La residencia estaba construida en la ladera de la montaña. Hacia el exterior, del lado de la calle la casa daba la apariencia de tener un sólo piso, una gran barda de piedra ocultaba el jardín del primer nivel. Los frondosos árboles llenaban de sombra las terrazas de la estancia, la biblioteca, la sala formal y el comedor que estaban divididos por una chimenea laminada con un tiro de cobre circular. En ese primer nivel también se encontraba un baño, la cocina, el desayunador y la cochera que podía albergar tres vehículos. Un patio cerrado comunicaba el cuarto de servicio y el dormitorio de Romelia y su hija Yara con la cocina.
El segundo nivel bajaba metro y medio por una amplia escalera de madera la cual remataba en un pasillo que conducía a una pequeña sala y a las tres recámaras dotadas de baño, que como toda la casa tenían grandes ventanales con una magnífica vista frente al lago. La escalera continuaba bajando en forma de media elipse otro metro y medio hasta llegar a una sala de T.V., un baño y dos recámaras más las cuales cada una tenían salida independiente a la terraza. Una pérgola conducía finalmente al invernadero. En un extremo del jardín oculto por el follaje de grandes olmos había una pequeña construcción donde vivía Artemio. Toda la casa de estilo colonial mexicano era lo suficientemente grande para que Pamela pensara sin lugar a dudas que sería como buscar una aguja en un pajar.
La pareja eligió para ellos la recámara de huéspedes. Su proximidad con la pérgola cubierta de enredaderas “huele de noche” inundaba las habitaciones de la terraza con un tenue aroma floral. Era de madrugada, Pamela no podía conciliar el sueño, sus grandes ojos veían fijamente el techo tratando de encontrar una respuesta razonable. ¿Y si todo fuera una infame mentira? Jamás, nunca, ni el más insignificante indicio le hacía suponer a otros padres que no fueran los únicos que ella conoció y a los que amó con gran veneración. No, todo tenía que ser una macabra historia concebida en la retorcida mente de la tía Felicia. Se repetía lo mismo una y otra vez atormentándose entre el alud de recuerdos que se entretejían distantes hasta donde le alcanzaba la memoria. Con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas no supo en que momento se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó encontró una notita de Ferdinán junto a la almohada. “Preciosa, no me esperes a comer, estaré todo el día en el Instituto. Descansa. Te quiero Fer”. Estaba tan absorta tratando de organizar su rudimentario plan que había concebido durante el insomnio que no se había percatado de Yara quien llamaba insistentemente a la puerta.
-Adelante, esta abierto. -Dijo alzando el tono de voz. De inmediato se abrió la puerta. Yara entró muy sonriente portando una charola con alimentos y el periódico local.
-Buenos días señora Pamela, su esposo me dijo que le gustan los huevos estrellados con jamón y el jugo de naranja, el pan tostado y el café con leche. ¿Desea algo más la señora?
-Sí, por favor pásame la revista “InterDiseño” -le solicitó Pamela indicándole una mesita que tenía un par de libros y algunas revistas.
-¿La grande? -preguntó con toda naturalidad la muchacha.
-No, la que dice InterDiseño y Arte Virtual.
-¿Ésta? –pregunto de nuevo Yara mostrándole una de las revistas.
-La única que dice InterDiseño. -Insistió Pamela.
-Disculpe señora Pamela, es que… no le entiendo a la letra.
-¿Quieres decir que no sabes leer? –dijo incrédula la mujer y al no escuchar pronta respuesta, arremetió con impaciencia.
-¿Es eso?
-Sí, bueno no,
-Por fin, si o no. -Dijo desesperada Pamela.
La muchacha se puso a llorar tapándose la cara con el mandil, entre sollozos balbuceando un hilo de voz alcanzó a decir. -Mi nombre si lo puedo leer.
-Olvida la revista y ya no llores, prepárate porque quiero que me acompañes al malecón.
-Ya estoy lista señora Pamela. -Contestó de inmediato la muchacha que había recobrado su ingenua sonrisa.
-Saldremos en dos horas, antes tengo que hacer una llamada importante.
En la falda de la montaña y a orillas del lago se desarrolla la actividad social y mercantil de Tesiutla. El centro de la pequeña ciudad de estilo colonial se extiende con sus calles empedradas desde la iglesia Mayor de Santa Clara hasta el malecón. La fachada de los edificios construidos en no más de dos pisos, destaca de forma notable por el exquisito diseño de la herrería con que se adornan las puertas de los zaguanes, las rejas y los magníficos balcones. El conjunto urbano relata anécdotas e historias que se cuentan en las imágenes de las ventanas translúcidas, elaboradas con vidrios emplomados que llenan de colorido las calles. Pamela dejó el carro frente al mercado de artesanías. Las dos mujeres caminaron en silencio hasta el malecón, ahí descansaron largo rato sentadas a la sombra de una palapa hasta que las voces de un lanchero las sacó de su mutismo.
-Un paseo por el lago señito -dijo el hombre que vestía todo de blanco dirigiéndose a Pamela.
-Anímese señito -insistió el hombre nuevamente- el sol no pega fuerte por las nubes y la brisa está muy fresca.
Yara veía con ansiedad a Pamela quien tenía el rostro desfigurado en una expresión de profundo dolor inescrutable.
-¿Se siente mal? -le preguntó la muchacha.
Pamela movió la cabeza negando sin apartar la vista de algún punto perdido en el horizonte.
-Anímese entonces señora Pamela. Para que se le quite la tristeza -le suplicó Yara. La chica y el lanchero no le apartaban la vista a la afligida mujer que lentamente movió un poco el cuerpo como si fuera a perder el equilibrio. Sorpresivamente hizo un tosco movimiento, se puso de pie y dijo. –Vamos Yara, el aire fresco nos hará bien a las dos.
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