SINCRONÍA novela por Lilia Morales y Mori

Entradas de Mayo 2007

27.Texto. Mosaico

Mayo 28, 2007 · Dejar un comentario

mosaicoPamela gesticuló una sonrisa que pronto se convirtió en sonora carcajada, -¿y bien…? Se preguntó ¿porqué…? Algunas reflexiones  invadieron su pensamiento, desde el acto osado de una chicuela traviesa… -bastante inteligente, por cierto- Dijo para sí. Pero un run run de especulaciones se atiborraron en su cabeza hasta que le pasó la idea un tanto filosófica respecto a que “todo movimiento es cambio” Ya lo había dicho Aristóteles alrededor del año 335ac. Cuando abordó los conceptos para su teoría de la dinámica del cambio. Y con gran certeza se podía decir que Gadea  en su inocente acto había realizado con la obra de Juanelo y las teselas los tres tipos de movimiento a los que se refería el sabio filósofo griego cuando enunciaba los movimientos cualitativos, cuantitativos y locales, ya que la sustancia o idea del mosaico en el nuevo acomodo había dejado de ser la misma, y por supuesto, la cantidad de teselas por conjuntos había cambiado y naturalmente éstas se encontraban en otro lugar. No obstante a  Pamela parecía no quedarle del todo claro su apreciación al respecto, porque viéndolo desde otro enfoque, retomando las ideas de Aristóteles cuando afirma que “en la producción de un objeto natural concurren cuatro causas”, así pues, serían: las teselas la causa material, la causa formal estaría representada por el ordenamiento de las teselas, la causa eficiente sería la misma Gadea que había realizado la acción y por último la causa final que estaría representada por el  objetivo de la acción. ¿y bien…? Pamela había llegado nuevamente al inicio de sus interrogantes. -La causa final era la más importante para Aristóteles porque todo agente actúa por un fin- meditaba al respecto tratando de encontrar alguna justificación razonable. Por supuesto Gadea no realizó ningún acto fortuito, ella seleccionó las teselas y las acomodó en una rigurosa categoría, -tal pareciera… que la niña buscaba un orden instintivo primigenio en vez de jugar a las muñecas- extraño pensamiento, reconoció Pamela. Sin embargo, no podía menos que aceptar el hecho como tal, ya que sería impensable suponer que en el arreglo pudo haber existido un patrón cuyo ordenamiento estaría trasmitiendo un mensaje. Durante varios días Pamela experimentó intensas sensaciones, marejadas de pensamientos internos que se prolongaban hasta el sueño en los cuales creía haber comprendido el significado de las teselas. Pero en los momentos de mayor lucidez en los que intentó reflexionar tales introspecciones, las imágenes tan nítidas antes vistas, se disolvían en una inquietante nube de niebla. Y más aún, no comprendía su imprevista cavilación aristotélica, a fin de cuentas otros argumentos más contemporáneos podrían haberla sacado de sus interrogantes.       

Georg Ancarola no tardó en enterarse del incidente, y tan pronto como le fue posible, en uno de sus viajes de negocios a Italia adquirió para  regocijo y sorpresa de su hija una exquisita selección de teselas. Durante varias semanas Gadea abrió meticulosamente la caja que contenía los pequeños mosaicos policromos pero para decepción de todos los habitantes de la hacienda que esperaban la inminente aparición de una prodigiosa obra de arte, tan sólo pudieron observar como la  niña se limitaba a ver las piezas durante largo rato. Habían pasado algunos meses y como Gadea no dio muestras de ningún don artístico extraordinario ya nadie esperaba al respecto ninguna sorpresa. Cierto Día Gadea no asistió a su habitual recorrido por los talleres de la hacienda, circunstancia que le extrañó mucho a Melissa pero creyendo que la niña estaría con su abuela no le dio ninguna importancia hasta que llegó la mismísima Apel a la factoría de fragancias preguntando por su nieta.  

-Gadea no ha venido para nada –dijo Melissa desconcertada. 

-¿Cómo, no está contigo? -Añadió la mujer ya muy alarmada.   

–No, pensé que estaría aquí. Cómo agua va salieron las dos mujeres a buscar a la niña. En cinco minutos habían movilizado a todos los peones y mujeres de la hacienda que daban gritos de Gadeeeeeeeeea por todos los rincones. Ante la alharaca Epifanía que había visto a la chiquilla salió al encuentro de Apel quién se dirigía presurosa, abriéndose atropellado camino por entre las plantas crecidas de berenjena. Pensó que seguramente Gadea estaría en el huerto de naranjos subida hasta lo alto de la rama de un árbol cavilando sobre la espesura de la fronda, o tal vez meditando en las perfectas líneas que se dibujan a la distancia en los terrenos del plantío y que suelen reunirse todas a lo lejos en un mismo punto, o en cualquier otra cosa que ella con frecuencia solía inquirir y que siempre obtenía por parte de su abuela como única respuesta un “no debes hacer preguntas de las que solo Dios conoce la respuesta”. Apel pensaba en su intrépida carrera que ya era necesario ponerle un correctivo a su nieta, tal vez suspenderle sus visitas al taller sería un buen castigo. Idea que desechó al instante porque estaba segura que sería desaprobada por su hermana Melissa.  

-Ama, ama -le gritó la esposa de Giraldo- la niña Gadea está junto al granero. Apel le gritó a lo lejos a Melissa quien de inmediato se movilizó seguida de un tropel de curiosos. La primera en llegar fue Apel, le siguió Melissa y en un santiamén, junto a las dos mujeres, prácticamente se había congregado toda la hacienda. –Gana el rojo -decía Gadea- que sentada en el suelo arrojaba unas semillas de albaricoque sobre una especie de tablero que había hecho con las teselas. Todos en silencio la escuchaban mientras veían como después de arrojar las semillas pacientemente contaba los colores que habían sido tocados por las ovaladas pepitas mientras que en otro tablero parecía registrar los resultados. De nuevo  arrojaba las seis semillas que chocaban acompasadas sobre el teselado haciendo un ruido compacto, tenue y seco. Gadea suspiraba muy callada, y presto veía las semillas sobre la retícula colorida. Satisfecha, sin perder de vista el marcador -exclamó– amarillo, azul. Indicó los colores de su tablero en la guía del marcador y anotó en un pedazo de tela cruda unos números. Hasta ese momento descubrió que estaba siendo observada por todos los de la hacienda. Los miró sorprendida y sin más, ajena a lo que pasaba se levantó del piso. –No me toquen nada -dijo con gran elocuencia, voy al taller de fragancias y cuando regrese lo quiero todo igual.

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26.Texto. Fragancias

Mayo 26, 2007 · Dejar un comentario

sin41.jpgPamela respiró hondo, sonrió en sus adentros a pesar de las lágrimas que rodaban por su mejilla, sollozó sintiendo para sí un singular gozo, por un instante creyó tomar entre sus brazos a la pequeña recién nacida, cerró los ojos y tarareó una canción de cuna que su madre aún siendo ella una espigada chiquilla de largas trenzas, solía cantarle. 

–Es igualita a Georg- afirmaba con orgullo Apel frente a propios y extraños. Le puso de nombre Gadea a la infanta que cuidaría como a la hija que nunca tuvo. Catalina no se ocupaba en lo absoluto de su marido ni de su apócrifa hija, en cambio Cítola Saborejo quién había dejado en el olvido su mala costumbre de hurtar en las plazas y tabernas de los pueblos, pasaba de malabarista y aventurero sin oficio ni beneficio a ser un músico y agudo poeta para el deleite personal de Georg Ancarola. Muy poco le duró el gusto al hijo de Apel pues el juglar, durante una justa huyó con un codicioso trotamundos mientras su protector dormía plácidamente la siesta en una tienda de la feria. Así otros cantaron la gesta del vagabundo malagradecido, saltimbanqui errante que placer da y placer quita cuando Georg dormita las chanzas del tamborero.  Por mucho tiempo en Pollenca desaparecieron las aparatosas monterías y la caza de cetrería quedó en el olvido. Catalina tuvo que relegarse a las actividades de la hacienda bajo el dominio de Melissa mientras que Georg después de unos meses de abulia despertaba a la vida con un inusitado ímpetu que lo llevó a la práctica del más elevado negocio bancario, la industria y el comercio, que aún incipiente cobraba gran fuerza en buena parte de Europa.

Gadea era una niña taciturna, pero podía con gran facilidad cambiar su estado sosegado sin causa aparente por otro más alegre, aunque se sentía más a gusto en sus juegos solitarios que ella discurría valiéndose de cualquier instrumento o cacharro aparentemente inútil. Con sus enormes ojos claros y a la edad de cuatro años, observaba el trabajo diligente de las mujeres que separaban con mesura la cáscara de las naranjas según el espesor de la piel, el brillo, la frescura, el aroma y el tamaño de los poros de la badana que ya clasificados, los montones eran procesados en diferentes prensas. Muy a pesar de Apel, la niña disfrutaba durante algunas horas del día su estancia en el ajetreado espacio de intenso olor a cítrico, resinas y fragancias. Cerca de Melissa, Gadea fue adquiriendo una cabal y temprana educación que la consagraría en su vida adulta como una mujer de carácter firme, inteligente y solitaria. Aunque nunca destacaría públicamente en las ciencias humanísticas, la física, la alquimia y las matemáticas, ella llegó a involucrarse con tales conocimientos al grado que varios siglos después, sus escritos bellamente ilustrados, seguían inquietando a hombres y mujeres de ciencia que intentaban entender y descifrar su extraño legado.  A temprana edad la pequeña dio muestras de su peculiar excentricidad para organizar los objetos en arreglos tales que ella misma se imponía. Apel y Melissa recordarían siempre con gran regocijo el día que el virtuosos maestro Juanelo Zúñiga ensayaba el diseño de un mosaico que sería elaborado en un muro de la estancia de acceso a la hacienda, teniendo como tema principal los campos de naranjas, las flores, las esencias y los instrumentos de faena que serían perpetuados junto a las mujeres que daban fortaleza y vida a tan balsámica empresa, cuyo nombre “Blau Turquí” destacaba como un hilo blanquecino fundido sobre el azul turquesa de los estilizados frascos de vidrio veneciano en donde se envasaban las aromáticas fragancias. Pues dicho día, cuando Juanelo salió de la estancia dejando tras de sí, sobre un enorme bastidor al ras del suelo las teselas superpuestas y ordenadas indicando su justo lugar encima del esbozo del magnífico mosaico, no tardó la expedita inspección de Gadea que al momento intervino en la obra y para sorpresa de todos, la gran mayoría de las polícromas teselas estaban agrupadas en sendos montones, admirablemente separadas por su color, tamaño y textura. Del lado derecho los marrones, ocres, terracota, blanco y negro. Al centro los pequeños esmaltes rectangulares de fino cristal italiano con el que el artista había delimitado el marco de la obra y finalmente los rugosos esmaltes de oro y plata que puestos al revés reflejaban hermosos tonos de verde y azul brillante.  

Apel quedó boquiabierta frente al desbaratado mosaico que apenas unos minutos exhibía el primoroso acomodo de las teselas dispuestas en riguroso Opus Musivum para remarcar el suave contorno de las figuras dotándolas de un rítmico movimiento. La viuda de Ancarola no pudo pronunciar palabra mientras que Melissa veía con pena el desfigurado rostro de Juanelo Zúñiga frente al insólito incidente. Gadea permaneció en silencio, aún seguía sentada sobre la efímera obra del maestro cuando advirtió que Apel estaba a punto de emitir un sonido.

–No, n o o o, no he roto ninguna pieza- aseguró la niña casi tartamudeando. Apel se guardó para sí lo que iba a decir mientras que Melissa con estricta formalidad tomó del brazo al maestro y le dijo quedamente: -Estimado Maestro, el diseño de su obra es magnífica, nos ha encantado, puede iniciarla cuando usted disponga. Las dos mujeres salieron de la estancia tomando cada una, una de las candorosas manitas de Gadea. 

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25.Texto. Montería

Mayo 25, 2007 · Dejar un comentario

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Con el ritmo de las arduas labores cotidianas se sucedieron los días y las noches de muchos años. En plena feria, en el puerto de Pollenca y durante la vendimia de un caluroso mes de septiembre murió Ulrich Ancarola a la edad de 53 años. Los gemelos que atraídos por la vida de mar tentaron fortuna en un barco mercante dos años atrás, se enteraron de la terrible noticia algunos meses más tarde a bordo del “Victoire” cuando regresaban al puerto de Mallorca. Pero el barco mercante a los pocos días fue atacado por piratas berberíscos, causando numerosas muertes a bordo, André quedó levemente herido de una pierna y sobreviviendo los gemelos junto a la mayoría de la tripulación, la fatalidad quiso que aunque liberada la nave, un incidente hiciera estallar el polvorín sin que quedara ningún  sobreviviente. El ecuánime Joaquím celebró las honras fúnebres por su padre y sus hermanos desde la torre albarrana del castillo de Alquézar en la provincia de Huesca donde no obstante los fatídicos acontecimientos escribía que:

Ni una morada fija, ni una forma que sea sólo tuya, ni una función peculiar a ti te hemos dado, Adán, con el fin de que según tu juicio puedas tener y poseer la morada, la forma y las funciones que tú mismo desees. Constreñido por ningunos límites, de acuerdo con tu propio albedrío, en cuyas manos te hemos puesto, ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza. Tendrás el poder de degenerar en las formas más bajas de la vida, que son bestiales. Tendrás el poder de volver a nacer en las formas más altas, que son divinas.”  

Así, retomando las palabras del filósofo y amigo personal Pico De La Mirandola Joaquín Ancarola eleva su plegaria al cielo. Tiempo después el tercer hijo de Ulrich y Apel moriría tras la desastrosa caída de un caballo dejando tras de sí gran parte de su obra inconclusa. El menor de los hijos del difunto llegó a tiempo para dar el último adiós a su padre después de varios días de cacería por las faldas de los altos picos del Puig Major en la sierra Tramuntana. Como en todas las épocas de montería Georg Ancarola no acostumbraba andar solo, se hacía acompañar de una gran comitiva de monteros y gentilhombres que portaban regias ballestas más los diestros halconeros que junto a una muchedumbre de perros y neblíes marcaban  con su paso a lo largo del monte, el sonido áspero del cuerno entremezclado con la armonía de los atabales, las bocinas y las trompetas. Pero no sólo de caballeros y escuderos Georg gozaba de buena compañía, algunas gallardas matronas seguidas de sus dueñas y doncellas hacían más agradable la diversión del campo. Ellas firmemente montadas con lujosas vestimentas penetraban ágiles por la espesura de la vegetación y gozaban del espectáculo sin miedo. Y así, en ese remedo de cacería, frente al ataúd de Ulrich Ancarola, los recién llegados de a caballo junto a las mujeres y los hombres del pueblo de Pollenca vieron hundirse el féretro en la tierra disipando con él la vieja usanza de la casta del patriarca para dar paso a la estirpe señorial de cuyo tronco Melissa era el principio del linaje de una nueva alcurnia cuyas mujeres marcarían la historia de muchas generaciones sobre la tierra.

La estrecha relación entre Francesco Mussato, mejor conocido como Cítola Saborejo más espadachín que poeta y la bella Catalina Berti, quienes eran inseparables personajes del último de los Ancarola dio lugar en la comarca a un sin fin de cuentos e intrigas. A raíz de las difamadoras habladurías sobre la virtud del joven Ancarola, Apel se vio urgida a tomar medidas al respecto, pero una grave circunstancia la obligó a posponer temporalmente sus propósitos. Melissa con más de 50 años a cuestas se encontraba encinta. Meses atrás, unos salteadores habían perpetrado en la posada de Pinares donde ella, desde la muerte de Ulrich solía hacer de fijo, junto con Giraldo las diligencias para la vendimia. La afanosa mujer junto con otras doncellas de Pollenca habían sido mancilladas. La viuda de Ancarola no tenía sosiego desde la muerte de sus hijos y su finado esposo, y ver a Melissa impertérrita en tan deplorable estado, la invadía de un sentido de infortunio del que creía nunca podría salir. Pero no hay mal que por bien no venga, y ante los inesperados sucesos casó a Georg con Catalina anunciando la ulterior llegada de su primer nieto. No fue un varón, sino una hermosa niña la que Melissa trajo al mundo.

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24.Texto. El tejo

Mayo 24, 2007 · Dejar un comentario

sin38.jpgBajo la sombra y al amparo de los muros desgarrados de la mezquita, sin ningún apuro ni presión por parte de nadie, Melissa se toma dos años para cumplir con la segunda encomienda que le hiciera su mentor antes de morir. Durante ese tiempo se entrega a la lectura introspectiva de algunas obras y tratados de astrología, filosofía y matemáticas. Así mismo se ocupa en releer algunos manuscritos de alquimia, artes mágicas, ocultismo y otros tantos documentos encontrados entre los libros que Corella conservó celosamente en su accidentado baúl hasta el final de su vida. Melissa creyó oportuno dejar testimonio de todos los hechos notables que su prodigiosa memoria le trajo al momento con tal vivacidad que en un par de meses escribió un breve y revelador manuscrito donde iniciaba relatando su niñez a partir de los siete años encontrándose abandonada en la explanada de
la Ermita de Sant Miquel. Nunca escribió, ni comentó con nadie, nada que permitiera advertir alguna pista o indicio sobre su lugar de origen, sus padres o su familia. Tal vez era lo único que ella no podía o por alguna extraña razón no quería recordar. Al concluir su breve biografía anexó al final un enigmático texto relativo a la clave que alguien seguramente, con gran perspicacia y talento, tendría que valerse para decodificar con sabiduría la Magna Obra de Corella.      
  

CLAVE secreta de Melissa para iniciarse en el Magno Tratado Alquímico del Magister Prinio Corella: Entre la vigilia y las tinieblas sólo reina la cerrazón del entendimiento que se traduce en perturbación corrosiva y se aviva entre la hoguera y la brasa. Y es calamitoso y aciago, endrino y cadavérico, insensato y porfiado la afrenta del esplendor quimérico. Más el orden mismo del universo se marca en el verbo primigenio y acoge la luz del aliento que irradia en su energía eterna la etérea exhalación de la omnisciencia.   

Melissa destruyó el manuscrito original de Corella invadida por una temible incertidumbre. Temía no haber sido lo suficientemente sagaz para apartar al insensato de los oscuros secretos alquímicos, y al mismo tiempo, sumida en el arrebato de mares de confusión, sentía cómo un angustioso flagelo de vaguedad se apoderaba de ella frente al temor de que su expresión hubiese sido en extremo enmarañada, destinando el supremo mensaje del Magíster, al oscuro encriptado de su propia inteligencia en la noche del olvido.  

Durante meses vagó sin propósito alguno por los inermes dominios de la mezquita. Caminaba con cierta pereza en la proximidad de un vetusto tejo hablando cosas incoherentes para sí. Sobrecogida, al escuchar su voz sintió que el viento dialogaba con ella en un murmullo de voces distantes que de súbito acallaron sus palabras enmudeciendo el sonido en su garganta. Inútilmente trató de emitir tan sólo un vocablo, un signo, cualquier aspaviento sonoro, pero ni un débil sollozo desgarró el aire pegajoso comprimido en sus pulmones. Por un instante empezó a dudar de su propia existencia, de la liviandad de su frágil cuerpo, de su espíritu volátil, de su rostro desposeído de una imagen especular vertida por cualquier superficie reflejante. Ni el agua diáfana, cautiva en la fuente cristalina del patio central del oratorio le devolvía su apariencia humana.  

El tejo imponente crecía frente a ella con sus frondosas ramas encorvadas hacia abajo, que se hundían firmes en la reciedumbre de la tierra, y al penetrar poderosamente en ella las viejas cortezas torcidas del árbol, surgían a la superficie del suelo convertidas en nuevos tallos que Melissa adivinaba cómo vástagos de una sobrehumana entelequia que manaba del centro de su ser. Ella era la savia viscosa que corría por sus propias venas, era el mismo tejo majestuoso del que emergieron uno a uno los 12 estolones de rugoso aspecto femenino ondeando suaves al viento los largos follajes de espesas cabelleras. Y así vio, la espiral del tiempo y el espacio en una repentina cascada de eventos que se sucedían  en la oquedad de la ausencia, porque todo se desvanecía tan pronto era, y después nada, hasta que un fulminante resplandor cegó dolorosamente sus ojos. 

Su hermana Apel la cuidó con dedicación y ternura desde el día que Giraldo la encontró inconsciente a la vera del tronco de un árbol. Jamás volvieron a separarse. Cuando Melissa recuperó totalmente la salud se dedicó con tal efusión a la manufactura de los productos derivados de las naranjas que tan bien se daban en los fértiles campos de la hacienda de Ulrich Ancarola. Su cuñado incrementó la diversidad de sus mercaderías poniendo a la venta las mermeladas del cítrico agrio, extractos, confituras y sobre todo aceites esenciales que Melissa obtenía prensando la piel de la fruta a la que adicionaba algunas sustancias que sólo reveló veinte años después a Concha Elosegui, la más cercana de sus asiduas colaboradoras. Gozó de gran fama por toda la zona del mediterráneo el aceite petigrain que ella obtenía de las hojas y ramitas tiernas de los naranjos, ésta preciada esencia le era muy solicitada para la elaboración de fragancias del mismo modo que el aceite de neroli que obtenía de las lozanías del cítrico, el cual indistintamente sus consumidores usaban como condimento o en diversos productos que elaboraban los expertos artífices en sus balsámicos talleres.

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23.Texto. Las perlas

Mayo 24, 2007 · Dejar un comentario

sin36.jpgMelissa abatida y confusa creyó necesario hacerle al anciano un sin fin de preguntas, y en ese momento apremiante y doloroso sólo logró recordarlo como al paciente mentor que  le explicaba con tal alegría, modestia y sencillez todas las cosas del mundo, de la ciencia, de los libros y del mismo universo que ella, con cabal resolución anhelaba infatigablemente comprender. Sin embargo, permaneció en silencio sintiendo como su pecho se oprimía ante la misión que el Magister le acababa de confiar. -Por último- dijo el postrado anciano -antes de despedirme debo entregarte algo- Corella sacó de entre sus ropas una alforja de piel de oveja, apenas alcanzó a entregársela cuando expiró su último aliento.  

Melissa tomó el talego que hacía un ruido chocante entre sus manos, lo abrió con lentitud, con temor y extrañeza hasta que afloraron exactamente cuarenta y cinco perlas brillantes y esplendorosas, cuyo nácar de tan inusual colorido dotaba a las gemas de una belleza verdaderamente indescriptible.  

Pamela experimentó una especie de aturdimiento que la mantuvo por breves instantes prácticamente inmóvil, mas de repente, se  percató de una sensación estremecedora que de súbito la obligó a controlar su arrobado cuerpo que se abalanzaba como un resorte desarticulado hacia la habitación de su improvisado taller. Si. ¡Ahí estaban las perlas! las mismas que el Magister Prinio Corella le había entregado a Melissa cinco siglos atrás en el mismo instante de expirar su último aliento. Las tocó una a una con sutileza, deslizando suavemente sus dedos sobre ellas. Nueve perlas negras daban inicio al riguroso arreglo en la parte superior de su precioso estuche. En contraste, seguían la línea de las gemas nueve perlas azules de un tono índigo claro, donde el nácar de la superficie como pequeños espejos curvados reflejaba en fragmentos el destello de múltiples colores. A continuación, sin inmutar la misma perfección en tamaño y redondez de las diez y ocho anteriores se alineaban también nueve perlas, pero sorprendentemente, éstas poseían un intenso color rojo tornasolado que resultaba bastante inusual en este tipo de concreciones que la naturaleza a veces y para fortuna nuestra suele crear. Junto a las perlas encarnadas prolongaban la hilera de la arqueta otro grupo de nueve perlas iridiscentes que exhibían magníficamente un matiz glauco tan cerúleo que no obstante su palidez, por momentos parecían refulgir con el mismo delicado fulgor que acostumbran arrojan las insólitas y esféricas esmeraldas cuando estas han sido prodigiosamente redondeadas. Finalizaba la columna de cuarenta y cinco gemas con otro tanto de nueve perlas níveas, que de tan blancas parecían inmaculadas con el justo candor nacarado de un espejo albugíneo, donde la luna llena se repetía en cada una de ellas.       

-Por una justa razón debo tener yo estas extravagantes perlas- Se repetía mentalmente Pamela – …y sólo hay una forma de saberlo- se decía retomando con tal ansiedad la lectura del epítome que parecía relatar cada una de las epopeyas vinculadas con el contenido, los personajes y los hechos que se circunscribieron en el tiempo de la premonición y la vida de su legado materno. Atardecía y a lo lejos del horizonte marino, próxima a la superficie del agua, emergía de entre sutiles franjas de nubes una gigantesca luna, cuyo primoroso círculo dorado dejaba caer sobre el mar una estela luminosa que al vaivén de las olas se fragmentaba espejeando el reverbero de cristales zarcos y ambarinos. Pamela veía como esta visión maravillosa y cambiante, a intervalos parecía eternizarse con tal quietud deslumbradora que ni una sola hoja osaba moverse de los árboles, ni la vastedad del mar, ni los brazos de las espigadas palmeras, ni siquiera el latir de su corazón realizaba movimiento alguno porque el tiempo se había detenido. Y lo mismo era un siglo que un segundo, al igual que el espacio imperceptible o el inmensurable infinito, todo, absolutamente todo, se había comprimido en la extensión ilusoria de un lacónico instante. Pamela reaccionó de súbito ante el temor de lo incomprensible, y de un manotazo que asestó con furia contra la mesa del estudio logró finalmente liberarse del embrujo del astro, y temiendo caer nuevamente en su fascinación corrió de un certero impulso las cortinas. En ese álgido momento tuvo la certeza de encontrarse nuevamente en la solitaria intimidad con su libro y desandando el tiempo a través de la lectura viajó hasta la ruinosa construcción de Pollenca edificada siglos atrás por la hermética cofradía de unos cuantos místicos musulmanes

…Junto a la laja en la cual descansaban al descubierto los restos del místico Ibn al-jarim, el último sufí que testimonió la historia de la mezquita, Melissa entona una plegaria por el alma del venerable doctor absolut y con un sencillo epitafio sella la base de la lastra con la siguiente leyenda que indica escuetamente tan sólo una fecha, un nombre y unas líneas:

“1415-1498″ “Magister Prinio Corella” “ENERGÍA, INMORTALIDAD, CONCIENCIA TELETRANSPORTADA”. 

-He cumplido- dijo en voz alta -con tu primera petición al pie de la letra, y dejo en el laude de tu inscripción sepulcral la clave para localizar el manuscrito de tu Magna Obra tal cual me has encomendado. Melissa sonríe con un gesto evocador, se aleja tan sólo unos pasos, voltea vacilante, se despide primero de Ibn al-jarim -sobreviviste al ataque sedicioso de Jeremy Ancarola. Seguidamente se despide de todos los místicos. -Sobrevivirán al recuerdo de estas catacumbas. Finalmente se despide de Corella -sobreviviste al asalto decretado por tu “protector” el Abad Jacobo de Grinaldi, sobrevivirán… sobrevivirán… repetía mientras se alejaba por el túnel del pasadizo que conocía tan bien como la palma de su mano en cada uno de sus resquicios, sus meandros y sus más recónditos secretos.   

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22.Texto. La “quinta essentia”

Mayo 23, 2007 · Dejar un comentario

sin35.jpgFrente a las aguas azules del mediterráneo, muy cerca de la embocadura de la gruta, Melissa ve llegar a lo lejos a los cuatro iniciados que Corella ha convocado para cumplir con la Gran Enseñanza Hermética. La joven sin pronunciar palabra trepa diestramente el solapado peñón seguida por Eliphas el Magnífico, físico célebre, teólogo y médico polaco. Tras él, taciturno y cauteloso, casi a horcajadas sobre las raíces sujetas entre las rocas escala el pretil de la caverna, el sabio astrólogo Cosme de Menfis dejando caer a su paso, piedrecillas y arena que Arnaldo el filósofo suizo evade con movimientos certeros de su cuerpo. Al final de la columna humana perdida entre el escollo plagado de arbusto y ramas, asciende por el risco Jonathan Von Debra, el eximio alquimista Siciliano quién recientemente había recobrado su libertad tras un penoso destierro en cierto convento de París. 

El extenso pasadizo sorprende a los visitantes por su imponente y lúgubre belleza plena de epopeyas, arte y misticismo. El Magister Corella recibe a los sabios extranjeros en la infausta galería de los cadáveres donde permanecen encerrados cuarenta y cinco días con sus noches entre rinconeras repletas de libros que reúnen la ciencia oculta y misteriosa que guarda el Magno secreto que sólo ellos son capaces de descifrar. Los cinco hombres se mueven ligeros y sigilosos entre las mesas atestadas con redomas, crisoles, retortas y gran cantidad de cucharillas y pinzas amontonadas entre los cacharros de barro vidriado y los numerosos alambiques que esperan la acción de la obra junto al mortero. En el suelo abundan los fuelles esparcidos junto a los estantes atiborrados de recipientes conteniendo polvo de azufre, vinagre, orina, arsénico, aceite animal, plata, oro, salitre, alumbre calcinado, y mercurio, entre otras raras sustancias que serán vertidas ya sabiamente elaboradas en los vitriolos de cuello largo con espátulas y varillas de madera, que esperan junto a los recipientes de sublimar provocando insanos vapores que el calor de los hornillos desprende mordazmente.  

Melissa espera con serena paciencia el desenlace hermético de los iniciados. No muy lejos, ella escucha el ir y venir de los hombres recluidos en la amplia galería que antaño fuera refugio y cadalso de los monjes árabes que buscaron en la mezquita no tan sólo momentos de oración, paz y confort, si no que, con profunda veneración se dedicaron al estudio y a la práctica oculta de la alquimia. Sólo Jonathan Von Debra sale momentáneamente a recibir las viandas que  desde temprano Melissa elabora en el fogón de una opulenta cocina. El aroma del pescado, las especies, la fruta y el queso de cabra pierden su perfume al contacto con las fuertes emanaciones que los metales al fuego desprenden.  

Del interior de la tierra se engendran y surgen los siete metales alquímicos, oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño, que asociados en la bóveda del cielo con el Sol,
la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Saturno y Júpiter se entronizan con las voces enronquecidas de los alquimistas, cuando éstos oran para que su alma se purifique al igual que la materia en la gran armonía del universo.
 

El último día, con el venturoso e inexorable hallazgo de la “quinta essentia”, cesa el rezumar de los aparatos, el fuego y las sustancias que se han sabiamente preparado. Y así, universal como se escribiera en la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto, el Magister Prinio Corella vislumbra en lo hondo de su espíritu que la luz de: Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para hacer los milagros de una sola cosa. Melissa ve partir a los cuatro iniciados que taciturnos recorren su camino por la confluencia de las aguas del mar Mediterráneo, para llegar a las tierras lejanas de donde habían partido.  

En la soledad de la mezquita, junto a su lecho mortuorio Melissa escucha con atención la última voluntad del venerable anciano quién con voz entrecortada y casi sin aliento le susurra muy cerca del oído. -Deberás prepararme una cripta en la galería de las lajas de los santos difuntos, deseo que mi abatido cuerpo descanse en compañía de los extintos monjes árabes. Melissa asiente con los ojos húmedos, al tiempo que acomoda un grueso almohadón bajo la encanecida cabeza del moribundo. Con gran esfuerzo el hombre levanta su mano señalando con el dedo índice una pequeña caja de ébano. Melissa se incorpora, toma la caja y la coloca entre las manos temblorosas de Corella. -Este texto- dijo el anciano sacando un grueso de papeles, -contiene los fundamentos de la Magna Obra, habrás por la gracia de Dios y la virgen Negra de reformar la estructura del documento incorporando de tu propia inteligencia una parte igual de texto. -Habrás de cuidar- continuó el hombre con voz suplicante, -de no añadir, modificar o quitar nada de su esencia, todo esto de tal modo que tu lenguaje logre apartar al insensato y que no sea tu expresión tan enmarañada que se pierda en la noche oscura del olvido. Cuando concluyas, -continuó pausadamente Corella, oculta el manuscrito dejando una señal en clave para su localización e interpretación. 

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21.Texto.Las catacumbas

Mayo 22, 2007 · Dejar un comentario

sin34.jpgPamela detuvo un instante la lectura cuando se sintió estremecer por una tremenda sensación especulativa, incitada seguramente por la última frase del texto que acaba de leer. Cerró los ojos e imaginó a la niña abandonada de la ermita convertida en mujer, tal vez esposa y amorosa madre. Pero no, esta imagen le resultaba prácticamente imposible. Continuó absorta inmersa en el abandono del regio manuscrito, pero ahora con mayor avidez por el íntimo anhelo de disipar su curiosidad ante una ¿exigua descendencia? Si, así decía de forma literal el texto. Se preguntó si esto tendría algo que ver con ella, ¡no, por supuesto que no! los hechos que en ese momento ella leía, habían acontecido cinco siglos atrás. Un repentino escalofrío recorrió su cuerpo, levantó los ojos del libro, exploró con la vista a su alrededor comprobando que efectivamente estaba sola, no obstante le aterraba la sensación de ser observada por algo o alguien a quien ella ciertamente no podía ver. 

…habían pasado algunos meses del trágico incidente en la sierra Tramuntana del cual ya nadie en la plantación tenía memoria. Epifanía, la joven esposa de Giraldo se había hecho cargo de los cuatro críos de Apel, de tal modo que Melissa podía permanecer semanas enteras alejada de la hacienda sin que nadie advirtiera su ausencia. Consecuentemente mientras Corella se enfrascaba durante horas hundido entre los libros del pasadizo hasta las orejas, la virgencita negra apelativo con el que el Magister solía llamarle a Melissa -después de rememorar su insólito encuentro en la explanada de la ermita del Santo Cristo de piedra, durante las festividades de Consagración de la virgen negra dieciocho años atrás- deambulaba meticulosa a lo largo del pasadizo secreto. Fue así como descubrió la tercera galería que ella designó con el nombre de “Las lajas de los santos difuntos” por las mesetas pétreas apiladas unas sobre otras donde descansaban los restos de al menos setenta monjes cuyas fechas de expiración, las más vetustas tenían una antigüedad de más de un siglo. La última galería, bastante amplia y prolija en lámparas adoquinadas en lo alto de las columnas, estaba repleta de pinturas murales que relataban la historia de la mezquita. Concluyó la obra el místico Ibn al-Jarim, quién sobrevivió al ataque sorpresivo de Jeremy Ancarola gracias a que en ese momento, al punto de subir al oratorio, el monje tropezó con una escudilla llena de aceite resbalando de tal forma que fue a parar con gran estrépito entre unos enormes cacharros de losa y punzante metal provocándole la abrupta caída una grave contusión en la cabeza. Cuando se recobró el sufí, alcanzó a escuchar el maremágnum desatado en la ermita. Herido e impotente se resguardó tras el pasadizo  y sin poder hacer nada esperó la noche. Cuando entró en la galería encontró los cuerpos inertes de los que en vida habían sido sus piadosos compañeros. Con gran esfuerzo bajó los cadáveres a las catacumbas y limpió las huellas de sangre del piso con paños embebidos en almizcle.  

El otro extremo del túnel se abría de forma natural frente a las aguas del Mediterráneo a lo largo de una gruta que penetraba caprichosamente casi trescientos metros al interior de las entrañas de la sierra Tramuntana. La boca de la caverna situada a una altura no mayor que lo alto del mástil de un navío estaba cubierta por una espesa vegetación enraizada entre los resquicios de enormes rocas que ocultaban por completo la entrada. Los místicos musulmanes cavaron más de tres kilómetros continuando el pasadizo hasta llegar al sitio donde erigieron finalmente la mezquita. 

Prinio Corella sobrevivió dos años al ataque de sus agresores quienes no tuvieron el denuedo de condenarlo públicamente como hereje. Creyéndolo muerto, pronto lo olvidaron con el supuesto de haber borrado al pie del acantilado hasta el último rastro de su calamitosa huella. Qué lejos estaban de sospechar que durante ese tiempo el Magister instruía a una joven de sorprendente sagacidad e inteligencia en la comprensión y escritura del latín, hebreo, y   árabe, así como del significado simbólico y secreto de ciertos caracteres antiguos. La otrora niña abandonada de la ermita devoró con tal devoción las obras de Averroes, Ibn Arabi, Raimundo Lull, al-Jwarizmi, Paracelso, y de otros tantos sabios árabes y grandes filósofos griegos, egipcios y persas que pronto pudo establecer doctas conversaciones con el venerable anciano Magister Corella quién temiendo le aconteciera sorpresivamente la muerte, planeó con sabiduría y prudencia la venerable y selecta transmisión de su extensa Magna  Obra. 

Transmutar los metales viles en oro no le significaba su búsqueda más embriagante, al menos este hecho innegable no lo anteponía como una circunstancia en sí frente a la enigmática Piedra Filosofal. Era el elixir de la inmortalidad el fundamento arrebatado de su perentorio y último aliento. Corella quien más de una vez estuvo muy cerca de la muerte impulsado por una investigación recalcitrante, consumió en momentos de profundo éxtasis porciones de polvo de jade, de té y ginsen mezclado con sustancias de apariencia extraña y metales preciosos que preparaba en la soledad de su inviolable aposento en el monasterio de Los Franciscanos en Oxford. Pero, de la misma forma que la práctica de la transmutación del plomo en oro le fue muy a menudo un secreto simbólico y químico circunscrito en la transformación espiritual del hombre, sabía que la inmortalidad que confería el elixir no era siempre la respuesta de la vida eterna en el sentido propiamente dicho, si no la consciencia transportada a través de una connatural energía mas allá del espacio y el tiempo tangibles.   

Pamela detuvo la lectura solo unos instantes para percatarse que afuera, en la playa, el sol del mediodía se encontraba sobre el cenit, su cuerpo se estremeció al escuchar las doce campanadas del reloj que reverberaron con un eco que impactado sonoramente sobre las paredes del salón daba la sensación de que el tiempo se hubiese detenido. En cierta medida este sobrecogimiento intemporal la transportó instantáneamente al lugar y a los hechos que las imágenes del texto recreaban magistralmente en su imaginación.

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20.Texto. Decoración bizantina

Mayo 21, 2007 · Dejar un comentario

decoración bizantinaLa vetusta edificación que habrá de servir de refugio al presunto desahuciado prácticamente se encuentra en ruinas, había sido construida durante la ocupación musulmana siglo y medio atrás por mandato del célebre monarca Amir al-Yusuf como un refugio de oración, paz y confort. Hecha  de grandes bloques de piedra arenisca era originaria de la época en que el dominio árabe había reinado sobre la isla de Mallorca. Comandados por Jeremy Ancarola y un tropel de cuarenta hombres fuertemente armados con yelmos, escudos, hachas de guerra y algunas espadas damasquinas, tomaron por sorpresa la mezquita dando muerte a los nueve místicos sufíes que se encontraban en ese momento haciendo oración. Los cuerpos de los musulmanes fueron colocados uno junto a otro en el piso de una espaciosa galería ubicada frente al patio central del oratorio donde se vertía el agua cristalina de una fuente. Un par de naves se comunicaban en el interior de la galería teniendo como único acceso una puerta tallada de madera que la caterva  atrancó cuidadosamente por fuera. Ante el éxito de la impetuosa embestida. La pequeña hueste de Ancarola y el mismo Jeremy se embriagaron hasta el amanecer bajo la protección de un puñado de guardias apostados en puntos claves de la mezquita, sin omitir evidentemente, la encumbrada cúpula de la torre del alminar. Pasados dos días del brutal atentado, Ancarola ordenó hacer una impresionante pira donde se les prendería fuego a los cadáveres y para sorpresa de todos los ahí presentes, al abrir la galería, esta se encontraba totalmente vacía, sólo un ligero olor a almizcle y una aterradora sensación de frío y humedad permaneció en ese sitio durante varias décadas, inclusive algunos trashumantes de la región montañosa aseguraron haber visto con sus propios ojos el alma en pena de uno de los místicos vagando tras las arcadas del segundo piso. De tal modo el egregio señorío de la extirpe de los Ancarola se construyó bastante alejado de la zona devastada de oración árabe, y ahora Melissa traía supuestamente a bien morir en este reducto abandonado y misterioso a un individuo del cual no sabía ni siquiera su nombre.  

Pero Prinio Corella decide no morir a causa de las múltiples fracturas y lesiones propinadas en casi todo su cuerpo como cada cual había presagiado, inexplicablemente una fuerza superior le permite al anciano burlar no tan sólo a la muerte sino también a sus despiadados agresores que por orden explícita de su –presumible protector- el abad Jacobo de Grinaldi, debieron darle muerte.  

Aunque su recuperación es lenta el infortunado “doctor absolut” sabe indicarle a Melissa los enigmáticos preceptos a seguir en la compleja y paciente elaboración de pócimas, grasientos emplastos, amargos brebajes, bálsamos milagrosos y aromáticos ungüentos que ella misma prepara con tal superioridad que hubiese sido capaz de provocar la envidia de cualquier sanador experto. Cada tercer día la joven limpia el cuerpo del anciano con un linimento alcanforado en hojas de plántago cuidando de no humedecer los lienzos que envuelven las fracturas previamente recubiertas de un seboso emplasto amasado con tres tipos diferentes de hiervas, huevo y migajas de pan mojado, que en menos de tres días había endurecido lo suficiente como para mantener al Magister Prinio Corella prácticamente inmóvil. Del mismo modo Melissa provee los alimentos del anciano escalfados con porciones generosas de legumbres, vegetales, frutas y abundante jugo de naranja. Con cierta eventualidad incluye en la rigurosa dieta del Magister algo de pescado, almendras y aceitunas verdes, pero lo que nunca falta en la cesta de los víveres es una exquisita porción de queso de cabra, una hogaza de pan de centeno recién horneado y un vaso de vino tinto de Malvasia. Todo esto sin omitir los brebajes y remedios que el mismo Corella se auto prescribe cuidando de observar meticulosamente los pasos del arte y la ciencia con que Melissa en nombre de Dios modestamente prepara. 

No habían pasado ni tres meses de su pronta recuperación y ya el doctor absolut recorría de palmo a palmo cada uno de los recónditos espacios de la vetusta mezquita. Apoyado de un bastón paseaba por la galería de los cadáveres cuando se percató que uno de los muros de la pared del fondo estaba orientado hacia la Meca y que éste se encontraba descollado por un gran nicho o mihrab que conservaba aún en todo su esplendor la suntuosa decoración de las construcciones bizantinas. Junto al mihrab, a la derecha, aún quedaban los restos de mampostería de lo que pudo haber sido el púlpito y mas adelante una escalera aún ricamente ornamentada conducía a un podio cubierto por un baldaquín de tejado cónico. El Magister solía permanecer largo rato en la sala de oración sentado frente a la pared ornamentada con mosaicos de cerámica de vivos colores dorados, azules, terracota y ocres, cuyos motivos geométricos y texturas se repetían hasta el infinito trenzándose en una gran variedad de formas sobre la abigarrada superficie, donde el fenómeno de horror vacui creaba una apariencia estupendamente armoniosa. Meditaba el buen hombre frente al muro alguna reflexión en el instante mismo en el que un mosaico se desprendió de la pared haciendo un ruido inesperado que le hizo fijar su atención en un punto específico de la maraña de cruces y estrellas entrelazadas. Torpemente  Corella se aproximó al muro y observó que la gran profusión de líneas sobre la superficie camuflaje haba perfectamente una grieta irregular que ascendía hasta la altura de un hombre. Un pretil de hierro fundido con motivos vegetales corría a todo lo largo en la parte inferior de la pared, y a unos centímetros del lugar donde había caído el fragmento policromo, el anciano descubrió un grueso anillo móvil sujeto a una varilla que penetraba en un punto específico del muro, con gran sagacidad el viejo observó que la argolla abrazaba exprofeso un par de ramas retorcidas de la vid de hierro. Prinio Corella forcejeó un rato hasta que logró zafar el anillo de metal. Seguidamente y de forma estrepitosa un burdo mecanismo deslizó abruptamente hacia atrás una puerta corrediza dejando al descubierto un pasadizo que bajaba algo más de tres metros del nivel del piso.                      

 -¡Ah!- exclamó atónito el Magister –por aquí salieron los cadáveres. 

La historia se la contó al detalle Melissa, tal como se la habían contado a ella, pero a ninguno de los dos les satisfacía la misteriosa desaparición de los místicos. Así que el haber encontrado el resquicio secreto fue un alivio para ambos. Esperaron un par de días para bajar, menos denso el aire y provistos con antorchas de aceite llegaron a la antesala de un extenso túnel. La primera cámara del subterráneo contenía diversos objetos religiosos de los cuales predominaban los incensarios y las lámparas de la mezquita, varios atriles para el Corán y algunos muebles de madera ricamente tallada. Entremezclados con objetos personales había veinte pebeteros y quince grifos elaborados en bronce, dos astrolabios, dieciocho jarras y veintitrés jofainas de cerámica vidriada, algunas piezas de orfebrería en oro puro, tres alfombras y cinco almohadones de lana, un bracero y un hermoso arcón donde se almacenaban pomos colmados de henna, aceite de violetas, perfume de almizcle y jazmín, y algunos panes de jabón arcilloso para el cabello, además de cuatro cofres repletos de telas de seda bordada que revelaban de forma incuestionable el rico y profuso arte típicamente musulmán. Quinientos metros más adelante hallaron una segunda cámara que había sido sin lugar a dudas la biblioteca clandestina de los místicos musulmanes. El túnel en su totalidad se encontraba recubierto con bloques de piedra, sillares y mampostería a lo largo del piso. El arco del techo y las paredes se encontraban seccionados a intervalos regulares por regias columnas decoradas con un friso de estuco en el que dominaban los detalles epigráficos trastrocados con adornos de cuerdas entrelazadas.  En dicha librería subterránea era notable el orden inflexible de las obras dispuestas a lo largo de la estantería de piedra, donde destacaban un número importante de temas especializados en religión y ciencias. Sorprendía la exquisita encuadernación de los libros prodigiosamente conservados y los espléndidos dibujos figurativos, simbólicos y ornamentales que empavesaban los tratados de medicina, botánica, agronomía, astrología, jurisprudencia, filosofía, matemáticas y principalmente alquimia entremezclados con una profusión insospechada de manuales y tratados de  magia. Todo un tesoro en el arte de la sabiduría y el ocultismo que marcaría dramáticamente los últimos años de vida del Magister Prinio Corella y de la misma Melissa y de toda su exigua  descendencia.

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19.Texto. El despeñadero

Mayo 19, 2007 · Dejar un comentario

el despeñadero Al cobijo del verde páramo en la vertiente de la montaña, Melissa crece salvaje como una planta agreste. Es inusitada y extravagante y a la menor provocación y sin decir agua va, suele ser excesivamente pertinaz. Su peculiar y exacerbado dinamismo no aniquila en absoluto su exquisita belleza, no obstante, muy pocos jóvenes hidalgos de la plácida comarca y del pujante señorío de Pollenca pretenden osar sus ojos en los de ella. En cambio Apel, su pequeña y fortuita hermana, es gentil, dócil, inocente y devota al extremo piadoso de la santidad. De tal modo, la pequeña Apel provista de dones tan preciados no tarda en conquistar el corazón de Ulrich con quien se desposa al cumplir los diecisiete años. No bien completado el primer año de su matrimonio, nacen los gemelos André y Joan, pero la precaria salud de la joven madre y la reciente muerte de la señora Ferrater obliga a Melissa, -la otrora niña olvidada de la ermita- a fincar su residencia definitiva en la hacienda de los esposos Ancarola dedicándose por completo en cuerpo y alma al cuidado solícito de Apel y de sus robustos mellizos quienes exigen con vehementes rabietas el desvelo cotidiano de la inquebrantable Melissa. El tercer hijo de los Ancarola, quien sería mejor conocido por el apelativo del ecuánime Joaquím, nace exactamente el mismo día que los vigorosos gemelos cumplían dos años y ni más ni menos, veinticuatro meses más tarde Apel da a luz a un nuevo crío quien recibe el sagrado sacramento del bautismo con el nombre de su abuelo paterno Georg. Los cuatro inquietos varones Ancarola mantienen siempre ocupadas a las dos mujeres que ven  transcurrir sus días en la rutina doméstica de sol a sol. En cambio Ulrich se dedica por completo a las actividades propias del huerto donde crecen fragantes las finas hierbas junto a las berenjenas, alcachofas, endibias, espárragos, la regia granada roja, el melón verde, la cidra y los suculentos albaricoques de sabor ligeramente acidulado. A la par de la cosecha de frutos y hortalizas la gran cantidad de olivos y naranjos que se prodigan en sus tierras le permiten al señor Ancarola comerciar sus productos en las ferias y en casi todas las plazas de los pueblos de Mallorca, pero lo que más fortuna le rinde al pujante señorío es la transportación y venta del cítrico y las aceitunas en los barcos mercantes del puerto de Pollenca. 

Cuando Georg cumple un año, los gemelos celebran su primer lustro y Joaquím arriba a su tercer aniversario, motivo por el cual el matrimonio Ancarola organiza una ferviente incursión a la ermita de Sant Miquel donde dan gracias al Cristo de piedra y a la virgen Negra por la salud y bienestar de sus cuatro hijos y por todos los dones y bienes recibidos. Melissa y Apel dejan que los niños jueguen en la explanada del santuario al cuidado de Ulrich y Giraldo, el leal sirviente de la familia mientras ellas disponen las viandas que han llevado para tal ocasión. El día transcurre placenteramente y antes del atardecer parten los paseantes de regreso a la hacienda. El rechinar rítmico de la carreta y el trote lento de los caballos arrulla a los niños quienes se han quedado profundamente dormidos en los brazos y las piernas de ambas mujeres. 

Al internarse en la franja del acantilado Ulrich aminora el paso de los animales, en esa zona es tan tupida la fronda de los árboles que prácticamente nunca penetra la luz del día. Por unos instantes se hace total oscuridad, y en el silencio del crepúsculo vespertino se escucha claro el rumor de la cascada apenas atenuado por el rastro sigiloso de la carreta. Repentinamente, se escuchan gritos e improperios de hombres encolerizados, la penumbra y más adelante una curva del tortuoso sendero no les permite ver casi nada. Giraldo da tremendo saltó del galerín y en escasos segundos se encuentra al pie de la curva atisbando a lo lejos, Ulrich lo observa cauteloso desde el carromato que ha detenido apresuradamente. Sólo Melissa se percata de los hechos y mantiene la calma para no alarmar a su hermana ni a los pequeños quienes pernoctan en la parte trasera de la carreta. El griterío y las voces por unos minutos se violentan y después de un breve silencio se escucha el estruendo de un objeto pesado rompiendo de cuajo las ramas de los árboles. Instantes después el galopar de caballos en retirada devuelve  el aliento al sirviente que le hace señas a su patrón para que éste avance. Al llegar al lugar de la escena descubren incrédulos que entre las ramas que vuelan sobre el acantilado se halla milagrosamente suspendida una galera. Diligente y con sobrado arrojo Giraldo baja un poco más de medio metro hasta alcanzar el carruaje. Una de las ruedas aún gira mientras las otras tres han quedado atrapadas entre dos enormes troncos que lanzan sus arreboladas frondas al despeñadero. Abajo el mar en completa calma parece anhelar impaciente la caída violenta del armatoste que sostiene en vilo un baúl y el cuerpo de un hombre salvajemente herido. 

-Hay un hombre, parece que está muerto. Anuncia a gritos Giraldo. 

-Apel se ha despertado y reza en voz baja para que la virgen Negra se apiade del alma de tan infortunado ser. 

-Debemos recoger su cuerpo para darle santa sepultura agrega Melissa al tiempo que busca las sogas con las que su cuñado suele amarrar las canastas de la mercadería. 

Atan las cuerdas a la carreta que Melissa avanza meticulosa mientras que Ulrich y el sirviente bajan asidos de los troncos llevando en el otro extremo de la soga una parihuela improvisada con la que izan el cuerpo ultrajado del desconocido. Cuando lo depositan sobre el meandro descubren que al hombre aún le quedaba un aliento de vida para implorar humildemente y por el amor de dios por sus escasas pertenencias. 

-El baúl… -balbucea el hombre entre gemidos y muecas de intenso dolor. 

Ulrich ve caer la noche y lo peligroso de la empresa, no obstante, sin pensarlo más, Melissa y Giraldo bajan por los troncos de los árboles hasta la galera donde se mece calmosamente el arcón. Sujetada fuertemente por el mozuelo Melissa alcanza una empuñadura del baúl que al acto sujeta anudándolo con firmeza a un extremo de la cuerda. Ulrich jala desde arriba y en un abrir y cerrar de ojos que a Apel le parece un siglo, todos quedan a salvo y con el baúl rescatado apresuran el paso hacia la hacienda. 

Pamela sintió un golpe en el estómago y tal resequedad en la garganta que se levantó del sillón para prepararse un poco de café. En unos minutos regresó a la estancia con una tasa humeante de la aromática bebida. De nuevo se arrellanó cómodamente en el sofá y continuó ensimismada la lectura. 

…Cuando llegan a la propiedad el esposo de Apel decide instalar al maltrecho hombre en una abandonada mezquita que se encuentra en el linde de sus vastas tierras. No sabiendo quién es el desdichado personaje ni porque ha sido víctima de tan brutal ataque, obliga a Ulrich a tomar precauciones, además el amo de la hacienda conjetura erróneamente que el anciano de talante bastante decrépito y en tan lamentable estado no vivirá ni un par de días. El señor Ancarola dispone también que el moribundo deberá quedar al cuidado de Melissa quién no manifiesta objeción alguna al respecto.

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18.Texto. Prinio Corella

Mayo 18, 2007 · Dejar un comentario

Prinio CorellaUn miércoles muy temprano, Romelia y Yara salieron para Tesiutla, regresarían tres días después con el señor Perilló. Se aproximaba la fecha del examen de la muchacha quién se había aprendido de memoria, de pasta a pasta todos los libros de las diferentes asignaturas para concluir su educación primaria. Las dos mujeres partieron emocionadas ante la expectativa de ver de nueva cuenta la casa de las Gárgolas, no obstante, antes de marcharse llenaron de inútiles y abrumadoras recomendaciones a la dueña, quién se olvidó por completo de acatarlas. Pamela deseaba estar sola y aprovechó tal circunstancia para dedicarse por completo, en la proximidad del embrujo marino, a la lectura de su precioso libro. Sin desayunar, cómodamente tumbada entre los mullidos cojines de su cama y con las cortinas descorridas del amplio ventanal, viendo como las olas acariciaban la dorada costa de la playa, con gran emoción, como quién se prepara para el advenimiento de una cita secreta, exquisitamente anhelada, abrió con desmesurada delicadeza el regio manuscrito, y en silencio con gran exaltación comenzó a leer… 

Los rayos del sol se filtran fatigosamente en medio de la aromática espesura de los cipreses, mientras que el húmedo aire matinal sube sinuoso desde la playa hasta la copa encumbrada de los árboles. El viento arremete con fuerza golpeando los cortantes acantilados de la montaña, al tiempo que la familia Ferrater acelera raudo el paso. La desamparada Melissa camina tras ellos a una distancia no mayor de veinte pasos.  De cuando en cuando Apel, la primogénita de Pere y Marcia, sin soltar la mano tutelar de su madre voltea discreta para ver si la enigmática criatura de la ermita aún les sigue. De repente al voltear Apel, tropieza dejando caer una cestita con frutas silvestres que lleva en su mano derecha y que el bárbaro ventarrón al punto esparce la frutilla. Melissa se detiene al ver a la pequeña abatida en el suelo. La cesta rueda dando tumbos hasta tocar casi sus pies, momentáneamente cesa la carrera de la canastilla, y al momento que la niña abandonada del Cristo y la virgen Negra la iba a levantar, sale la cesta disparada por una nueva ráfaga de viento yendo a parar a unos arbustos cerca del acantilado. Melissa corre hasta el mismo sitio en el que ha quedado atrapada la cestilla. La ventisca arrecia enredando la burda falda de la niña entre sus frágiles piernas mientras los largos cabellos agitados por la ventolera le hieren los ojos. Con gran entereza trepa por las aviesas raíces de un enorme ciprés que crece en el brocal del precipicio. Desde lo alto ve la marejada fustigando la húmeda meseta pétrea donde las olas golpean con furia emitiendo un ruido ensordecedor. El viento estruja la rama que Melissa trata de alcanzar. Se encarama un poco más por la troncha bulbosa del árbol asida fuertemente a uno de sus tiernos vástagos. Los Ferrater presencian a lo lejos petrificados el suceso y con un Jesús en la boca ven como la niña de la ermita alcanza finalmente la cestilla. Apel sonríe con el rostro embriagado de ternura, se suelta de la mano de su madre y  corre al encuentro de Melissa. Ambas niñas se toman de las manos y se unen al grupo que llega a Pollenca cuando el viento ya había amainado.  

-Chicuela atrevida – dijo Pamela para sí– que susto me has pegado –suspiró y continuó ensimismada la lectura. 

El Magister Prinio Corella tenía su residencia en el magnífico monasterio de San Salvador enclavado en la región montañosa de Puig de Randa. Al igual que su admirado Raymundo Lulio nace en Palma de Mallorca en 1415, exactamente un siglo después de la muerte del gran filósofo, alquimista, astrólogo, cabalista y matemático español. Corella, Hijo primogénito del Senescal de Mallorca, fue superlativamente beneficiado por la fortuna de su familia de quien recibió vastas tierras y una educación privilegiada. Estudió latín, griego, árabe y hebreo en Aix (Francia). Después pasó a estudiar medicina en Montpellier, donde más tarde fue catedrático y rector de la Universidad. Siendo muy joven se doctoró en medicina a la edad de veinticinco años. Poco tiempo después alcanzó el título de doctor en Teología y Magister o maître és-arts. Ampliamente reconocido como una mentalidad descollante de su época se distinguió en el campo de la física, la filosofía, la alquimia, y la astrología. Por sus profundos conocimientos en todas las ramas de la ciencia, sus adeptos dieron en llamarle “doctor absolut”. Hizo numerosos descubrimientos químicos e inventó algunos aparatos de física. Honrado como una verdadera personalidad científica a los sesenta y tres años, dos meses después de las fiestas de consagración de la virgen Negra en la ermita, viaja a Oxford e ingresa a
la Orden de Franciscanos. De forma dramática, recluido en el monasterio su suerte le es adversa, sus profundos conocimientos, todos sus escritos, las prácticas de magia y los numerosos experimentos de laboratorio le son atribuidos irremisiblemente por sus superiores a un pacto satánico y de forma categórica y tajante acaban por ser calificados de inadmisibles herejías.   

Prinio Corella logra escapar de sus acusadores e inicia un largo peregrinar que dura dieciocho fatídicos años por Austria, Polonia, Moravia, Transilvania, Hungría, París y Roma, lugares donde sin excepción se incrementa el número de sus inflexibles discípulos e irremediablemente el de sus implacables perseguidores. Cansado y enfermo regresa a Mallorca al monasterio de San Salvador, bajo la irresoluta protección del abad Jacobo de Grinaldi.  

Pamela cerró por un instante los ojos, apenas un parpadeo, afuera el mar estaba en calma, sólo algunos albatros cruzaban el cielo con gran donaire cuando a lo lejos un barco desgarraba la monotonía del horizonte marino. Los rayos del sol entraron a plomo por el ventanal de la recámara. La dueña se incorporó pensativa, casi fuera de sí y con el libro entre sus manos se encaminó descalza por el pasillo hasta la cocina. Sacó del refrigerador la comida preparada que Romelia había dispuesto en envases herméticos, la calentó unos minutos en el horno de microondas. Mientras comía reclinó escrupulosamente el libro sobre la repisa de las especies, tomó cada bocado con deliberada parsimonia sin apartar la vista del título dorado “Sincronía”. Con la luz del sol las letras resaltaban aún más sobre la bruñida piel atezada del arcano vademécum. Todo le era tan familiar y a la vez tan ajeno, no obstante cada dibujo, cada rasgo de la preciosa caligrafía, cada paisaje sutilmente descrito en el libro, y cada uno de los peculiares personajes, todo yacía en algún lugar remoto de su memoria. Trató de evocar sus recuerdos más prístinos, pero nada, ni siquiera en el letargo de una fortuita ensoñación se invocaron las recónditas imágenes, harto conjeturadas que ella ansiaba descifrar.  

Después de un breve descanso que más bien acontece como un suceso reflexivo, un lacónico instante de introspección, acaso contenido en un tiempo y un espacio para ella aún desconocidos, y sin proponérselo, casi de forma maquinal Pamela prosiguió la lectura en la solitaria comodidad de la estancia. Encendió el aparato de sonido, muy discreto, tenues como un susurro se escucharon diáfanos los acordes del adagio de Albinoni, suspendiéndose una a una las melancólicas notas en el espacio ocluido frente a la vastedad del mar, al compás sugestivo y misterioso de cada letra cuidadosamente trazada, con tal dispendio y maestría como si las líneas garigoleadas de la escritura catalana asemejaran un fantástico jardín repleto de símbolos cuyos pétalos viajaran a la deriva del viento. Y así, al punto aparecieron las imágenes de la sierra Tramuntana con sus manifiestos personajes y sus, hasta ahora, incomprensibles historias que Pamela devoraba absorta en la privacidad de sus pensamientos.   

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