-Si al menos tuviera una pista. Un indicio, cualquier cosa que me indicara el camino correcto en esta absurda pesquisa -se repetía una y otra vez la heredera universal del extinto clan de los Thien. Sobre la superficie de vidrio que cubría el hierro forjado de la mesa del jardín se encontraba el libro de Don Ernesto. Con indiferencia tomó el diario del señor Thien e inició su lectura sin ningún remordimiento o pudor que pudiera dañar su conciencia. Ninguna cosa en el libro parecía relevante, en ningún momento se hacía mención de Doña Aurora, Abigail o Felicia. -Acaso las hojas arrancadas -pensó Pamela, decían algo que evidentemente alguien no quería que se leyera. Tal vez el mismo anciano se arrepintió de haber escrito alguna intimidad non santa o cualquier situación que le fuera por demás bochornosa. El diario terminaba abruptamente con una serie de notas o tareas que Don Ernesto debería hacer en fechas específicas como “Mandarle el lunes a Román la colección del Matutino”, etc. La lista bastante sui generis no era muy extensa así que Pamela se tomó la molestia de leerla. De súbito, la joven interrumpió la lectura. Sin lugar a dudas una sucinta nota con letra manuscrita la involucraba a ella.
“Notificarle a la dueña que oculto el arca la morada en prenda”.
-¡Si, esto es para mi! el viejo quería que yo leyera esta nota -se dijo nerviosa. Repitió lentamente y en vos alta la frase que dividió en tres fragmentos tratando de descifrar el supuesto mensaje.
-Notificarle a la dueña.
-Que oculto el arca.
-la morada en prenda.
-No, no entiendo -calma se dijo- ¡ah! ya, por supuesto, está más que claro. -El arca –reflexionó- es el paquete oculto que mi madre debió dejarme. La morada es… esta casa. Está claro, clarísimo rió desmesuradamente. El gesto que apenas unos instantes había llenado su rostro de satisfacción pronto se convirtió en la mueca patética de su ahogado llanto. ¿En prenda? -Se dijo- evadiendo la voz de su fatal especulación.
-Esto significa “a cambio de…”, “en vez de…”, no, no lo acepto, reniego de tanta estupidez -gritó descomunalmente con la intención de ser escuchada por todos los muertos que habían habitado la casa, y arrojó con tal violencia el diario que fue a parar en medio de un macizo de rododendros y azaleas perennes hundiéndose en la fragante espesura de las flores.
Pamela llegó dos horas antes al hotel de lo que habían acordado. Desempacó, se dio un placentero baño, y se arregló con la misma emoción que le embargara el día de su primera cita con Ferdinán. Justo a tiempo cuando terminaba de aplicarse unas gotas de “Eternity” tocaron a la puerta. Un botones entró con un carrito de servicio portando algunos bocadillos, ensalada marinada con salmón y langosta a las brazas humeantes en el fuego de un rústico hornillo. Pamela observaba enardecida la solícita diligencia del camarero al disponer los platos de Talavera, los cubiertos y las fuentes de los alimentos sobre la mesa de estar de la habitación número 106 del hotel Galería donde se encontraba hospedado el señor Ferdinán Perilló. Finalmente el botones acomodó al centro del bufete un candelabro con velas decoradas y un par de primorosas copas. Se retiró solicitando la aprobación de la joven señora quien manifestó estar sumamente satisfecha.
-En un momento más traerán el champagne -dijo el camarero e inmediatamente se retiró.
Tocaron por segunda vez a la puerta y Pamela desde el jardín de la terraza que daba a la alberca dijo en voz alta.
-Pase, está abierto.
Al abrirse la puerta y no ver entrar a nadie volteó alarmada. En el acto se percató de un sonido extraño que le hizo fijar la atención hacia un punto remoto de la alfombra donde algo incierto se movía avanzando hacia ella. Repentinamente sintió temor y retrocedió. El objeto se detuvo por un instante, pero inmediatamente reanudó el paso. Pamela permaneció petrificada ante la minúscula cosa, que había comenzado a emitir un peculiar sonido intermitente acompasado con un ritmo semejante de luces difusas.
-Bien hecho Catarina, -se escuchó distante la voz grave de Ferdinán que en ese momento entraba en la habitación positivamente complacido.
-Fer -dijo eufórica la sorprendida esposa que no se atrevió a moverse de su lugar. Ferdinán tomó con mesura la alimaña mecánica que permanecía estática en el piso y la depositó entre las manos de Pamela. -Tiene un sensor -explicó escuetamente rodeándola con sus brazos. -Y… como funciona amor -preguntó Pamela acentuando el tono meloso de su seductora voz.
-Catarina está provista de un ojo que reconoce tu bella silueta -dijo Ferdinán con gesto reflexivo. Parsimonioso la abrazó dulcemente tocándole los senos con tierno y placentero movimiento. Hizo una pausa para besarle los ojos que Pamela había entornado al sentir el suave contacto de sus labios. Como un ritual aprendido besó la perfecta nariz de su esposa y las mejillas acaloradas por la febril excitación que le producía la cercanía de Ferdinán.
-¿Todo eso reconoce Catarina? -preguntó Pamela con dócil voz entrecortada.
-También reconoce tus apetecibles labios, pequeña mía.
-Te quiero Fer -dijo la joven, quien hábilmente alcanzó a colocar el diminuto robot sobre la mesa. Se besaron apasionadamente, e hicieron tantas veces el amor como la primera vez, pero igual que en aquella ocasión no pudieron recordar a ciencia cierta el número exacto. En la madrugada, completamente desnudos sobre la alfombra, consumieron hambrientos y sedientos las frías viandas acompañadas con la langosta que más que a las brazas había quedado en un punto deplorablemente carbonizado.
———————————————–
Dar clic en La muerte de Artemio para continuar con el texto
———————————————-
Dar clic en INICIO para ir al principio de la novela SINCRONÍA








