made in chinaSobre el Puerto de Turritela una franja anaranjada en el cielo anunciaba el crepúsculo matutino frente a las aguas del Golfo de México, en tanto que el sosiego de la aurora contrastaba con las olas del mar que se agitaban con furia sobre la playa. El moderado viento del amanecer en breves instantes se había convertido en tremendo ventarrón  arrastrando con todo lo que se encontraba a su paso. Montones de arena golpeaban sobre los cristales de la casa de la playa sin que Pamela se percatara de ello, pues el rugir del viento mitigaba los sonidos habituales como el ruido de la cerradura que un sujeto con la cabeza cubierta accionaba en la entrada principal de la residencia. El hombre abrió la puerta y tras de él tres personas enfundadas hasta las orejas penetraron presurosas al vestíbulo que en unos segundos había quedado tapizado de fina arenilla. Cuando Ferdinán se despojó del rompevientos que traía puesto vio a Pamela profundamente dormida en la sala. Se aproximó a ella con gran sigilo para no despertarla, pero en ese instante la señora Perilló abrió los ojos y se arrojó a los brazos de su esposo.

-Fer, mi amor ¿por qué no me hablaste?

-Quería darte una sorpresa.

-Me encantan tus sorpresas. -Dijo Pamela- visiblemente apenada al tiempo que se componía el cabello y se alisaba la ropa que llevaba puesta del día anterior.

-No te preocupes pequeñita aún es temprano, que te parece si te arreglas mientras Yara y Romelia preparan el desayuno. Te adelanto que tenemos mucho que celebrar. ¡Ah! y otra sorpresa… tenemos visita.  

-¿Alguien que conozco?

-No, le dio un beso –y le dijo- la cita es en la cocina.

-¿Me trajiste lo que te pedí? -Alcanzó a decir Pamela cuando ya se retiraba Ferdinán.

-Sí, no te demores preciosa.

Pamela colocó un separador de papel hecho a mano que había adquirido en alguna tienda de artesanías para indicar la página de su última lectura. Cerró el libro y lo depositó con esmero en una cómoda de la recámara, puso orden en la mesa y guardó la linterna en un mueble de la sala. Una hora después hacía su aparición en el lugar acordado por Fer. La  madre y la hija la saludaron de forma cordial  desde la mesa de servicio donde daban los últimos toques a la presentación de los platillos que se disponían llevar a la mesa del ante-comedor. Ferdinán se levantó y le dijo señalando a un sujeto que llevaba puesta una cachucha de los Medias Rojas de Boston. –Él es Nicholas Dafra.

-Hola Pamela –dijo el invitado en tono muy amistoso- yo sé mucho de ti por lo que me ha contado Ferdinán y supongo que querrás saber algo de mí. Bueno, soy ex alumno del MIT, músico de medio tiempo, cocinero por vía genética,  circunstancialmente hacker, criptólogo aficionado y anarquista de tiempo completo.

-¡Ah! Grandioso, mucho gusto.

-Se le olvidó decir que es filósofo autodidacta y un genio en Inteligencia Artificial. -Añadió Ferdinán muy satisfecho.

-Romelia sírvanos por favor. -Ordenó Pamela sin hacer ninguna observación al último comentario de Ferdinán. 

-Supongo que también eres geek. –Agregó Pamela sin preámbulos.

-Reconozco que me enloquece la tecnología y que a veces puedo parecer un pirado informático. Pero no creo encajar estrictamente en el contexto geek.   

-¿No te sientes geek porqué te consideras hacker circunstancial? -Le preguntó Pamela con verdadero interés.

-No me siento geek porque no me lo he propuesto. Lo de hacker se dio porque al papá de un amigo lo involucraron en un penoso asunto ilegal a través de Internet, yo logré esclarecer el problema accediendo a toda clase de archivos de los facinerosos, salieron muchos trapos al sol y mucha gente inocente se vio afectada.

-Entiendo. –dijo Pamela.

Ferdinán pensó que era el momento de intervenir, así que consideró que un buen tema de sobremesa sería hablar sobre la financiación del proyecto de investigación básica o fundamental con el que se pensaba llegar a algunas áreas del conocimiento por el conocimiento mismo. El objetivo era harto arriesgado ya que carecía de aplicación práctica. La intención era establecer niveles de abstracción que posibilitaran formulaciones hipotéticas que podrían utilizarse posteriormente en el desarrollo y progreso científico para el mejoramiento de los seres humanos.

El café se sirvió en la sala en un ambiente más cordial y relajado Pamela confiaba por entero en el buen criterio de Ferdinán, por lo que juzgó necesario de su parte creer en la capacidad de Dafra. Fer habló sin mucha formalidad del tema de los juegos y juguetes inteligentes que soportarían la base económica del proyecto de investigación.

-Nuestro pionero robótico en el reino del mundo infantil es “Nákoreen”. –Dijo Fer sacando el prototipo de un empaque muy gracioso y elocuente respecto a su contenido. El ratón mecánico era sin lugar a dudas un hermoso robot con bigotes de alta tecnología. En otro compartimiento de la caja había un buen pedazo de queso artificial. Ferdinán le entregó el queso a Pamela y -le dijo- escóndelo en cualquier lugar del piso de la casa. Pamela se retiró con la vianda mecánica y la colocó en su habitación debajo de su cama. Cuando regresó a la sala Fer le entregó a Nákoreen. El simpático roedor ya estaba activado, así que Pamela lo puso en el suelo cerca de sus pies y de inmediato el ratoncillo se alejó del lugar haciendo simpáticos molinetes por toda la habitación. En ese momento los tres se transformaron en niños que seguían con ojos encantados los correteos ágiles del robot. Movieron las mesas de centro, las sillas del comedor, un par de lámparas de piso y todo lo que pudiera interrumpir a su paso el recorrido inteligente de Nákoreen que en pocos minutos, muy a pesar de sus esfuerzos por entorpecerle el camino, no tuvieron más remedio que seguirle hasta el interior del dormitorio. Cuando el ratón se introdujo debajo de la cama, Pamela, Ferdinán y Dafra se agacharon lo suficiente como para meter más de la mitad de sus cuerpos bajo el lecho. Así pudieron ver como Nákoreen sentado en sus patas traseras tomaba un pedazo de queso y lo agitaba entre sus manos al tiempo que decía “el queso es mío”.

Los tres tumbados en el piso celebraban con risas la robótica hazaña mientras Romelia que había entrado a la habitación para guardar una ropa repetía para sus adentros. -¡Qué juventud la de ahora! Los tres adultos transportados por un instante a su infancia regresaron a la sala, tras el ventanal pudieron ver a un intrépido en la playa, que trataba de permanecer de pie asido a una palmera frente a los vientos huracanados de más de 130 Km. por hora. Era un poco más de las dos de la tarde y para amenizar la plática Ferdinán puso música de Enya y sirvió tequila, Pamela trajo unos platos con queso, aceitunas, pan y carnes frías. De una carpeta Fer sacó unos papeles que le entregó a Pamela donde se mostraba una relación detallada de los productos que darían lugar a la prometedora industria de juegos y juguetes  “Makine” con los que se estipulaba capitalizar el proyecto de investigación. El señor Perilló pretendía llegar más allá del propósito lúdico como una actividad innata e inseparable de los seres humanos desde su infancia hasta la vejez. Él quería hacer del juego una metáfora amigable para la expansión de la inteligencia, sus herramientas eran muy simples, estimular el desarrollo de las habilidades del pensamiento a través del símbolo y la capacidad asociativa para generalizar respuestas mentales de alto nivel, algo que de suyo podía ya observarse en los pequeños de hasta tres años que sabían manejar con bastante destreza juegos elaborados para la computadora. Entre sus aliados contaba por supuesto con los sistemas expertos, aunque le quedaba claro que Nákoreen aún no podía conseguir el camino más corto para llegar a su destino, ni siquiera entendía el porqué de su destino, no obstante, sí podían los  niños y las niñas encontrar en el juego una nueva forma de relacionar la tecnología con los objetos de su mundo cotidiano.

Frente a una necesidad creada del siglo XXI advertía un mercado potencial que no excluía en lo absoluto a los adultos para los que había diseñado con la más alta tecnología sofisticados juegos de ingenio y azar. Por lo pronto no descartaba la posibilidad de celebrar un jugoso convenio con McDonalds, un gigante de la comida rápida y con las grandes empresas de distribución mercantil donde sin lugar a dudas le quedaban muy claras las reglas del juego a nivel mundial, así que estaba seguro de salir a flote en su propio barco navegando junto a Mattel, Hasbro, Bandai, Tomy, Lego y otros grandes del ámbito juguetero. Muy pronto los juegos y juguetes de Makine estarían en todos los Wal-Marts, Toys “R” Us, Carrefours etc. Y aunque las etiquetas de sus productos decían “Made in China”, algunas piezas y componentes venían de Japón, Taiwán, Arabia Saudí, Estados Unidos y Europa. De estos dos últimos lugares se adquiría la mayor parte de la maquinaria, los moldes y las herramientas. Hong Kong entregaba el material en crudo a las factorías chinas, quienes posteriormente recogían la mercancía y la fletaban a los países de destino. La producción de juguetes estaría muy globalizada de tal modo Makine no poseería ninguna fábrica o sitio de producción en ninguna parte del mundo. Desde un piso de oficinas en la ciudad de México se administraría la compañía juguetera, de tal modo la casa de las gárgolas permanecería como un bunker intocable para la ciencia.

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37.Texto. La nada

Junio 20, 2007 · Dejar un comentario

la nadaGadea de forma súbita se encontró totalmente sola en medio de la nada. La envolvía el más absoluto vacío y el más tétrico silencio, una aparente espesura de cristales la rodeaban por todos lados sin presuponer que tras de ellos pudiera existir algo. Esperó un rato sin moverse con la esperanza de que ocurriera cualquier cosa que le indicara que el Corporum-esferae existía y que ella podría salir por ahí. Sin obtener respuesta a sus anhelos caminó, simplemente caminó enfilando sus pasos con movimientos mecánicos sin rumo fijo. Avanzó atravesando los paneles sin que nada cambiara. Transitó varias veces hacia los lados, hacia adelante y hacia atrás. Nada cambiaba, todo permanecía exactamente igual, incluyendo el techo y el piso. –¡Lo que busco puede estar arriba! –Se dijo mirando a lo alto- ¿Pero cómo llegar? -Se preguntó- No podía calcular la distancia, ni siquiera tenía idea de que arriba estuviera lejos o cerca. Se le ocurrió aventar su capa para darse una idea y -¡oh sorpresa!- el manto se adhirió al techo. Esperó un rato a que la capa cayera, pero su intrépida prenda descansaba de lo más natural. Sin dudarlo ni un momento se impulsó y de un certero brinco fue a parar justamente arriba. Estando en esa nueva posición dudó si arriba era abajo o abajo era arriba o lo que fuera pues todo era exactamente igual. Con imperturbable ecuanimidad se puso de nuevo la capa y decidió avanzar hacia arriba, hacia abajo, a los lados, a donde fuera hasta que se le acabaran reventando las piernas. De súbito se frenó, quedó paralizada al reparar en un sonido como de objetos que colisionaban. Volteó para todos lados y aunque no percibió absolutamente nada extraño, pudo advertir que el sonido de tanto en tanto era más intenso. No tardó mucho en descubrir que estaba justo adelante del Corporum-esferae que cada vez se hacía más nítido frente a sus incrédulos ojos.  

Gadea se secaba las lágrimas de felicidad mientras observaba la loca carrera de las esferas que iban y venían chocando con una especie de contrafuerte. Se dio cuenta que eran cuarenta y cinco esferas de cinco colores diferentes, de tal modo había nueve esferas de cada color. También observó que el contrafuerte estaba coloreado en cinco secciones compactas con los mismos colores que las esferas. Durante largo rato no le quitó la vista al asombroso mecanismo. Con gran regocijo reconoció que cada una de las nueve esferas del mismo color estaba marcada respectivamente en riguroso orden ascendente con nueve letras idénticas de la escritura que conociera en los textos del Ditriae-Corporum. De tal modo se dio cuenta que si la esfera azul gae golpeaba el contrafuerte azul gae se generaba un violento y aparatoso relámpago. Más aún, pudo distinguir que cuando una esfera chocaba con el contrafuerte correspondiente al mismo tiempo que ocurría el relámpago se abría una compuerta dejando pasar una impresionante luminosidad. Del lado donde ella se encontraba, al retornar las esferas por alguna extraña circunstancia estas se agrupaban por su color en riguroso orden ascendente  formando una larga línea que mostraba cuarenta y cinco espacios o compuertas por donde ella fácilmente podía acceder a su interior. Instantes después daba inicio el estrepitoso movimiento de las esferas que sin aparente orden ni concierto se reunían y se agitaban hasta terminar perfectamente mezcladas. Después de esto, todas las esferas eran lanzadas con tan inaudita energía que terminaban por colisionar en algún aventurado lugar del contrafuerte.

Gadea especuló que así de simple podía ser el mecanismo. Lo que no sabía es cuantas oportunidades tenía para intentar su liberación a través de un impacto acertado. Tomando en cuenta que en cada ocasión sólo se acertaba una o dos, o excepcionalmente tres colisiones favorables de cuarenta y cinco, por lo tanto, el panorama no era muy optimista. En ese momento recordó el baricoke en el cual siempre ganaba pero reconoció que su juego era verdaderamente sencillo comparado con el sistema de las esferas. No obstante trató de realizar el mismo método que efectuaba para determinar las posibilidades del color de las teselas. Gadea tenía una memoria privilegiada lo que le permitió registrar y estudiar la secuencia de un buen número de eventos, cuando creyó tener una propuesta aceptable decidió arriesgar el todo por el todo. Al tiempo que gritaba rojo saaaaaia corrió a la compuerta correspondiente y se introdujo al interior de la esfera que se cerró de un sólo golpe. No tardó en girar el impresionante abalorio con la pavorosa velocidad de un bólido y sin más chocó estrepitosamente con la compuerta del contrafuerte verde iare, más pronto que lo pensara Gadea estaba de regreso y de un solo tumbo salió disparada de la esfera para encontrarse en el mismo lugar de sus cavilaciones.

–Esto no va a ser fácil. –pensó- al descubrir que había desaparecido parte de su brazo izquierdo. Lo intentó tres veces más, en la cuarta, completamente mutilada finalmente acertó empatar la esfera con la compuerta correspondiente. En la colisión sintió que le estallaba lo poco que aún subsistía de su maltrecho cuerpo que se adentraba velozmente por un oscuro y estrecho túnel. A lo lejos vio el titilar de una lucecita, de repente cayó de bruces tropezando con un arcón lleno de telarañas. Se levantó dando tumbos entre los ruidosos cacharros hasta que pudo alcanzar la lámpara de aceite. Melissa con gran premura se había adelantado, la joven Ancarola la siguió por el túnel hasta llegar a un recinto colmado de estanterías repletas de papeles y libros. La anciana torpemente buscaba algo en la penumbra de la biblioteca, Gadea la vio tan absorta que no quiso interrumpirla, la joven estaba cautivada admirando las hermosas ilustraciones de un libro cuando sintió que su tía abuela la jalaba indicándole que debían salir. Ambas mujeres sentían sofocarse, la anciana respiraba con gran dificultad cuando llegaron a la boca del pasadizo secreto por donde se filtraban los rayos del sol.  

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36.Texto. Corporum-esferae

Junio 18, 2007 · Dejar un comentario

esferasGadea salió del castillo haciéndose la misma pregunta. Veía hacia el edificio central tratando de encontrar la respuesta, completamente desorientada metió las manos a las bolsas de su falda, levantó los hombros y su cabeza y vio el firmamento durante un buen rato. Así pudo observar que en vez del intenso sol matutino solo quedaba en el cielo una línea luminosa de un brillo inusual que se elevaba de extremo a extremo del horizonte, también se percató que la irradiación se hacía más intensa en la zona central  del Ditriae-Corporum, precisamente en el lugar donde sobresalían cuatro enormes torres y de donde se emanaba una bruma tan tupida que al contacto con la franja luminosa parecía liberar de tanto en tanto una especie de volutas o esferas que se alejaban violentamente suscitando estrepitosos relámpagos. Gadea se estremeció agitando sus manos en el interior de las bolsas de su falda que comenzaba a deshilacharse, en ese instante advirtió un objeto extraño, era el cuadrante que le había vendido el extranjero en el puerto de Pollenca. La pequeña caja de oro reluciente permanecía intacta. La abrió e intentó ajustar el torzal para localizar la sombra proyectada en los números del reloj, pero fue completamente inútil, nada en ese lugar proyectaba ni siquiera una leve silueta, en cambio la aguja de la brújula giraba sin ton ni son de forma completamente desordenada.   

-Aquí no funcionan esos aparatos. –Escuchó decir a Ollg que se aproximaba a ella, y será mejor que te apures porque te queda poco tiempo.

-Aún no sé como llegar al Corporum-esferae.

-Sígueme. –dijo la mujercita- o será demasiado tarde.

Las dos mujeres caminaron galopantes por el sinuoso camino que continuaba frente al castillo y que Gadea en un principio acertadamente había elegido. Un edificio marcaba el final de la avenida, Ollg accionó el mecanismo consabido  y penetraron a un descomunal recinto donde se podía apreciar el intenso ajetreo derivado de una rara actividad. De enormes tubos ensamblados hasta el techo como los que había visto en la sala del castillo, salían y entraban un buen número de mujercitas. La compleja cañería con canalones abiertos de tramo en tramo parecía ser inspeccionada meticulosamente. Las damiselas con portentosa destreza y sin ninguna protección, se sostenían en vilo en las alturas vigilando el libre fluir del valioso líquido. Gadea supuso que más que vigilar el funcionamiento de los conductos, las mujercitas debían realizar otra acción primordial, pues el líquido que caía en los canalillos superiores era de un tono azul, y al llegar a las albercas del piso inferior en el que ellas se encontraban se tornaba de verde intenso. El rumor de la caída de agua era el único sonido que Gadea podía reconocer, y aunque escuchaba claramente una resonancia monótona como de cuerdas a ratos intensamente agudas, no pudo identificar el origen de la crispante vibración. Mientras que Ollg hablaba con otra mujercita, Gadea aprovechó para ver con detenimiento el diseño del techo abovedado que mostraba en bajorrelieve al centro, una estrella de seis picos entre los cuales se iban intercalando algunos textos entre las tuberías verdes y azules. Las descripciones que la joven Ancarola leyó aunque eran breves eran más que elocuentes y relataban de manera sucinta como las damiselas dotaban de ímpetu a la quimérica edificación que sorprendentemente no era más que un descomunal y monstruoso ente vivo.  

Ollg se aproximó a Gadea acompañada de la mujercita con la que hablaba.

-Ollaeg te indicará el camino.  –dijo brevemente su anterior acompañante- y se despidió. Ollaeg era aún más pequeñita y tenía el vientre muy abultado, era risueña y nada antipática. De un brinco la mujercita se metió a una alberca de agua verdosa e invitó a Gadea a seguirle, mientras avanzaban a través de la alberca, la poza se estrechaba cada vez más hasta convertirse en un tubo torcido y esponjoso que las iba succionando lentamente hasta arrojarlas a otra alberca de agua completamente azul. Salieron de la piscina y caminaron por un largo pasillo de grandes arcadas. Gadea reconoció de inmediato la proximidad del sonido relampagueante de las esferas.     

-¿Tal vez no encuentres mucha semejanza con la vida que tu conoces con este lugar? –dijo la pequeña mujer.

-Es verdad y por más que intento me cuesta trabajo entender. Ni siquiera sé dónde está este lugar ni por qué estoy aquí. –dijo Gadea- incitando la conversación.

-Este lugar está en cualquier sitio que pienses y es tan pequeño que pueden caber cientos de miles de lugares como este en la palma de tu mano.

-Ahora entiendo menos. –dijo Gadea manifestando gran desconcierto.

-Es muy simple, obsérvate en tu casa viendo un minúsculo polvillo en la palma de tu mano, es muy probable que tú te encuentres simultáneamente en el interior de esa partícula de polvo.

-¿Cómo puedo estar en dos lugares al mismo tiempo? ¿Y en algo tan pequeño como una brizna insignificante?

-No necesariamente dentro del polvo, sino en el interior de la nada. Y por supuesto, en dos, o tres o cuatro lugares al mismo tiempo. –Dijo Ollaeg visiblemente convencida. 

-Eso es ridículo. -Chasqueó Gadea. ¡Qué lío! No entiendo nada, al menos me puedes explicar algo muy simple.

-Si, pregúntame.

-Perdón por preguntar, pero ¿Por qué están desnudas?

-Nosotros somos fases de energía y no necesitamos nada de lo que hay en tu mundo convencional. Tú nos has recreado en tu mente y nos has concebido de esa forma. –dijo la mujercita quién había activado el acceso a una fantástica cámara donde nada representaba la construcción orgánica que caracterizaba a todo el resto del Ditriae-Corporum. En ese lugar todo era cristalino y de apariencia por demás  intangible. Avanzaron penetrando sin dificultad por densos paneles transparentes que parecían no tener fin y que de tramo en tramo daban la sensación de encontrarse colocados de la misma forma al igual que las paredes, el techo y el piso provocando una desagradable sensación de vértigo. Gadea se sintió desfallecer y calló al piso temiendo que éste se abriera arrojándola a un inconmensurable abismo. La sólida superficie del suelo mitigó sus temores, Intentó levantarse cuando se percató que no tocaba el piso con sus manos sino una pared cristalina y pudo ver tras de ella una imagen que le era harto familiar, tan familiar como la plaza de las Palomas que tan bien conociera y tan amada como la imagen de su tía abuela que por alguna inadmisible razón la veía prisionera entre las ramas de un árbol.

-Tiitameli, ¿qué haces ahí? ¿Dónde estás? –dijo Gadea tratando de llamar su atención.               

-No puede escucharte, está atrapada en un bucle del tiempo.

-¿En qué? –Preguntó Gadea muy alarmada- ¿Y qué está haciendo ahí?

-Está presenciando lapsos de eventos coyunturales.

-¡Qué buena mojiganga! –gritó Gadea cerrando los ojos. Iba a plantearle otra pregunta a la mujercita pero al levantar la vista descubrió que el panel de las imágenes se había disipado y en su lugar, tan nítido como el reflejo en la bruñida superficie de un espejo vio a una mujer que parecía dormir.

-Es Pamela, pronto la conocerás. –dijo la mujercita y desapareció.

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35.Texto. Las plantas humanoides

Junio 13, 2007 · Dejar un comentario

las plantas humanoides Un agudo grito que rompió la fragilidad nocturna seguido del silencio más desolado estrujaba el pecho de Gadea. ¿Estoy muerta o viva? –sé preguntó- aprisionando con sus manos su cabeza. –Debo estar muerta, porque ésta no es mi vida. Ésta no es mi vida, repitió con un chillido ahogado que apenas escapaba entre sus dientes. Meditó durante largo rato tumbada en esa posición, -he caído desde muy alto, a un precipicio horroroso, terriblemente desconocido y oscuro. Debo estar muerta porque no me duele nada, no me he roto ningún hueso, pero no, estoy viva sobre esta esponjosa y repugnante superficie, a fin de cuentas es como si estuviera muerta, cadavérica, difunta. ¿De qué me sirve estar viva… de que me sirve estar en medio de esta pesadilla? Con los ojos cerrados Gadea sintió que algo debajo de ella se movía con un pequeño vaivén, apenas un movimiento lento, pausado, liviano como el balancín de un columpio que Apel mandara colgar de un árbol de la huerta. A Gadea le gustaba sentir que volaba por los aires mientras intentaba tocar la fronda del arbusto con sus pies elevados por el vuelo, con ese placentero sueño y profundamente extenuada se quedó dormida. Cuando despertó, los rayos del sol herían de forma brutal sus ojos, se incorporó sin dejar de parpadear, cuando pudo fijar la vista no podía creer lo que sus ojos veían. Estaba sobre una gigantesca flor, en medio de un jardín fantástico, verdaderamente prodigioso donde las plantas podían libremente desplazarse de un lado a otro.  

Ella debió haber estado viajando toda la noche, debía estar muy lejos de la edificación de las mujercitas desnudas porque nada a la redonda le parecía familiar. Cientos de miles de plantas de formas diversas abigarraban el horizonte de colores. Las raíces eran piernas ágiles, los brazos parecían ramas frondosas y las cabezas un conjunto de flores tan extrañas que nunca había visto jamás. Las insólitas plantas parecían sociables y se movían en grupos como si tuvieran una actividad  claramente definida. Daba la impresión que todas realizaban una tarea específica pues cada una de ellas se mantenía inexplicablemente ocupada. Gadea se preguntaba si la planta había advertido su presencia pues al menos no parecía incomodarle, tampoco a las otras flores que se aproximaban a observarla de cerca. Se sintió realmente aliviada, pero no por mucho tiempo, porque de repente las plantas comenzaron a correr despavoridas, parecía que perseguían a alguien, ella tuvo que asirse de un atado de filamentos que emergían de la flor para no caer. Durante mucho rato soporto la carrera hasta que las plantas se detuvieron, Gadea se asomó entre los coloridos pétalos para ver que pasaba y vio en el suelo vaporoso a un pequeño y raro animal despanzurrado entre las patas pezuñosas de una planta. -No quiero que me pase esto a mí. –dijo y tragó saliva- Se movió lentamente ocultándose bajo los pétalos de la flor, después de un rato asomó su cabeza y vio a lo lejos la edificación de la mujercitas, el corazón le palpitaba con tal fuerza que temió que toda la vegetación circundante pudiera escuchar sus latidos. Pacientemente observó que la planta caminaba por el sendero de un riachuelo humedeciendo sus grotescas extremidades, y justo se dirigía hacia la plegada muralla en la que se asentaban los  nueve edificios de los cuales, uno de ellos debía ser el Corporum-esferae. Al aproximarse se dio cuenta que la cima del desfiladero estaba muy alta y que ella se encontraba cada vez más en el fondo de la oscura garganta donde la niebla se hacía visiblemente más densa. Peor aún, la planta desandaba sus pasos y retomaba de nuevo el camino hacia la espesa vegetación. –Noooooooo. -Gritó Gadea- al tiempo que un violento espasmo recorría todo su cuerpo, abrazó fuertemente sus piernas y rompió en llanto. De súbito sintió un golpe certero sobre sus espaldas y una fuerte presión que la ahogaba, de inmediato se elevó sobre los aires. Prácticamente volaba atrapada entre las garras de un ave colosal. Gadea pudo ver desde las alturas todo el majestuoso conjunto, grabó en su mente hasta los más mínimos detalles para el resto de su azarosa vida. Al pasar por el edificio central vio a Ollg y a otra mujercita en lo alto de unas torres saludándola alegremente. Estaba feliz, ahora solo tenía que aterrizar con bien y encontrar el Corporum-esferae.   

Su benefactora plumífera la arrojó prácticamente sobre una explanada en cuyo centro el agua de una alberca giraba vertiginosamente creando enormes olas que semejaban los brazos de un remolino. El ruido del agua era ensordecedor, se sentía aturdida y no sabía que camino tomar. Supuso que lo más razonable sería que en el edificio central se encontrara el Corporum-esferae pero desde su ubicación no había forma de ingresar al edificio ya que éste se encontraba rodeado de una profunda fosa repleta de bruma y de un extraño líquido de apariencia desagradablemente viscosa. De suyo parecía que la única comunicación posible con la construcción central era a través de las tuberías. De tal modo reconoció que no había muchas posibilidades hacia donde dirigirse. Del lugar donde ella se encontraba distinguió tres avenidas de las cuales descartó una porque se internaba en la espesura de entelequias  abrumadoramente vegetales, así que debía de tomar cualquiera de los dos caminos restantes.  

Descubrió que una de las avenidas pasaba frente a un castillo el cual insólitamente estaba construido a imagen y semejanza de las edificaciones que ella conociera en su mundo cotidiano. De tal modo se enfiló en esa dirección. La fortaleza no era muy grande y contrastaba notoriamente con todo lo orgánico del entorno circundante. El pórtico comunicaba de inmediato a una especie de santuario dedicado casi en su totalidad a las plantas humanoides. Como un herbolario mural se exhibían en las paredes las imágenes a color de aproximadamente ciento treinta y tantas especies vegetales ciertamente inverosímiles. Cada una de las peculiares pinturas era explicada con un breve texto que dotaba a cada planta de virtudes inusitadas para un mundo en el cual lo único relevante era generar corrientes continuas de energía. Gadea retrocedió aterrada, hasta ese momento se dio cuenta que el texto estaba escrito en algún lenguaje para ella desconocido y no obstante lo entendía todo perfectamente bien. Al final de la sala un pasaje conducía a un soberbio salón repleto de pequeños toneles decorados con círculos, puntos, líneas y franjas de colores que en conjunto daban lugar a sencillas formas que se repetían alrededor de toda la superficie del tubo. Había además gran cantidad de algo que parecían colosales bombonas y cilindros de muchos grosores y tamaños y algunos eran tan altos y tan elaborados como para construir majestuosos obeliscos. En las paredes, al igual que la sala anterior, los textos y las imágenes a color explicaban la procedencia de todos los materiales. Las flores, los troncos, las ramas y principalmente las raíces de las plantas humanoides eran exclusivamente la materia prima de estos inusuales artefactos.   

Gadea salió de la habitación completamente atónita. La última sala del castillo era en su totalidad gráfica. Los muros estaban cubiertos de texto y figuras donde aparecían las mujercitas desnudas realizando su actividad cotidiana. En algunas representaciones las damiselas estaban congregadas en círculos y cada una de ellas portaba una pequeña estrella. Para fortuna de la joven Ancarola en un costado del gran salón podía apreciarse un estupendo mapa del lugar trabajado en gran detalle, así pudo confirmar sus sospechas respecto a la ubicación del Corporum-esferae el cual estaba efectivamente al centro del Ditriae-Corporum que era el nombre de ese extraño e incomprensible sistema.  

A media mañana dejó de llover y sobre un charco de agua a los pies de Melissa aleteaba una graciosa libélula. Ella se distraía con el insecto cuando escuchó la voz de Nina Font quien se aproximaba a la plaza en compañía de su prima Pilar. Ambas mujeres se detuvieron frente al frondoso árbol. La de voz alegre y cantarina le dijo a la otra. -Querida Pilar ¿crees que debería bordar de café las carpetas  del sillón de papá? Algo contestó Pilar pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -Qué raro. –pensó la anciana- Nina nunca ha querido hacer labor de punto.    

Pamela profundamente dormida en el sillón no se percató que la luz había llegado. Sobre la mesa de centro el libro mudaba sus páginas y lentamente las historias del Ditriae-Corporum cobraban forma en su sueño, así Las estrellas congregadas en un círculo giraban entonando un rumor de agua en la espesura del bosque.  

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34.Texto. Las mujercitas desnudas

Junio 11, 2007 · Dejar un comentario

mujercitas desnudasNo le quedó la menor duda. Era la misma damisela  rezagada de mal genio la que no le apartaba la vista. Gadea más que aterrada se sintió grotesca, había caído de bruces en medio de la piscina, estaba hecha una sopa y tan vestida con todo y capa se sintió ridícula junto a las desnudas mujercitas.          

-¿No te das por vencida, verdad? –le dijo la mujer a Gadea en un tono de pocos amigos.  

-Perdón por molestar, al menos si me indicara la salida… -Imploró Gadea.  

-Acabas de llegar, ¿y ya quieres irte?  

-No… solo… que no quiero estorbar. 

-Pues no estorbarás por mucho tiempo –le dijo duramente la mujer- en breve comenzarás a disgregarte.  

-¿A disgregarme?  

-Oíste bien. –Gritó- afectas nuestro sistema y no puedes permanecer mucho tiempo aquí. 

-¿Y hay una forma de salir? –gimió Gadea  

-Si, hay una.  

-¿Una? –Preguntó Gadea con gran nerviosismo. 

-Si, tendrás que salir por el Corporum-esferae… y muy pocos lo logran. Pero antes de indicarte la salida –continuó la mujer- Debo decirte que me llamo Ollg ¿Cuál es tu nombre? –Le preguntó la mujercita alisándose el húmedo y largo cabello.   

-Gadea… Gadea Ancarola. 

-¡Ah! Veo que tienes dos nombres. –dijo Ollg nadando hasta la orilla de la alberca.  

Gadea la siguió y de un brinco, al igual que la mujercita salieron de la piscina. La joven Ancarola más que temor  experimentaba una extraña sensación de aturdimiento ante la inverosímil situación que enfrentaba, de tal modo no se percató del hilarante ruido que hacían sus zapatos al caminar ni tampoco de los charcos azulosos que dejaban a su paso sus ropas empapadas. Ollg era pequeñita y ágil, estando ella de pie no le llegaba siquiera a la cintura, su cara era la de una mujer joven, ni fea ni agraciada, tenía un cuerpecito regordete y los dedos de los pies estaban tan separados que parecían un simpático abanico. Gadea observó que la alberca se encontraba en un espacio impecablemente limpio y bastante amplio, se dio cuenta que el techo en forma de bóveda mostraba al centro de la cúpula la figura ornamentada de un sol flanqueado por dos lunas o sobrepuesto en un círculo el cual estaba rodeado por una enorme estrella de doce picos. Completaban el diseño gran cantidad de pequeñas estrellas y textos trazados en forma radial y concéntrica a lo largo de todo el borde de la representación. Abstraída con todo lo que le rodeaba, clavó sus ojos en la decoración del muro donde se podía ver en la parte central un bajorrelieve en cuyo centro sobresalía una exquisita estrella de seis puntas. A su vez la estrella estaba rodeada de lo que parecía una canaleta o anillo que semejaba una alberca de agua azulosa la cual remataba con nueve antepechos o salientes. No obstante, observó la figura con mayor cuidado y descubrió que el arreglo del muro exhibía una enorme flor de nueve pétalos. Entre cada pétalo se formaba una línea con un texto escrito y dos círculos de texto rodeaban la flor. Ningún otro adorno había en esa habitación, ni muebles, ni tapates, ni cortinas, ni cuadros, absolutamente nada, sólo los ventanales rematados en  enormes arcadas dejaban pasar esa luz inusual, densa y difusa a través de las húmedas membranas que las cubrían.           

Ollg la llamó un par de veces, Gadea salió de su introspección y siguió a la mujercita hasta llegar a una arcada lo suficientemente alta y ancha como para permitir el paso de un elefante. Con un objeto similar a un gran anillo adornado con algo que parecía una gema, la mujercita señaló una sección del monumental arco y al instante desapareció parte de la superficie membranosa que lo cubría, creándose entre la piedra del anillo y la trama de la arcada una incandescente estela luminosa. Del hueco recién abierto, el cual tras de ellas al acto se cerró, salieron ambas a una espaciosa terraza que más adelante tomaba la forma de un sinuoso camino franqueado por los lados de minúsculos parapetos que marcaban el borde hacia un desfiladero sobre el cual estaba asentada la totalidad del conjunto, dando la sensación de flotar o existir suspendido arriba de las oscuras gargantas del precipicio cuya base permanecía cubierta de densa niebla. El día comenzaba a declinar y el cielo que hacía unos instantes mostraba cierta refulgencia, de forma imprevista se llenó de oscuros manchones saturando el ambiente de tinieblas. No muy lejos Gadea vio aproximarse a un tropel de mujercitas desnudas que con paso raudo pasaban frente a ella portando cada una, una luminosa estrella. Gadea se aparto lo suficiente para no alterarlas y en su intensión no midió lo bajo del parapeto con el cual horrendamente tropezó. Su cuerpo salió disparado al desfiladero dando violentos tumbos de tramo en tramo hasta llegar a las oscuras gargantas del precipicio.  

Era domingo y las campanas de la iglesia de la Asunción repicaban de tanto en tanto al llamado de los fieles. Después de la misa la plaza de las Palomas se llenaba de vendedores, adivinos, trotamundos y músicos ambulantes que complacían a la gente del pueblo como cualquier día de fiesta hasta bien entrada la tarde. Melissa lamentaba no poder asistir al templo enraizada en esa dolorosa esquina frente a la lencería y pasamanería de Pollenca. La vieja atrapada en el árbol se encontraba rezando alguna plegaria cuando vio venir a Nina Font acompañada de su prima Pilar. Las dos mujeres que cubrían con un velo negro su cabeza se sentaron justo en su banca. La más bajita y de tez muy pálida le dijo a la otra. –Querida Nina, ¿Te había dicho que cuando me case con José Juan nos iremos a vivir a Puigdemar? Algo contestó Nina Pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. –Qué raro. Pensó la anciana- Pilar está casada con Manolo Torrecilla.   

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33.Texto. Estrella luminosa

Junio 9, 2007 · Dejar un comentario

estrella luminosaGadea permaneció largo rato en el suelo tendida en esa patética postura. Bajo el demoledor silencio con su oreja pegada casi al piso creyó escuchar el ruido suave y acompasado de una multitud de pequeños pies que avanzaban hacia ella. Levantó la vista y vio a lo lejos el resplandor difuso de menudas lucecitas. De inmediato se incorporó y aunque en ese momento no pudo ponerse de pie, mantuvo su espalda erguida apoyada en sus piernas arrodilladas. La tenue emisión de luz se hizo cada vez más clara y pudo ver con certidumbre a unas mujercitas que pasaban de largo junto a su estropeado cuerpo sin molestarse tan siquiera en voltear a mirarla. Las pequeñas adultas median lo mismo que ella sentada en esa incómoda posición. Gadea observó que las insólitas damiselas portaban en su mano derecha una estrella luminosa e iban completamente desnudas. Como en un desfile alegórico las vio pasar una a una tan inmutables e inexpresivas que dudó lo que sus ojos veían. Debieron ser más de veinte, tal vez treinta y cuando creyó que había concluido el singular desfile atisbó en la cercanía a una rezagada que al pasar frente a ella le dirigió un vistazo que más bien parecía un examen de aprobación. Gadea aprovechó la dichosa circunstancia para preguntarle. 

-¿Dónde estoy? 

-¡Estás estorbando! –dijo secamente la inaudita mujer- y continuó su camino.  

Gadea se desplomó en llanto, en su aflicción apenas se dio cuenta que las piernas le hormigueaban, las estiró sobre el suelo lo más que pudo masajeando con ambas manos una de sus rodillas. Cuando sintió un poco de alivio logró levantarse al tiempo que se acomodaba la capa sobre sus hombros. Amanecía, al menos eso creyó al ver que cierta claridad penetraba por las arcadas del ventanal  de un largo pasillo donde parecía estar. Se aproximó al pretil de una de las ventanas y vio que estaban cubiertas de una sustancia  tersa, flexible, transparente y húmeda. Hacia afuera se podía ver una extraña ciudad de al menos nueve edificios con cúpulas y torres estrambóticamente adornadas. Las edificaciones parecían interconectarse entre sí por sinuosas avenidas y terrazas y en la parte superior de todas las construcciones salían gigantescos tubos que se arqueaban discretamente hacia arriba formando puentes de unión entre todas ellas. El cielo tenía una consistencia inusual, parecía un día nublado, aunque de hecho no había nubes, pero no alcanzó a ubicar el sol por ningún lado. Gadea especuló que ella seguramente se encontraba en lo alto de alguna edificación ya que no alcanzaba a distinguir el fondo de la superficie del terreno que estaba cubierto de una espesa bruma. Volteó hacia los extremos del pasillo, en ningún caso pudo distinguir el final ya que ambos lados aparentemente remataban en una curva. Su extrañeza se acrecentó al descubrir que el techo no muy alto, mostraba una superficie acolchonada. Una cantidad tal de pequeñas volutas de color azul parecían estar ensartadas en un arreglo ondeante y ciertamente riguroso.  Avanzó con gran cautela  por el insólito corredor que más bien parecía un enorme tubo en forma de anillo el cual paradójicamente no llevaba a ningún sitio. Todo el interior del pasillo era exactamente igual y solo el paisaje exterior revelaba en el lado opuesto de la ciudad una cantidad tal de bruma que a excepción de ciertas secciones parecía apreciarse sin lugar a dudas la fronda colorida de un bosque entre la niebla.

Gadea se preguntaba con gran extrañeza por donde habían entrado y salido las mujercitas, pues ella no advirtió nada que pudiera parecerse a un acceso, o a una puerta o al menos a algo similar a una abertura. El muro frente a los arcos de las ventanas aunque rugoso y plagado de pequeños orificios se veía bastante sólido, ensimismada en sus cavilaciones tardó en descubrir que estaba parada en un inmenso charco de agua azulosa el cual crecía raudamente al acumularse el líquido que brotaba de una especie de canaletas alineadas en lo alto y largo del muro. El nivel del agua subió de forma tan repentina que en breves instantes había llenado todo el espacio por completo. Gadea nadó desesperadamente a la superficie, al levantar su mano se dio cuenta que estaba a tan solo un palmo del techo, cuando el líquido alcanzó su máximo nivel, advirtió que las volutas de la bóveda devoraban con tal avidez el cerúleo líquido que en la proeza de tragarlo todo, la habían atrapado a ella manteniéndola completamente adherida a las insaciables ventosas de esa horripilante masa amorfa. Tras un rumor parecido a un resoplo, seguido de un fuerte estrépito descubrió que unas compuertas situadas en la parte baja del orgánico muro, se habían abierto dejando escapar vertiginosamente el fluido misterioso que junto con ella, avanzaba al centro de un tubo con la fuerza demoledora de un remolino. Todo fue tan expedito que no supo en que momento había ido a parar a una alberca donde se bañaban plácidamente algunas mujercitas.    

Al día siguiente Melissa descubrió que una pareja de mirlos construía un nido entre sus ramas, estaba viendo a los pajarillos cuando escuchó la voz de Nina Font quien se aproximaba a la plaza en compañía de su prima Pilar. Ambas mujeres se refugiaron del sol bajo su fronda. La de ojos gitanos y cabello oscuro le dijo a la otra. -Querida Pilar ¿crees que a mamá le guste la mantilla que le estoy bordando? Algo contestó Pilar pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -Qué raro. –pensó la anciana- Si la pobre de Inecita murió el año pasado.      

Pamela dormía profundamente en el sillón, no había encendido las velas y la linterna estaba apagada sobre la mesita de centro. El libro sin más, alentó sus páginas que fueron pasando lentamente una a una dejando escapar sus vagas presencias en el caótico sueño de Pamela. Afuera, las estrellas cubrían con un mágico resplandor el cielo y en una inusitada danza recorrieron el seductor espacio iluminando todos los confines del firmamento. 

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32.Texto. La plaza de las palomas

Junio 7, 2007 · Dejar un comentario

la plaza de las palomasGadea salió de la biblioteca para alcanzar a Melissa, supuso que se habría adentrado por el túnel, así que se enfiló en la dirección correcta, no había andado más de cinco pasos cuando repentinamente se hizo la más aterradora oscuridad.

 Pamela alzó la vista, entrecerró el libro sin retirar sus pulgares de la página que recién leía, con los ojos entornados vio hacia un punto indefinido de la pared, por unos instantes su rostro abandonó la gentileza de sus finos rasgos y en su expresión atónita se dibujó un signo de estupor. Tenía la mente en blanco cuando escuchó un golpeteo insistente en el vidrio de la ventana, se estremeció de súbito al ver a un hombre fornido haciéndole señas. El hombre insistía hasta que Pamela le gritó desde el sillón. 

-¿Qué desea? 

-Disculpe la molestia, soy de la compañía de luz. Hemos cortado temporalmente el servicio por una anomalía en el transformador de la zona. 

-¿No hay luz? 

-No señorita, estamos trabajando en eso. 

-¿Tardarán mucho? 

-Cuatro o cinco horas, tal vez un poco más, perdone las molestias. 

-No se preocupe. –dijo con cierta resignación y agregó-  Gracias.Vio alejarse al hombre a través del vidrio, todas las ventanas estaban cerradas y el aire acondicionado había dejado de funcionar. El termómetro marcaba cuarenta grados en el exterior y ya había subido la temperatura a treinta y un grados en el interior. Eran poco más de las cinco de la tarde así que con suerte, pensó que la luz llegaría a las nueve o diez de la noche. Sacó un refresco del refrigerador, le puso bastante hielo, rellenó con agua la charola de los cubos y la metió nuevamente al congelador, dudó por un instante, finalmente sacó la charola y la dejó sobre la mesa de la cocina. Encontró una linterna en la caja de herramientas y hasta entonces se percató que había suficientes velas decorativas esparcidas por toda la casa como para alumbrarse por varios días. Bueno –pensó- al menos no estaré a oscuras. 

Sentada nuevamente en el sillón, acompañada de un vaso de refresco helado, vio con cierto recelo el libro que había dejado abierto en la mesita de centro.  

-¿Sincronicidad? -Dijo en voz alta- ¡O una coincidencia significativa!   

Gadea estaba petrificada, se paralizó por completo, no se movía ni un ápice, el único sonido que escuchaba era el de su respiración. Mentalmente se repetía -Tiitameli, tiitamel, ¿dónde estás? Cuídate, te voy a encontrar. Con sumo esfuerzo levantó su brazo derecho, lo jaló lo más que pudo al tiempo que estiraba los cinco dedos de su mano, avanzó lentamente el cuerpo en esa dirección, con el otro brazo hacía movimientos desordenados intentando tocar algo que le indicara su posición en el pasadizo. Pensó que a su costado derecho, a corta distancia debía encontrarse el muro del túnel, así que caminó de lado contando cada uno de sus pasos. …cuatro, cinco, seis. ¡Listo! su mano topó con la pared. En esa posición hizo algunos cálculos, -hacia mis espaldas está la biblioteca, puedo bordear el muro de la estantería y salir nuevamente al pasadizo, después deberé continuar en esa dirección hasta advertir  la primera galería, desde ahí será fácil encontrar la salida pedir ayuda y regresar por Melissa. -Se repetía mentalmente visualizando cada uno de los puntos que debería alcanzar en su camino. Puso en marcha su plan, giró ciento ochenta grados intercambiando con rauda agilidad su mano derecha por la izquierda que ahora tocaba el muro– inició la marcha apurando el paso sin apartar en lo absoluto su mano de la pared, sentía sofocarse y la oscuridad empezaba a generarle una sensación de pánico. Había caminado un buen trecho y le inquietó no encontrar la primera esquina de la biblioteca, pensó que la había pasado inadvertida, pero no, al menos en algún momento debió toparse con el primer recodo. Instintivamente comenzó a trotar, prácticamente estaba corriendo como si algo o alguien la persiguiera. En su carrera se despojó de su capa arrojándola tras de sí, continuó la marcha vertiginosa hasta que sus pies se enredaron con algo y cayó violentamente al suelo. Sin poderse levantar se sintió extenuada, terriblemente abatida e inmensamente sola, por primera vez en su vida experimentó una brutal sensación de desamparo y profunda tristeza. Se acurrucó en el suelo protegiendo su cuerpo adolorido con sus manos adoptando la posición de un feto indefenso. Recargó su cabeza sobre la suave tela… de su capa. Efectivamente, había tropezado con su capa. -No es posible. –dijo mentalmente- tocando los bordes del paño que tan bien conociera. -La capa ha quedado atrás ¿cómo ha llegado hasta aquí? –se preguntaba al borde del desconcierto. ¿Dónde estoy? –sollozó-  Tiitameli, tiitamel, por favor… no entiendo nada. 

Melissa despertó con los primeros rayos del sol. A esa hora iniciaba el trajín del mercado frente a la plaza de las Palomas. Los recios hombres en un ir y venir por las calles del pueblo arrastraban sus carretones cargados de mercancía, algunos señores llegaban a caballo directo al bodegón de pitanzas que a temprana hora encendían los fogones para preparar las empanadas de pescado, la deliciosa tarta de almendra o el lomo de cerdo con col. El gustoso olor a comida y el ensordecedor canto de las aves la ubicó lejos de la hacienda, repentinamente creyó ver a  Gadea en el pasadizo de la mezquita. Cómo una súbita  visión la vio tan real y abandonada que sintió pena por su querida hija. Pero no, no era posible, ni Apel ni Gadea ni siquiera su propia sombra sabían nada de lo que había ocurrido años atrás. Advirtió que estaba cansada y hambrienta y pensó que ya era hora de regresar a casa. Con gran esfuerzo pretendió enderezar su cuerpo pero se sintió demoledoramente pesada, trató de ayudarse con sus manos e intentó levantar tan solo una de sus piernas, pero fue totalmente  imposible –soy una vieja achacosa. –dijo para sí bastante enfadada- creyó que debía descansar un rato sus pies hinchados y decidió quitarse los zapatos, se inclinó y vio que en vez de piernas tenía en sus extremidades inferiores una gruesa raíz que penetraba profundamente en la tierra. Lo primero que pensó fue en pedir ayuda. –¡Ayuda, ayuda por favor!- nadie la escuchó porque el mudo sonido se quedó en lo más profundo de su pensamiento. Así pasó la mañana viendo como la gente de Pollenca hacia su día cotidiano. A ratos dormitaba pero el gorjear de los pájaros y el viento que agitaba vigorosamente su fronda la mantenían bastante despierta. Enfrente estaba el mercado de la Asunción y justo delante de ella atravesando la calle empedrada había un negocio de lencería y pasamanería. Del establecimiento  vio salir a Nina Font acompañada de su prima Pilar. Las dos mujeres atravesaron la calle empedrada y se sentaron justamente  en su banca. La rubia y más joven de ellas le comentó a la otra. –Querida Nina ¿te imaginas que linda se va a ver mi Ana Belén con su vestidito adornado con este pasa listón de seda? Algo contestó Nina pero Melissa no lo pudo escuchar porque empezaron a ladrar unos perros. -Qué raro. –pensó la anciana- Pilar tuvo un varoncito pero el pobre crío murió de flema.         

Pamela se quedó de una pieza. No entendía lo que estaba pasando. Será el calor –pensó- ¡Y la luz que no llega!

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31.Texto.El túnel de la mezquita

Junio 4, 2007 · Dejar un comentario

el túnel de la mezquita Tras el inesperado incidente en el puerto las tres mujeres viajan en silencio de regreso a la hacienda. Apel piensa en Ulrich, lo recuerda con su gastado sombrero ancho y la holgada ropa de campo labrando el huerto mientras los gemelos André y Joan junto a Joaquím  corretean unos gansos cerca de la improvisada cuna que permanece a la sombra de una techumbre. Ella se ve joven y frágil al tiempo que teje unos zapatitos de estambre para el pequeño Georg quien duerme plácidamente. Una lágrima rueda por su mejilla, sabe que el tiempo pasa sin tregua y piensa que es momento de que Melissa hable con su hija. 

Tan pronto llegan a la hacienda Apel se disculpa, desea descansar, le sugiere a su hermana que de un paseo con Gadea. Nuevamente en el carruaje Melissa le pide al cochero que se dirija hacia la mezquita. Habían pasado cuarenta y cinco años desde la última vez que sus ojos vieran la antigua edificación  musulmana. Apenas era posible reconocer los bordes de la fuente del patio central del oratorio que se había roto con la fuerza de las raíces de un enorme árbol, la vegetación había crecido indiscriminadamente cubriéndolo todo como si el tiempo quisiera borrar lo acaecido con verde perenne. De la galería de los cadáveres aún quedaban algunos muros que un tanto demacrados no obstante mostraban la suntuosa decoración bizantina para que Gadea pudiera imaginarse el esplendor de tiempos pasados. Habían sucumbido al tiempo la torre del alminar que permanecía casi inalterable al igual que algunas arcadas del segundo piso. Nada quedaba ya de la mampostería del púlpito, ni de la hermosa escalera ornamentada. El pretil de hierro fundido con motivos vegetales estaba cubierto de una densa madreselva que fue necesario que Gadea y Melissa forcejearan durante largo rato para poder liberar el mecanismo oculto de la puerta. Finalmente dieron con el anillo móvil, cuando lograron zafarlo, estrepitosamente se escuchó el sonido áspero y crujiente de una puerta corrediza que dejaba al descubierto el pasadizo secreto.   

Un ligero olor a musgo salió de la cavidad por donde penetraron los rayos cálidos del sol. Gadea se aprovisionó de la lámpara de aceite que habían llevado y con gran entereza fue la primera en bajar. La joven tardó en percatarse de que aún después de recorrer cierta distancia en el interior del túnel la luz del día seguía iluminando el pasadizo. Melissa reconoció los objetos de la primera cámara que permanecían inalterables tal cual como ella los hubiera dejado años atrás. Los atriles para el Corán y los muebles de madera tallada asombrosamente se veían libres de polvo y telarañas al igual que los pebeteros, la cerámica, las piezas de orfebrería, el arcón repleto de cosas diversas y cada uno de los objetos que ahí se encontraban parecían relucir ajenos a los efectos del tiempo.   Gadea se aproximó a un cofre por donde asomaba un lienzo de seda, tocó delicadamente el género y sintió la tersa suavidad de la tela al contacto con sus dedos. Estaba tan fascinada con todo lo que sus ojos veían que siguió el recorrido por el túnel olvidando tras de sí la lámpara de aceite. Cuando llegó a la biblioteca se percató que Melissa exploraba las estanterías como si buscara alguna obra en particular, la vio tan absorta que no quiso interrumpirla. A Gadea le parecía extraordinario que en un solo lugar hubiese tantos libros, en su casa no había más de tres o cinco y nunca había mostrado interés por ellos, pero en ese momento, alguna extraña circunstancia le provocaba el tremendo anhelo de leerlos todos, más aún, sintió el profundo deseo de poder escribir un libro, no obstante que su incapacidad para socializar la habían recluido todos esos años en la hacienda limitando sus escasos estudios a las enseñanzas que le impartiera su tía abuela.  

La joven examinaba los enigmáticos ejemplares con ávido interés, en particular aquellos que tenían dibujos y signos extraños que ella no comprendía, se dio cuenta que las ilustraciones eran parcialmente suficientes para expresar algunas ideas sobre las personas, los animales o la tremenda cantidad de cosas trazadas en los textos que ella intentaba vislumbrar, de tal modo suponía que muchos pensamientos o asuntos particulares debieran contener aquellas elegantes letras garigoleadas. Iba a preguntarle a Melissa con cuántos signos puede expresarse una idea pero al voltear a la estantería la anciana ya no estaba ahí. Melissa se había adentrado por el túnel hasta llegar a la galería de “Las lajas de los santos difuntos” caminó imperturbable a lo largo de las mesetas pétreas rozando con su mano extendida las pilas de roca, y al no advertir la presencia de los monjes ni la del magíster Prinio Corella se siguió de largo hasta llegar a la última galería que relataba a través de las pinturas murales la historia de la mezquita. Arriba de un bastidor vio encaramado al místico Ibn al-jarim quién en ese momento retocaba los bigotes encrispados de Jeremy Ancarola montado en un tremendo y bestial corcel.  Melissa avanzó inconmovible hasta llegar al extremo del túnel, el aire fresco y la brisa le anunciaron la cercanía de las aguas del mediterráneo. Desde la boca de la caverna se arrastró  por la espesa vegetación asiéndose fuertemente de las rocas, las ramas y las raíces expuestas de los árboles. Penosamente llegó a la playa y sin darse tregua se enfiló hacia el puerto de Pollenca. Era tarde, la actividad del muelle había cesado, solo unos albatros revoloteaban por el cadavérico cielo mientras la mayoría descansaba como  tótems espigados sobre tocones que despuntaban de las aguas del amarradero. Sin descansar, con los pies adoloridos y las ropas ajadas avanzó a lo largo del paseo del malecón urgida de una prisa sobrehumana que la obligaba a seguir hasta el pueblo. Entró por
la Purísima, la calle principal del villorrio apenas iluminada con la tenue luz de los faroles. Cruzó con premura el barrio de Hortelanos de cuyas ventanas algunos mesones y tabernas dejaban escapar el fulgor de una llama cerúlea, amarillenta y mortecina. Con la respiración entrecortada se detuvo un instante cuando divisó la torre de la iglesia de
la Asunción, cortó camino por el callejón de Tejedores y caminó lentamente, casi arrastrando sus delgadas piernas hasta llegar a la plaza de las Palomas, donde encontró una banca cómoda para pasar la noche.

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30.Texto. Un cuadrante con brújula

Junio 4, 2007 · Dejar un comentario

cuadrante  En la época justa de floración el viento disemina el aroma perfumado de los azahares por toda la comarca de la hacienda, inundando a lo lejos con el fresco efluvio las tranquilas callejuelas del pueblo de Pollenca, y aún más allá de la distancia, desde alta mar, en la cubierta de los barcos se aspira el aroma de las flores. Georg y Catalina a bordo de una imponente nave comercial sobre las aguas del mediterráneo, ven alejarse los riscos encumbrados de la sierra Tramuntana y con ellos abandonan en la isla sus viejos recuerdos que se desvanecen para construir un nuevo horizonte.

En el prístino pasado de la memoria queda la presencia del primero de los Ancarola originario de Brescon un puerto al sur de Francia. Célebre aventurero insensible y en más de una ocasión brutalmente bárbaro quién se había asentado doscientos años atrás al noreste de la isla de Mallorca. Años más tarde su único hijo que le sobreviviera, Gaspar Ancarola, apodado el granjero  limpiaría la mala imagen de su padre transformando los campos  salvajes y rústicos en las más prodigas tierras de labranza. La generosa plantación del granjero se convertiría muy pronto en las manos de su hijo Ulrich en el más pujante comercio de la región que no tan sólo se limitaba a la mercadería de los productos del campo.

Por primera vez en la historia de los Ancarola las mujeres de la familia aportarían su fatigoso trabajo y creatividad para fundar y emprender una gran industria. Ahora Georg, el último de las Ancarola amasaba para sí una vasta fortuna que junto con las familias de los Fugger, los Médicis y los Welser constituían el grupo prominente de banqueros capaces de influir en las grandes decisiones políticas de la época. Así, el último de los Ancarola veía crecer como la espuma sus aspiraciones comerciales al extender sus inversiones en el mundo de la minería, las especias, las propiedades inmobiliarias y las gemas.  

Su esposa, la astuta Catalina experimentaba en lo más íntimo de su ser un regocijo triunfal al acceder repentinamente en la selecta jerarquía de las damas encumbradas de la alta sociedad. Confiaba en su porte agradable, en su capacidad de escuchar y guardar silencio cuando era necesario y naturalmente en su inusual y exquisita belleza.

Ataviada con un elegante vestido de damasco, cubría con las largas y amplias mangas de una blusa de seda sus delicadas y blancas manos, llevaba descubierta la cabeza ondeando el cabello rubio y rizado que volaba al vaivén del viento sobre la cofia tersa de una ligera capa. Sentía la brisa del mediterráneo acariciar su rostro mientras sus pensamientos se posaban en las hermosas comarcas de Almagro donde su esposo había adquirido una fastuosa residencia.

Tan pronto llegaron a la finca Catalina tomó las riendas de la propiedad haciéndose personalmente cargo de cada uno de sus exquisitos espacios interiores y exteriores. Temprano en la mañana paseaba por el jardín y el huerto, supervisaba la cocina y el almacén de los víveres cuya única llave llevaba invariablemente colgando a su ajustada cintura. El recinto de almacenamiento estaba siempre custodiado y en su interior en extremo pulcro y con riguroso orden se guardaban los granos de cereales y legumbres secas como el garbanzo, las alubias, lentejas y las habas que descansaban en enormes sacos sobre tarimas apoyadas en el reluciente piso de cerámica. Del techo colgaban enormes ristras de mortadela, salchicha y morcilla que junto a los jamones, el tocino de puerco y las vejigas llenas de unto creaban un ambiente inigualable para el gusto de la vista y el olfato embelesando plácidamente los sentidos. Recipientes llenos de higos, alcaparras y aceitunas se guardaban junto a las repisas cargadas de quesos parmesanos puestos hábilmente a madurar en el extremo opuesto de los enormes barriles de pescado y carne conservados en sal. Catalina supervisaba la entrada y la salida de cada uno de los víveres, de los frascos de confituras, de las ánforas de miel, de los recipientes de jalea, de los cestos con almendras, dátiles y pasas, castañas y nueces. Todo, absolutamente todo, incluyendo las reservas de vino del país y el extranjero se encontraban encerrados bajo la gran cámara abovedada, suficientemente seca y agradablemente fresca como aprendiera Catalina desde hacía poco más de veinte años de las incansables mujeres de la hacienda, Melissa y Apel. 

 En el muelle sigue la vida bulliciosa del puerto de Pollenca y a lo lejos en el horizonte azul del mediterráneo, como un barquito de papel se aleja la nave llevándose al último de los hijos de la viuda Ancarola. Apel se persigna varias veces haciendo la señal de la cruz para que Georg y Catalina lleguen con bien al próspero pueblo de Almagro, ubicado en la Ciudad Real de las tierras de Castillala Mancha. Aunque sabe que el viaje por mar es corto, cierra los ojos con fuerza porque no quiere pensar en naufragios, ni piraterías, respira hondo mientras toma fuertemente del brazo a Melissa quién está por cumplir setenta y cuatro años.  

Gadea sigue de cerca a las dos mujeres que han sido el fundamento afectivo de toda su joven vida. Tras un breve recorrido por la zona costera, bajo el cielo apacible del mes de julio las hermanas Ferrater son saludadas con reverencial respeto por los lugareños y la gente venida al puerto. Las dos mujeres se adelantan mientras Gadea se entretiene con un comerciante extranjero que le quiere vender un raro artefacto. Vicente de Rusiñol, quién actuara como administrador de la hacienda desde hacía más de diez años, se percata de las intenciones del  desconocido y toma cartas en el asunto. Demasiado tarde por que Gadea se muestra muy interesada en el objeto. Una pequeña caja rectangular de oro reluciente, con un bello grabado de formas arabescas en la parte superior de la tapa guarda en su interior un hermoso cuadrante con brújula. Era la primera vez que ella veía un reloj de sombra portátil tan pequeño que podía guardarse en un discreto bolso. Rusiñol insta amablemente al tipo para que se retire. Las criadas que  cargaban sendas canastas con pescado y ostras y que guardaban cierta distancia de sus amas se acercan al grupo que había reunido ya varios curiosos. No se hicieron esperar Apel y Melissa que voltearon atraídas por la algarabía y el tumulto. Rusiñol bastante contrariado les explica a las señoras lo que está ocurriendo. Apel se acerca a Gadea y le dice quedamente. –Debemos irnos. Las dos mujeres se apartan de la muchedumbre mientras Melissa le da instrucciones al encargado para que realice la transacción comercial del hermoso reloj de sombra que Gadea había guardado ya en uno de los bolsillos de su amplia falda.

Desde el carruaje Gadea voltea para ver al extranjero, siente por primera vez que aletean mariposas en su estómago, su mirada se cruza a lo lejos con una sonrisa gloriosamente angelical que le dedica Antonello Guinelli, la única persona en el mundo que sería capaz de darle sentido a su sorprendente vida.

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