Pamela gesticuló una sonrisa que pronto se convirtió en sonora carcajada, -¿y bien…? Se preguntó ¿porqué…? Algunas reflexiones invadieron su pensamiento, desde el acto osado de una chicuela traviesa… -bastante inteligente, por cierto- Dijo para sí. Pero un run run de especulaciones se atiborraron en su cabeza hasta que le pasó la idea un tanto filosófica respecto a que “todo movimiento es cambio” Ya lo había dicho Aristóteles alrededor del año 335ac. Cuando abordó los conceptos para su teoría de la dinámica del cambio. Y con gran certeza se podía decir que Gadea en su inocente acto había realizado con la obra de Juanelo y las teselas los tres tipos de movimiento a los que se refería el sabio filósofo griego cuando enunciaba los movimientos cualitativos, cuantitativos y locales, ya que la sustancia o idea del mosaico en el nuevo acomodo había dejado de ser la misma, y por supuesto, la cantidad de teselas por conjuntos había cambiado y naturalmente éstas se encontraban en otro lugar. No obstante a Pamela parecía no quedarle del todo claro su apreciación al respecto, porque viéndolo desde otro enfoque, retomando las ideas de Aristóteles cuando afirma que “en la producción de un objeto natural concurren cuatro causas”, así pues, serían: las teselas la causa material, la causa formal estaría representada por el ordenamiento de las teselas, la causa eficiente sería la misma Gadea que había realizado la acción y por último la causa final que estaría representada por el objetivo de la acción. ¿y bien…? Pamela había llegado nuevamente al inicio de sus interrogantes. -La causa final era la más importante para Aristóteles porque todo agente actúa por un fin- meditaba al respecto tratando de encontrar alguna justificación razonable. Por supuesto Gadea no realizó ningún acto fortuito, ella seleccionó las teselas y las acomodó en una rigurosa categoría, -tal pareciera… que la niña buscaba un orden instintivo primigenio en vez de jugar a las muñecas- extraño pensamiento, reconoció Pamela. Sin embargo, no podía menos que aceptar el hecho como tal, ya que sería impensable suponer que en el arreglo pudo haber existido un patrón cuyo ordenamiento estaría trasmitiendo un mensaje. Durante varios días Pamela experimentó intensas sensaciones, marejadas de pensamientos internos que se prolongaban hasta el sueño en los cuales creía haber comprendido el significado de las teselas. Pero en los momentos de mayor lucidez en los que intentó reflexionar tales introspecciones, las imágenes tan nítidas antes vistas, se disolvían en una inquietante nube de niebla. Y más aún, no comprendía su imprevista cavilación aristotélica, a fin de cuentas otros argumentos más contemporáneos podrían haberla sacado de sus interrogantes.
Georg Ancarola no tardó en enterarse del incidente, y tan pronto como le fue posible, en uno de sus viajes de negocios a Italia adquirió para regocijo y sorpresa de su hija una exquisita selección de teselas. Durante varias semanas Gadea abrió meticulosamente la caja que contenía los pequeños mosaicos policromos pero para decepción de todos los habitantes de la hacienda que esperaban la inminente aparición de una prodigiosa obra de arte, tan sólo pudieron observar como la niña se limitaba a ver las piezas durante largo rato. Habían pasado algunos meses y como Gadea no dio muestras de ningún don artístico extraordinario ya nadie esperaba al respecto ninguna sorpresa. Cierto Día Gadea no asistió a su habitual recorrido por los talleres de la hacienda, circunstancia que le extrañó mucho a Melissa pero creyendo que la niña estaría con su abuela no le dio ninguna importancia hasta que llegó la mismísima Apel a la factoría de fragancias preguntando por su nieta.
-Gadea no ha venido para nada –dijo Melissa desconcertada.
-¿Cómo, no está contigo? -Añadió la mujer ya muy alarmada.
–No, pensé que estaría aquí. Cómo agua va salieron las dos mujeres a buscar a la niña. En cinco minutos habían movilizado a todos los peones y mujeres de la hacienda que daban gritos de Gadeeeeeeeeea por todos los rincones. Ante la alharaca Epifanía que había visto a la chiquilla salió al encuentro de Apel quién se dirigía presurosa, abriéndose atropellado camino por entre las plantas crecidas de berenjena. Pensó que seguramente Gadea estaría en el huerto de naranjos subida hasta lo alto de la rama de un árbol cavilando sobre la espesura de la fronda, o tal vez meditando en las perfectas líneas que se dibujan a la distancia en los terrenos del plantío y que suelen reunirse todas a lo lejos en un mismo punto, o en cualquier otra cosa que ella con frecuencia solía inquirir y que siempre obtenía por parte de su abuela como única respuesta un “no debes hacer preguntas de las que solo Dios conoce la respuesta”. Apel pensaba en su intrépida carrera que ya era necesario ponerle un correctivo a su nieta, tal vez suspenderle sus visitas al taller sería un buen castigo. Idea que desechó al instante porque estaba segura que sería desaprobada por su hermana Melissa.
-Ama, ama -le gritó la esposa de Giraldo- la niña Gadea está junto al granero. Apel le gritó a lo lejos a Melissa quien de inmediato se movilizó seguida de un tropel de curiosos. La primera en llegar fue Apel, le siguió Melissa y en un santiamén, junto a las dos mujeres, prácticamente se había congregado toda la hacienda. –Gana el rojo -decía Gadea- que sentada en el suelo arrojaba unas semillas de albaricoque sobre una especie de tablero que había hecho con las teselas. Todos en silencio la escuchaban mientras veían como después de arrojar las semillas pacientemente contaba los colores que habían sido tocados por las ovaladas pepitas mientras que en otro tablero parecía registrar los resultados. De nuevo arrojaba las seis semillas que chocaban acompasadas sobre el teselado haciendo un ruido compacto, tenue y seco. Gadea suspiraba muy callada, y presto veía las semillas sobre la retícula colorida. Satisfecha, sin perder de vista el marcador -exclamó– amarillo, azul. Indicó los colores de su tablero en la guía del marcador y anotó en un pedazo de tela cruda unos números. Hasta ese momento descubrió que estaba siendo observada por todos los de la hacienda. Los miró sorprendida y sin más, ajena a lo que pasaba se levantó del piso. –No me toquen nada -dijo con gran elocuencia, voy al taller de fragancias y cuando regrese lo quiero todo igual.
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