SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

2.Texto. Doña Felicia

Mayo 4, 2007 · Dejar un comentario

Doña FeliciaEs primavera. El jardín de
la Casa de las Gárgolas exhibe majestuosos setos de flores policromas. La pérgola que une el acceso desde la terraza hasta el invernadero está cubierta de enredaderas. El camino de dalias florece como en los buenos tiempos en que doña Felicia personalmente removía la tierra librándola de intrusos y malas hiervas. El viejo Artemio aprendió la sensibilidad, el profundo amor y sus vastos conocimientos sobre jardinería a través de ella. Nadie más la añoró y la recordó tanto como él hasta el último día de su vida. Doña Felicia fue la hija mayor de los esposos Thien. Abigail, su única hermana, diez años menor que ella era el reverso de una moneda impenetrable por naturaleza. Ambas hermanas vivieron siempre separadas a causa del carácter extremo y la inexorable personalidad enfermiza de la primogénita. Afectada desde temprana edad por todas las enfermedades propias de la niñez y de otras tantas que vinieron a engrosar los vademécum especializados de la medicina de la época, se confinó junto con su madre a una existencia de absurda soledad y profunda amargura. Por férrea determinación permaneció siempre soltera y cuando Abigail contrajo matrimonio a los 19 años, la primogénita de los Thien enfermó gravemente de un extraño mal del que todos creyeron no se repondría jamás. Doña Aurora, una mujer enigmática, a veces de carácter violento y sorpresivo, y otras, más pusilánime que afectuosa, se dedicó por completo al cuidado de su delicada hija, a tal grado que surgió entre ellas una dependencia física y mental llevada más allá del límite de la salud de ambas.  

Una vez a la semana la joven era sumergida en un baño tibio impregnado de sales de Epsom, maicena, romero y tomillo pringosamente pulverizado con ciertos aceites esenciales de flores y otras especies aromáticas. El ritual matutino reiterado con sumo cuidado cesó cuando Felicia de forma inexplicable se cansó de su mundo silencioso, del calor de la cama, del encierro y de los baños perfumados y, tranquilamente y como si nada, un día se levantó de su mórbido tálamo con tan inaudita fuerza, que no hubo poder humano capaz de evitar que caminara desnuda vociferando horrorosos chillidos por todos los rincones de la casa. Su debilitada madre comprendió que ya no le hacía falta.  

Después de su matrimonio, Abigail y su esposo Henry Durán se fueron a vivir al extranjero. Como viajaban frecuentemente siempre se dieron tiempo para visitar a la familia Thien una o dos veces al año. En su noveno aniversario ocurrió algo insólito. Vivían en una finca cerca de Barcelona, regresaban ya tarde del salón de fiestas del hotel Derby donde los habían festejado unos amigos y les sorprendió a su regreso encontrar todas las luces de la residencia encendidas. Al llegar a la cocina encontraron a Matías y a Manuela su mujer quién era el ama de llaves y su antigua nana, con una recién nacida entre los brazos. Los esposos Durán estaban atónitos. La niña había sido abandonada cerca de la puerta de servicio y como Abigail y Henry no tenían hijos lo tomaron como una bendición del cielo. Particularmente por esas  fechas los Durán cumplían un poco más de seis meses de no visitar al matrimonio Thien, circunstancia que les favoreció para hacerles creer a los viejos que pronto serían abuelos.  

Le pusieron de nombre Pamela, la chiquilla gozaba de cabal salud, era tranquila y dulce y para sorpresa de los pocos enterados del oscuro origen de la pequeña, no dudaban en decir con aplomo que era el vivo retrato del señor Durán.  

Felicia tomó la noticia como patada en el hígado, nuevamente enfermó a tal grado que tuvo que ser internada en un centro de descanso. Ahí conoció a Jeremías Frike, un capitán emérito aficionado a la jardinería. Gracias a él, por primera vez en su vida emprendió una ocupación capaz de justificar su existencia. Aquella entrega sin reservas al profundo conocimiento de las plantas, los tiempos de riego, el abono, los nutrientes de la tierra, la época de poda y hasta los más insignificantes secretos le fueron revelados pacientemente por el capitán Frike. Un año después, al cumplir los 39 regresó a su casa e inició la construcción del jardín y seis meses más tarde la del espléndido invernadero. 

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